Wes Anderson es un director único en su especie. Originario del Estado de Texas, al sur de los Estados Unidos, y con un don especial para contar historias, hoy se encuentra estrenando su décima película: The French Dispatch (2021). En esta nueva experiencia visual, homenajea al periodismo más tradicional y bohemio, y lo despide con el obituario más bello del mundo. Por este motivo vamos a repasar las claves de su estilo que año a año nos roba el corazón.

Es el rey de la simetría y la estética, pero también es mucho más que eso. Sus películas son puramente de aventuras, la mayoría de las veces disparatadas, pero con personajes extremadamente humanos. Sus universos paralelos son un escape de la cotidianeidad. Un escape para los adultos, que volvemos a sentirnos como niños a través de sus excéntricos personajes, mientras nos recuerdan lo que realmente importa. Pese al carácter trágico y pesimista de la mayoría de sus historias, el cineasta logra adornarlas de inocencia y torpeza para convertirlas en comedias espontáneas. Un mundo donde los niños se comportan como adultos, ya que los adultos siguen siendo niños en su interior. De alguna manera, Wes Anderson logra que sintamos que nada puede ser tan grave, porque siempre tendremos nuestros sueños y aventuras en el corazón.

Su marca registrada de impronta indie consiste en personajes imperfectos con corazones enormes, familias disfuncionales, fieles compañeros de aventuras, amores intensos, planos cenitales, maravillosos travellings y una precisión de cirujano a la hora de crear un enfoque simétrico. Si algo caracteriza su arte es la obsesión que mantiene con el centro, algo que se aprecia tímidamente en sus primeras películas: Bottle Rocket (1996) o Rushmore (1998), pero llega a su máximo esplendor con su obra más aplaudida: The Grand Budapest Hotel (2014).

Para su sorpresa, fueron sus excéntricos genios en The Royal Tenembaums (2001) los que lograron que sus rasgos característicos sean fácilmente identificables desde el primer fotograma. Otro de los puntos clave de su autoría es la paleta de colores que utiliza en cada historia, inigualable y fantástica. Sus pinceladas pasteles y su favoritismo por el amarillo remarcan la inocencia de sus relatos y consiguen que cada plano se convierte en una experiencia onírica.

El extraordinario cineasta transforma objetos en personajes con mucho peso, un submarino puede convertirse en tu principal refugio, un perfume en tu personalidad, unos binoculares en el escape necesario para emprender tu propio viaje, y una maleta funciona como una metáfora para afrontar el duelo. Los escenarios también son importantes en las historias de Wes Anderson, nada esta ligado al azar y todos están métricamente pensados para convertirse en el hogar que necesitan los personajes. