“[…] vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.”
Jorge Luis Borges, El Aleph.
“¿Otra más?” respondió mi mamá cuando le conté que estaba por estrenarse una película de Steven Spielberg en la que sí, otra vez, regresaba a una de sus más afamadas obsesiones: la ciencia ficción y, puntualmente, los extraterrestres. Así como John Ford era visto como un director de westerns habiendo dirigido relativamente pocos, Spielberg parece ser un director de películas de extraterrestres.
La evidencia lo desmiente: El día de la revelación (2026) es apenas su cuarto largometraje sobre alienígenas en una carrera de 50 años. Quizás el mote se deba al peso específico de cada oportunidad en las que el realizador nacido en Ohio abordó la temática: Encuentros cercanos del tercer tipo (1977), E.T., el extraterrestre (1982) y La guerra de los mundos (2005), cada una memorable por derecho propio.

Sin embargo, a la fascinación de Steven Spielberg con los extraterrestres hay que rastrearla fuera de ese listado de notables. El origen está en el nacimiento mismo de su carrera como cineasta, en la única película suya que, probablemente, jamás podremos ver: Firelight (1964), que realizó a los 17 años y fue lamentablemente perdida por una productora en bancarrota.
Resulta apropiado y poético, entonces, que Spielberg retome la temática en este tramo de su carrera, más cerca -dicho con la congoja que ello implica- del final que del principio. Después de coquetear con la autobiografía en Los Fabelman (2022) -en la que abordaba su propia historia de manera más frontal que nunca- el director parecía tomar distancia de sí mismo en pos de la ficción más dura.

El día de la revelación resulta una pieza mucho más autorreflexiva que la anterior, que nada en aguas familiares no solo para ofrecer un muestrario de las destrezas acumuladas a lo largo de una carrera tan longeva, sino para enmarcarla dentro de la Historia. Si Los Fabelman era una película sobre la vida, El día de la revelación es una película sobre la obra.
Sus pilares se mantienen intactos: Disney, cuando ensaya una divertida reinterpretación conceptual de Some Day My Prince Will Come, la icónica melodía de Blancanieves (1937); los trenes, que fascinaban al niño que veía The Greatest Show on Earth (1952) en pantalla grande; y, por supuesto, los seres de otros planetas.
Pero la gran ironía es que El día de la revelación encuentra a Spielberg mucho más cerca de sus herederos que de sí mismo. El relato se desarrolla con una lógica más cerca a la de M. Night Shyamalan y sus coqueteos con los límites del verosímil; la hiper estilización formal se acerca a J.J. Abrams, con la consabida pérdida del buen gusto.

La mayor sorpresa es que, lejos de tratarse de una secuela tardía de Encuentros cercanos del tercer tipo como se especulaba en redes sociales, El día de la revelación está mucho más cerca de otra película de Spielberg cuya relación con la ciencia ficción es más tangencial: Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008). En aquella ocasión, su frecuente colaborador David Koepp firmaba también el guion, en el cual el arqueólogo interpretado por Harrison Ford descubría la existencia de seres no de otros planetas, sino de otras dimensiones.
Esto era apenas un eufemismo, tomando en cuenta la apariencia convencionalmente alienígena que Spielberg decidió darle a estos seres que, para colmo, terminaban abandonando la Tierra en un plato volador. Sin embargo, una cita de aquella película resulta reveladora. Cuando Indiana Jones preguntaba si estos seres habían ido al espacio, el Profesor Oxley (John Hurt) respondía: “al espacio entre los espacios”.

En más de un aspecto, se puede pensar El día de la revelación como una reescritura de aquella Indiana Jones que, si bien no fue rechazada por el público, tampoco fue festejada. Spielberg ancla el relato en el presente histórico -una rareza para su filmografía, que suele moverse entre el pasado y el futuro- y plantea un relato de espionaje, contraespionaje, control mental y los riesgos de acceder al conocimiento.
En un rol que veinte años atrás posiblemente hubiera recaído en Tom Cruise, ubica a Josh O’Connor y establece un mundo al borde de la Tercera Guerra Mundial que no parece distar mucho del nuestro. Sin embargo, el director parece convencido de que hay algo que podría cambiar el curso de las cosas: la noción de que los seres extraterrestres no solo existen, sino que han estado entre nosotros por mucho tiempo.

