Hace casi diez años, Luca Guadagnino tomó una de las novelas más personales de André Aciman y la convirtió en una fábula sensible sobre el primer amor queer. Ahora mismo con el auge de Heated Rivalry (2025-) y producciones semejantes, la proeza no parece especialmente llamativa. Eso hasta que se analiza la época: Call Me By Your Name (2017) marcó un hito sobre cómo explorar de manera sensible y sincera la orientación sexual. Mucho más, luego que las escasas experiencias semejantes para el mainstream, incluían tragedias como Brokeback Mountain (2005) de Ang Lee y la dolorosa Moonlight (2016) de Barry Jenkins.
Por lo que el acercamiento de Guadagnino era un riesgo. Romántica, sin cinismo alguno y con un final realista, la historia de un chico en busca de su identidad —y del amor— sorprendió. También era una pieza rara en el selecto grupo de películas destinadas a explorar la experiencia gay. Pero mucho más lo fue la forma en que un actor desconocido encarnó la travesía a través de una interpretación llena de matices y profundamente conmovedora.

Nace una estrella
Timothée Chalamet, que venía de una colección de papeles pequeños, convirtió a Elio en un símbolo del deseo juvenil. A la vez, del primer amor y la búsqueda del sentido de la propia idea de la belleza. Todo con su exploración de un personaje inocente, audaz y brillante que le valió una nominación al Oscar y el reconocimiento inmediato de todo Hollywood.
Lo siguiente que ocurrió fue casi el meteórico ascenso del actor a una escala que todavía en la actualidad sorprende. Pronto, el rostro andrógino, delicado, el aire intelectual y la capacidad para indagar en personajes masculinos poco comunes, le convirtió en el actor perfecto para sorprender. Lo hizo en Hot Summer Nights (2017) de Elijah Bynum y le seguirían Lady Bird (2017) de Greta Gerwig, con quien volvió a trabajar en 2019 para la nueva adaptación de Little Women.

Paso a paso, el intérprete construyó su reputación multifacética, levemente tímida, y dejó a un lado la habitual etapa de todo actor de verse deslumbrado por el mundo del espectáculo. Ayudó que su personaje lejos de la pantalla fuera una extensión de sus papeles más recordados. Con una estética ambigua y una desinteresada manera de asumir su propia vida como la más joven estrella de Hollywood, pronto se convirtió en el favorito de directores de culto. Lo que le llevó a The French Dispatch (2019) con Wes Anderson.
Después, la megaproducción que le catapultó al centro de la atención pública: Dune (2021) de Denis Villeneuve. La adaptación de la obra de Frank Herbert no solo se considera uno de los proyectos de la década, sino el punto más alto de la ciencia ficción de los últimos años. Por lo que dar rostro a Paul Atreides consagró a Chalamet como un actor capaz de no solo tener interpretaciones memorables, sino liderar un proyecto de envergadura.

Incluso se atrevió a cantar y a bailar con la fantasía Wonka (2023) que, de la mano de Paul King, se convirtió en la película que confirmó su habilidad para deslumbrar tanto en proyectos grandes como pequeños. Para cuando llegó A Complete Unknown (2024), el actor parecía tocar el cielo hollywoodense. Mucho más, tener todo lo que un hombre de su edad en el mundo del espectáculo parecía desear. A excepción de una cosa.
Un Oscar. De hecho, en su ya recordado discurso de aceptación del premio como mejor actor durante los SAG Awards (ahora Actor Awards), dejó claro que, después de tocar todos los registros y alcanzar el éxito público, ahora iba por la grandeza. Una decisión que pareció cambiar su vida para siempre y demostrar la cualidad de la ambición del Chalamet, decidido a que su nombre se volviera parte del Olimpo de Hollywood.
Una travesía complicada
Timothée Chalamet ya no intenta ser solo una figura célebre. Ahora camina como alguien que sabe exactamente dónde está la cámara, incluso cuando no debería haber una. Su comportamiento reciente, que va desde apariciones aparentemente casuales en Las Vegas, comentarios calculados en podcasts hasta bromas virales que parecen espontáneas pero huelen a storyboard, podría achacarse como una campaña de marketing a gran escala alrededor de Marty Supreme (2025).

