La gran pregunta desde que se anunció la secuela de El diablo viste a la moda (The Devil Wears Prada, 2006) era “¿para qué?”. Para qué continuar una historia que cerró de forma perfecta, para qué recrear un mundo inmaculado en nuestro recuerdo y arriesgarse a mancharlo. Para qué tocar personajes icónicos que ya lo dieron todo. ¿Qué más hay para contar, si es que hay algo?
Esta es la cuestión que siempre surge con las secuelas legado, especialmente las que no configuran una propiedad intelectual tan obvia, como en este caso (a pesar de estar basada en una saga de libros).

Y sobre todo, teniendo en cuenta que sus actrices declararon varias veces que no volverían a estos papeles. A menos que -y acá es dónde se pone interesante- hubiera algo realmente bueno para contar.
Con ese antecedente por delante, era cuestión de decidir si confiábamos o no en el criterio selectivo de Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci. Si de repente todos estaban alineados para volver, tenía que haber algo bueno de fondo, ¿no? Aunque también podía ser, como todos sospechamos desde nuestro cinismo aprendido en estos 20 años, que la oferta hubiera sido demasiado buena para rechazarla.

No es que no tuviéramos ganas de volver a ver a los Fab Four en acción, de presenciar cómo sería la reacción de Miranda al volver a ver a Andy 20 años después, de explorar la nueva dinámica entre las Emilys en su madurez, de ver cómo había progresado Nigel en Runway.
Pero si algo nos enseñó Hollywood es a desconfiar de las secuelas. Especialmente en un contexto de la industria en el que un gran porcentaje de los estrenos son franquicias y refritos.
El regreso del dream team
Sin embargo, volvía todo el equipo original, incluso detrás de cámaras. La guionista que nos había dado una historia con ritmo impecable y esas agudas líneas de diálogo que nos quedaron para siempre grabadas en la memoria.

El director que filmó New York con esos zooms frenéticos que ponían en perspectiva la impotencia que sentía la protagonista frente a una industria monstruosa, y que nos dio uno de los montajes más icónicos de principios de milenio al ritmo de Madonna.
El guion original de Aline Brosh McKenna se alejaba bastante del material en el que se inspiró, especialmente en el tono sensacionalista y un poco morboso de una historia claramente inspirada en personajes reales.
Las experiencias de la autora Lauren Weisberger como asistente de la icónica Anna Wintour en la revista Vogue eran bastante transparentes y no dejaban lugar a mucha interpretación sobre el origen de su historia.

Pero McKenna tomó los puntos fuertes y los convirtió en un libreto de oro que exploraba la negociación entre los valores heredados y la cruel realidad del mundo, entre la lealtad a los demás y hacia una misma. Que planteaba un tema siempre vigente como la explotación y precarización laboral dentro de un ambiente glamouroso y romantizado, a la vez que rescataba sus aspectos más loables. Y que narraba todo a través de la historia de un personaje con el que cualquiera se podía identificar.
Y que, además, le dio a Meryl Streep uno de los mejores papeles de su carrera. No cualquiera escribe a Miranda Priestly, el material perfecto para que una de las actrices más brillantes del cine despliegue todo su talento.

Además convirtió en estrellas a Anne Hathaway y Emily Blunt, instaló tropos que serían emulados en incontables películas y series, y referenciados en la vida real. Y le dio una cualidad de “reawatchabilidad” invaluable, con tantas capas de lectura que cada vez que la vemos, es una película distinta.
Las claves de la secuela
¿Cómo vivir a la altura de semejante legado? Había pocas chances de lograrlo, y estaban condicionadas por tres factores clave: encontrar algo relevante para decir hoy, respetar la esencia de los personajes y celebrar la película original sin tratar de igualarla.
Eso fue exactamente lo que hizo esta secuela: rendirse ante la imposibilidad de recrear el fenómeno y divertirse con el homenaje, pero no sin intentar decir algo nuevo en un contexto más propicio que nunca para la crítica social.