El planteo no solo historiza las incursiones anteriores de Spielberg en el relato de extraterrestres -la nave de Encuentros cercanos del tercer tipo y el caso Roswell, mencionado en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, tienen breves pero significativas apariciones-, sino que las enmarca en otra de las viejas obsesiones del realizador: el acceso al conocimiento.
¿Cómo y cuánto se puede saber de aquello que está vedado a los ojos de los hombres? ¿Existe tal cosa como saber demasiado para nuestro propio bien? ¿Cuál es el límite del conocimiento humano, y cuál el precio de transgredirlo?
La pregunta -que atraviesa la obra de Spielberg desde Indiana Jones a Jurassic Park, pasando por Minority Report– cobra nuevas dimensiones en un presente de imágenes infinitamente falsables: inteligencia artificial, fake news, posverdad. Todo conspira en detrimento del valor de la imagen como fuente de autenticidad, de credibilidad. ¿Existe alguna manera, entonces, de mirar más allá de lo aparente?

Spoiler alert
El día de la revelación es, entre otras cosas, una película sobre aprender a mirar de nuevo. Una película que confía en que, más allá del miedo, existe la posibilidad de comprenderse. No en vano los ojos de los personajes de Josh O’ Connor y Emily Blunt -que los posters destacan de manera sutil- son el elemento a través del cual los extraterrestres inoculan sus dones: un lenguaje universal (las matemáticas), la posibilidad de comprender todos los idiomas como si fueran uno, de leer la mente y, sobre todo, el corazón de los hombres. Un conocimiento total que trasciende fronteras físicas y espirituales, la oportunidad de construir una torre de Babel que nos una con Dios: el espacio entre los espacios.
El planteo me remitió inmediatamente al Aleph, aquel lugar imaginado por Borges “en el que podían verse, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. Lo novedoso es que este conocimiento absoluto, que en la obra previa de Spielberg era un límite (Indiana Jones, Jurassic Park) o una trampa (Minority Report), esta vez se ofrece sin amagues. Una vez que todo está a la vista, sólo resta escuchar.

Spielberg cree trascender la imagen pero es allí donde Borges lo supera, porque la literatura tiene siempre de su lado a la imaginación. Spielberg pretende mostrarlo todo y tropieza con un límite: la imposibilidad de dejarlo en manos del espectador. La famosa lección de Tiburón (1975), la de confiar en el fuera de campo para paliar limitaciones técnicas y, con ello, amplificar la sugestión más allá de la mirada, parece haberse desaprendido.
¿Cuál es el valor intrínseco de las imágenes en el cine de Steven Spielberg cuando el apartado formal de sus últimas dos décadas ha pivotado -al amparo de inmensos presupuestos- hacia una artificiosidad sin límites? ¿Por qué deberíamos creer en sus criaturas en CGI, sus encuadres propios de una publicidad de Coca-Cola, sus rostros prístinos que fingen una edad que no tienen?
¿Qué nos quiere decir cuando nos habla de la verdad con una película de aspecto tan falso? ¿Por qué deberíamos creer que la imagen de un extraterrestre que sufre conmovería a un mundo que apenas se conmueve con las imágenes de un genocidio real?

Todo esto sucede en un contexto que parecía ideal para el lanzamiento de esta película: la desclasificación de documentos sobre los UAP (antes conocidos como OVNI) que la administración de Donald Trump realizó hace poco más de un mes. Sin embargo, el desdén general que esta acción suscitó con respecto a los conflictos bélicos y la corrupción moral que enfrenta Estados Unidos arroja una conclusión: contra toda su vocación de hablar de la contemporaneidad, El día de la revelación nació vieja.
La candidez de Spielberg -tan cerca a veces de la autoindulgencia- parece fuera de lugar en un mundo tan ahogado en su propia crueldad y cinismo. Tal vez en su ingenuidad exista una forma superior de comprensión, algún antídoto; yo la encuentro demasiado proclive al escapismo y al autoengaño. El mundo no nos da el lujo de cambiar de canal. No se puede tapar el sol con la mano, ni el fuera de campo desaparece con un movimiento de cámara. Esto Spielberg lo sabe; a veces, finge no saberlo.
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