Para un realizador que redefinió el cine en Hollywood, al punto de ser considerado el padre del blockbuster moderno, la decisión de hacer una remake en esta era de reciclaje descarado -y especialmente la de una historia tenida en tan alta estima por el público norteamericano- sin dudas resulta llamativa. Si a eso sumamos el hecho de que esta se trata de la primera incursión de Spielberg en el género musical, no solo es una elección curiosa, sino también una muy interesante, que tiene a la comunidad cinéfila pendiente de su estreno. Así, la nueva West Side Story (2021) carga con un nivel de expectativas, que en mano de cualquier otro director quizás no serían tales.

A su vez, también resulta desafiante la decisión de mantener la ambientación de esta historia situada en los años cincuenta, tal como en la obra original de 1957 y en la película de 1961 (conocida por nuestras tierras como Amor sin Barreras), que le valió a sus creadores diez premios de la Academia. Sin embargo, Spielberg se toma sus licencias creativas para modernizar esta historia a pesar de su contexto histórico, y lo que a simple vista podría parece un relato demodé, se transforma bajo su visión en una celebración de todo lo que hoy se considera correcto. Pero -como gran parte de la carrera del cineasta- su motivación nace nada más y nada menos que de un impulso nostálgico.

«Nunca podría olvidar mi infancia. Tenía 10 años cuando escuché por primera vez el álbum de West Side Story y nunca desapareció. He podido cumplir ese sueño y mantener la promesa que me hice a mí mismo: debes hacer West Side Story. Las divisiones entre personas que no tienen ideas afines son tan antiguas como el tiempo mismo. Y las divisiones entre los Sharks y los Jets en 1957, que inspiraron el musical, fueron profundas. Pero no tan divididos como nos encontramos hoy. Resultó que en medio del desarrollo del guion, las cosas se ampliaron, lo que creo que, en cierto sentido, lamentablemente, hizo que la historia de esas divisiones raciales, no solo divisiones territoriales, fuera más relevante para la audiencia de hoy de lo que quizás lo fue en 1957.»

Si hay alguien que sabe bien cómo evitar las trampas de la nostalgia, ese es Spielberg. De hecho, es el ámbito en el que más cómodo se desenvuelve, y así lo evidencia su nueva película, que recupera varios aspectos de la estética y la teatralidad del clásico de 1961, pero actualiza ciertas decisiones creativas y narrativas en pos de revigorizar la historia para los tiempos que corren. Una de las más importantes es la elección del elenco, que esta vez se corresponde étnicamente con los personajes que interpretan. En el mismo registro, el director convocó a la ganadora del Oscar Rita Moreno (la Anita original) para interpretar un papel hecho a su medida y al bailarín de ascendencia cubana David Álvarez para encarnar al vehemente Bernardo.

Otro de los grandes cambios introducidos por Spielberg es la reescritura de Anybodys como un personaje trans (interpretado por Iris Menas), que desea formar parte a toda costa en el conflicto entre los Jets y los Sharks, decisión que le valió la censura en seis países de Medio Oriente. Tanto el estudio como el director se negaron a editar la película para que les permitan estrenar en esos territorios y tampoco hicieron declaraciones al respecto. Así, el cineasta se hace eco de sus propias palabras con respecto a las divisiones ideológicas y las resignifica a través de su arte, que en su perspectiva vuelve esta historia tan relevante como lo era hace medio siglo, en un panorama actual cada vez más polarizado e intolerante.

«Quería que las audiencias de habla hispana e inglesa se sienten juntos en el cine, y que el público de habla inglesa de repente escuche risas provenientes de rincones de la sala, de la audiencia de habla hispana.»

Secundado por Rita Moreno (quien también oficia como productora ejecutiva) y el guionista Tony Kushner, Steven Spielberg habló largo y tendido en la conferencia de prensa sobre los diálogos en español y las elecciones del guion, que también hacen foco en la diversidad racial y la riqueza cultural de esta historia otrora sometida al whitewashing. Es especialmente acertado en este sentido el casting de Ariana DeBose, actriz y bailarina de ascendencia afro-portorriqueña, que se destacó en el escenario de Hamilton y ahora encarna a la nueva Anita, una interpretación que se roba la escena y es tan digna del Oscar como la original. Lamentablemente, la elección de los protagonistas no corrió con la misma suerte, ya que tanto Ansel Elgort como Rachel Zegler no logran entregar las actuaciones apasionadas que sus personajes requieren, con una química que apenas funciona y convierte la relación de estos Romeo y Julieta modernos en un capricho más que un romance, siendo la angelical voz de Zegler el único aspecto memorable de la pareja.

Pero más allá del discurso anti-odio (y como no podía ser de otra manera, viniendo de Spielberg) son los valores de producción de West Side Story (2021) los que la elevan por su calidad cinematográfica, sus planos que la convierten automáticamente en un clásico, su identidad visual única que se refleja en el diseño de producción y sus sets reales en una ciudad de Nueva York devastada por el tiempo, que Spielberg aprovechó para darle más peso narrativo al conflicto territorial de los Sharks y los Jets, dos bandas enfrentadas por mucho más que sus diferencias raciales. La película estrena hoy en cines de Argentina con menos de cincuenta salas y bajo la sombra de Marvel, que la próxima semana llegará para copar gran parte de las pantallas locales con su esperadísimo blockbuster de la mano de Sony, Spider-Man: No Way Home (2021). Están avisados.

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