En última instancia, el guion eligió priorizar la denuncia sobre la crisis del periodismo, la ética profesional y la creatividad humana, en detrimento de cualquier crítica hacia la industria de la moda -que auspició la película con alianzas inéditas (ver más abajo).
La historia arranca con la entrega de premios a la excelencia en periodismo, donde asiste (y gana) Andy Sachs, junto a todos sus compañeros de oficio. Pero el prestigioso diario para el que trabaja despide a todo el plantel por mensaje de texto en ese mismo momento. Conmocionada, Andy usa su discurso de agradecimiento para denunciar la decadencia de la profesión y las condiciones paupérrimas a las que son expuestos sus colegas.

Algo con lo que cualquier periodista viendo la película puede identificarse, al igual que muchas otras profesiones que hoy se ven degradadas por el mal uso de la inteligencia artificial y otras prácticas.
Es una nota muy alta para arrancar una película que se promociona como una comedia ligera, pero que sin dudas se alinea con el discurso de la película original y todo lo que criticaba. Eso nos predispone bien de entrada, y ayuda a bajar la guardia para disfrutar de lo que sigue.
Aunque el conflicto se diluye un poco más tarde entre la parafernalia de homenajes, guiños y cameos, está lo suficientemente presente durante toda la película como para funcionar de ancla moral de Andy.

Más allá de servir como disparador para volver a reunir a nuestras protagonistas, es una escena que pinta de pies a cabeza el personaje de Anne Hathaway (por si hay algún desprevenido que no vio la primera) y sostiene todo el relato.
Andy Sachs lucha toda la película contra la supuesta irrelevancia de su profesión, mientras intenta no dejar de lado todo aquello por lo que trabajó y se aferra a sus principios. Hay algunos comentarios muy bien ubicados en el transcurso del film para mantener la tensión siempre presente sobre este tema, aunque por el camino nos encandilen los constantes cambios de looks y desfile de celebridades.
Tu cara me suena
Desde Lady Gaga hasta Donatella Versace, nadie quería perderse de estar en la secuela de El diablo viste a la moda. Si bien por momentos es una fiesta de referencias cholulas y guiños para fashionistas, la película mantiene el foco en lo importante: la búsqueda de sus protagonistas, que se reflejan unos en otros. El conflicto central gira en torno a mantenerse relevante en un mundo que prioriza los números sobre el talento, sin vender el alma en el camino.

Quizás el mayor desafío era volver a escribir (e interpretar) a estos personajes como si fueran los mismos que conocimos allá hace 20 años. Y haberlo logrado es el gran triunfo de esta secuela, que no duda en presentarnos realidades antipáticas.
La impasible y poderosa Miranda (Meryl Streep) subordinada a los caprichos de sus auspiciantes y la condena social, la insegura Andy (Anne Hathaway) buscando siempre la validación a pesar de su experiencia y desarrollo profesional, el talentoso Nigel (Stanley Tucci) relegado eternamente a la sombra de su jefa, y la superficial Emily (Emily Blunt) borracha de poder.

En el medio, también nos reencontramos con viejos personajes como la mejor amiga de Andy, Lily (Tracy Toms), y con otros nuevos como su interés romántico Peter (Patrick Brammall). El mundo personal de Andy, rico en relaciones personales y profesionales, vuelve a tambalearse cuanto más se adentra en el círculo de Miranda, repitiendo un patrón que vimos 20 años atrás.
El guion juega con esta dinámica para mostrar lo fácil que es volver a caer en un ciclo tan tóxico como adictivo. Mientras tanto, dentro de Runway la historia también se repite entre la nueva asistente de Miranda, Amari (encarnada por Simone Ashley) y su segundo asistente, Charlie (Caleb Hearon).
Pero la película no profundiza en esto, sino que lo vuelve más un chiste interno y se queda con el foco puesto en nuestros protagonistas de siempre. Como este, hay varios guiños a lo largo de toda la película dedicados a los fans de la original, y líneas de diálogo realmente hilarantes y dignas de sacarnos carcajadas.