La película que le valió su tercera nominación al Oscar es una de las grandes favoritas de la temporada (a pesar de la dura polémica alrededor de su director Josh Safdie) y la que podría brindar la tan ansiada estatuilla al actor. Por lo que no ha dejado nada a la casualidad y ahora, ensaya un tipo de performance que sorprende por su frialdad calculada.
Chalamet parece estar consciente de que, si desea un Oscar, su nombre debe escucharse tanto como el de la película, por lo que el algoritmo es un jurado tan influyente como la Academia. De modo que ha convertido su comportamiento público en una construcción del mezquino y retorcido Marty Mauser, su personaje en la cinta. No actúa “por encima” del marketing; se mete dentro, lo subvierte y lo usa como una extensión de su trabajo actoral.
Lo que abarca una estrategia que va de la mano con una mutación consciente de su personalidad pública. El Timothée de voz baja, frágil y casi etéreo —el “príncipe indie” que parecía salido de una novela triste— ha dado paso a una versión más ruidosa, confiada y deliberadamente incómoda. Algunos la llaman “machista”, otros la leen como una provocación controlada. Lo cierto es que este nuevo Chalamet se presenta como alguien seguro de su talento, dispuesto a ocupar espacio y a irritar a quienes preferían verlo como objeto delicado.

No es una transformación casual, sino una forma de branding narrativo que lleva a Chalamet a un lugar que pocos actores se han atrevido a tocar. El de arriesgar su capital público, para convertirse en una especie de criatura de medios competitiva y cada vez más visible. De comentarios que la alinean con el conservadurismo de cierta ala de internet misógina, hasta su reconstrucción como encarnación de la asertividad relacionada con la subcultura de internet denominada red pill. El actor parece continuar una tradición muy específica de estrellas que ganaron legitimidad mostrando carácter antes que vulnerabilidad.
Hay algo casi didáctico en su manera de hablar de la actuación como una misión, no como un accidente romántico. Chalamet no quiere parecer agradecido: quiere parecer inevitable. Esa intensidad —seguir actuando como si no hubiera ganado nada, incluso después de premios importantes— revela una ética de trabajo obsesiva. Vive como si el tiempo lo persiguiera. Y quizá lo hace. En la carrera hacia el Oscar, la Academia suele premiar no solo el talento,sino la sensación de destino. Chalamet está construyendo exactamente eso: la idea de que aún no ha llegado a su forma final.

En ese proceso, el manejo del potencial viral es clave. Chalamet y su equipo saben cómo alimentar Internet sin parecer esclavos de él. La referencia constante a Lil Timmy Tim, su pasado como rapero meme, no es solo nostalgia: es control del relato. Al reírse de sus fantasmas digitales, los neutraliza y los convierte en capital simbólico. Esa autoconciencia lo mantiene siempre en circulación, siempre comentado, siempre relevante.
Su marca evoluciona hacia algo más grande, más ruidoso, más “multiplex”: una estrella capaz de existir tanto en el cine de autor como en el espectáculo masivo. Las tácticas pueden parecer caóticas, pero responden a una lógica precisa: ocupar todos los espacios antes de que alguien más lo haga. En el fondo, Chalamet está ensayando para el papel más largo de su carrera: el de leyenda en construcción. Y como todo buen actor obsesivo, sabe que el Oscar no se gana solo en la pantalla, sino en la constancia con la que se convence al mundo —y a sí mismo— de que pertenece ahí. El resto es maquillaje. Y un poco de sangre fría.
«Marty Supreme» y el nuevo estrellato