Al igual que en la original, el tono de esta secuela oscila entre la comedia satírica y el realismo dramático, pero el guión se inclina mucho más hacia el confort de lo conocido. Y decide premiar al público por su fidelidad, casi como una especie de agradecimiento (fanservice, si se quiere).
Aunque es mucho menos ácida que la película de 2006, no pierde la oportunidad de comentar también sobre temas complejos y muy vigentes. Entre ellos, la monopolización de los medios, el rol del periodismo, la amenaza de la inteligencia artificial, e incluso la estupidez supina de los que ostentan el poder económico.

Pero en medio de todo esto, desborda ternura y amor por sus personajes. Y se inclina mucho más hacia el homenaje al mundo de la moda que a la crítica que distinguía a la película original.
El diablo auspicia la secuela
Marcas como L’Oreal Paris, Lancôme, Dior, Old Navy y otros gigantes de la industria se convirtieron en partners de Disney para promocionar la película. Incluso la parodiada Anna Wintour abrazó el homenaje, recientemente alejada de su histórico puesto como editora de Vogue. Se fotografió con Meryl Streep para la portada de la edición especial de la revista, asistió a todos los eventos de promoción e incluso invitó al elenco a participar de la Met Gala.

Muy por el contrario, el prospecto de la película original aterrorizó al mundo de la moda y ninguna marca estaba dispuesta a aliarse con el estudio (por entonces 20th Century Fox) por miedo a quedar pegados.
La diseñadora de vestuario Patricia Field tuvo que recurrir a contactos de la industria para conseguir préstamos de ropa por 1 millón de dólares, cuando el presupuesto era de apenas $100 mil.
Cuenta la leyenda que el Met, el MoMa y Bryant Park bloquearon la filmación, y la escena de la gala se movió al Museo Americano de Historia Natural porque era el único que no estaba bajo la influencia de Wintour.

Volviendo a la secuela, el potencial de la campaña de marketing era único y gigantesco. La prensa la calificó como una masterclass y la vicepresidenta ejecutiva de Alianzas de marketing y eventos de Disney la definió así:
“Piénsala como una colección de moda: cada outfit es diferente, pero van juntos”.
En su análisis sobre lo mucho que cambió la industria de la moda en estos 20 años que pasaron entre ambas películas, la revista Glossy destacó que la oportunidad era única: a diferencia de franquicias como Barbie y Wicked.

Sin embargo, las críticas no fueron pocas. Desde alianzas que parecen un poco forzadas, como la de Diet Coke, hasta quienes marcaron la contradicción que representa esta gran maquinaria detrás de la secuela. El crítico cultural Colman Spilde dijo:
“Se siente más como un chiste dentro del universo de la primera película”.
Pero incluso los más escépticos cayeron rendidos ante la evidente superioridad que demostró esta segunda parte frente a otras secuelas legado. El diablo viste a la moda 2 justifica su propia existencia criticando el sistema que propicia que existan infinidad de producciones creadas con el solo propósito de facturar, y -citando a Andy en la original- “vendernos cosas que no necesitamos”.

En lugar de hacer un blanco fácil de la industria de la moda, decide homenajearla y rescatar su valor como mecenas de la creatividad y la búsqueda de la belleza. Y apunta hacia un problema mucho más apremiante hoy en día: la maquinaria de clicks, likes y comentarios fáciles que destrozan a esos mismos artistas y creativos sin medir las consecuencias, mientras propician la masivización de contenidos genéricos sin alma.
Y por supuesto, a los verdaderos responsables detrás de esa dinámica tan cruel como redituable: los empresarios invisibles (y no tanto) que ejercen un poder casi ilimitado desde la comodidad de su posición económica, con el único objetivo de satisfacer sus caprichos y seguir ampliando sus patrimonios. Una caricatura en la que es fácil reconocer los nombres de varios billonarios de la vida real.
Encontrar el balance entre el homenaje y la novedad parecía prácticamente imposible. Casi tanto como volver a convocar al dream team de la película original. Pero El diablo viste a la moda 2 logró todo lo que se propuso. Como fans de la original, era lo mínimo que merecíamos. That’s all.

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