Por todo lo anterior, resulta casi imposible separar a Timothée Chalamet de Marty Mauser, y esa confusión no es un efecto colateral: es el motor mismo de Marty Supreme. La película es mucho menos un relato tradicional y más una extensión performativa de su protagonista, dentro y fuera del encuadre. Chalamet no solo interpreta a un hombre convencido de su propia grandeza futura, sino que actúa como él incluso cuando la cámara parece apagada. Esa es la clave para entender un film que rehúye definiciones claras.
No es exactamente un drama deportivo, ni una sátira pura, ni un retrato psicológico clásico. Es una mezcla nerviosa de tonos que se mantiene en pie gracias a una sola certeza: Marty cree que está destinado a ser alguien enorme, y Chalamet se entrega a esa fe con un carisma tan excesivo como hipnótico. Todo lo demás orbita alrededor de esa convicción desmedida, que organiza el caos narrativo y le da coherencia emocional a una historia donde el fracaso siempre acecha.
La trama se sitúa en el Nueva York de principios de los cincuenta, pero el verdadero tiempo del relato es mental. Marty trabaja en una zapatería, vive con su madre Rebecca (Fran Drescher), atrapada en sus propias obsesiones médicas, y mantiene una relación secreta con Rachel Mizler (Odessa A’zion), su amiga de toda la vida, ahora casada. Nada en su realidad cotidiana avala el discurso triunfal con el que se presenta ante el mundo. Sin embargo, Marty habla como si ya fuera una celebridad del tenis de mesa, un deporte aún marginal que se convierte en el escenario perfecto para su delirio de grandeza.

No sueña con el éxito: lo da por hecho. Esa disonancia entre lo que dice ser y lo que efectivamente es alimenta el conflicto central. Cuando decide dejar su trabajo y viajar a Londres para competir, su comportamiento resulta tan irritante como fascinante. Exige trato de estrella, incomoda a todos y se mueve como si el triunfo fuera solo una cuestión administrativa pendiente.
Allí inicia además una relación con Kay Stone (Gwyneth Paltrow), una ex actriz que comparte hotel con su marido, el empresario Milton Rockwell (Kevin O’Leary). Londres funciona como un bautismo: Marty demuestra que hay talento real detrás de la fanfarronería, pero también regresa a casa con un ego aún más inflamado y más problemas acumulados.
Cualquier similitud con la realidad…
En las últimas semanas previas a la entrega de los Oscar, la competencia se vuelve una carnicería de relaciones públicas. Un concurso de popularidad sangriento en el que nadie tiene asegurado su estatus: el favorito indiscutido puede pasar a ser el nuevo villano de la temporada de premios, y viceversa. Ese parece ser el caso de Timothée Chalamet, cuya arrogancia lo llevó a pagar un precio demasiado alto de cara al cierre de las votaciones por los premios de la Academia.

El primer golpe llegó a fines de enero, cuando se supo la verdadera razón de la separación entre los hermanos Safdie: una pareja creativa de directores que supieron ser inseparables e imparables. Good Time (2017) los catapultó al Olimpo indie y todos los ojos se posaron sobre el enorme potencial de esta cinta protagonizada por un talentoso Robert Pattinson, esperando el próximo gran paso de los Safdie. El mismo llegó con la frenética Uncut Gems (2020) y la consagración de otro actor «poco serio» que bajo las alas de la dupla se convertía en un prestigioso intérprete dramático: Adam Sandler.
Pero en 2023 llegó la inesperada separación profesional del par, que -a falta de respuestas oficiales- muchos atribuyeron a búsquedas artísticas distintas. Había mucho más de fondo: una noticia filtrada hace poco más de un mes reveló que durante el rodaje de Good Time en New York hubo una situación de abuso sexual hacia una menor de edad. Según el reporte, Josh Safdie (Marty Supreme) estaba a cargo de la supervisión general, mientras su hermano Benny (The Smashing Machine) se encargaba de las áreas técnicas.

Al enterarse del incidente, Benny confrontó a Josh sobre su responsabilidad en el set de filmación. El director puso a trabajar a una joven de 17 años en escenas sexuales junto al actor no profesional y ex convicto Buddy Duress, contraviniendo las normas del Sindicato de Actores de Estados Unidos (SAG-AFTRA) sobre la protección de menores en la industria. Los hermanos cancelaron abruptamente un proyecto conjunto con temática deportiva en marzo de 2023, a partir de un informe publicado por Variety sobre el hecho, y desde entonces no dieron declaraciones ni se los volvió a ver juntos.
Todo esto salió a la luz en el punto más alto de la carrera por el Oscar de Marty Supreme, dando de baja cualquier posibilidad de triunfo para la cinta. Pero indirectamente, también dañó la reputación de Timotheé Chalamet y su estatus como favorito de la temporada. El ex twink preferido de internet no hizo mucho para favorecer su causa: sus apariciones públicas se hicieron cada vez más frecuentes y antipáticas, su nueva imagen de macho tóxico se empezó a diseccionar en los medios, y la gota que rebalsó el vaso llegó con una charla junto a Matthew McConaughey.
En una conversación frente a estudiantes que ambos actores grabaron juntos para Variety, publicada a fines de febrero, Timotheé hizo un par de comentarios muy desafortunados que lo pusieron en la mira. A pesar de que los recortes sobre la charla llevaban varias semanas circulando, fue un fragmento en particular el que indignó a la opinión pública y revolucionó a los profesionales del teatro. En el contexto de una conversación sobre IA, cine e industria, Chalamet menospreció a sus colegas artistas de la ópera y el ballet, diciendo con total candidez:
“No quiero trabajar en ballet, ni en ópera, ni en cosas que sean como: ‘Oye, mantén esto vivo, aunque ya a nadie le importe”. Con todo mi respeto a la gente del ballet y la ópera. Acabo de perder 14 centavos en audiencia.»
Los comentarios peyorativos del actor despertaron un acalorado debate en redes sobre su actitud, que muchos consideraron peligrosamente similar a la de su personaje en Marty Supreme. Mientras el público general se indignaba y discutía el tema, representantes del mundo de la ópera y el ballet se burlaron de las declaraciones del actor, invitándolo a instruirse. Y lo usaron como una ingeniosa excusa para promocionar importantes obras, como el caso de la Ópera de Seattle que se volvió viral.

A raíz de su meteórica caída en desgracia por los desafortunados dichos, fueron inevitables las comparaciones con el caso de Karla Sofía Gascón, que en la edición anterior le valió su Oscar. La gran diferencia es que el clip de Timotheé comenzó a circular justo el día después en que cerraron las votaciones para los premios de la Academia, sin darle lugar al incidente de interferir en sus chances. Pero el domingo anterior su candidatura ya había recibido el golpe de gracia, cuando Michael B. Jordan se alzó con codiciado premio en los Actor Awards (entregado por sus propios colegas, el mismo gremio que vota en los Oscar), en detrimento de Timmy.
Lo más triste del caso es que, tanto sus seguidores como sus detractores, coinciden en que la actuación de Chalamet en Marty Supreme es superlativa. Y el consenso es casi unánime en que merece el premio por su trabajo. Pero -como aseguró hace poco Russell Crowe muy atinadamente- los Oscar son un concurso de popularidad. Y la de Timotée se derrumbó por el piso, siendo quizás uno de los casos más emblemáticos de los últimos tiempos. Si tan solo hubiera dejado que su trabajo hablara por él…
Lecciones para Marty y Timmy
En su último tramo, Marty Supreme acelera hasta rozar el colapso. De vuelta en Nueva York, el protagonista necesita dinero para viajar a Japón, donde podría consolidar definitivamente su mito personal. No lo tiene. La falta de recursos desencadena una sucesón de decisiones torpes, riesgosas y, en muchos casos, francamente desastrosas. Josh Safdie convierte esta etapa en una carrera sin respiro, donde cada solución improvisada abre un problema mayor. Marty corre, promete, miente y seduce con la misma intensidad febril.

El guion, escrito por el director junto a Ronald Bronstein, esquiva deliberadamente la estructura clásica del cine deportivo para abrazar la incertidumbre. La obsesión por el dinero convive con la necesidad de reconocimiento, y ambas pulsiones chocan sin anularse. El reparto secundario — con A’zion como contrapeso emocional feroz y una Paltrow sorprendentemente vulnerable — refuerza ese universo excéntrico.
Aunque sus 150 minutos se sienten pesados hacia el final del segundo acto, Marty Supreme se sostiene como un retrato incómodo y eléctrico sobre la urgencia de ser grande antes de tiempo. Y sí, es difícil no leerlo como un espejo: Chalamet interpretando a Marty… mientras ensaya ser Marty en la vida real. Una actuación total. Casi un manifiesto.



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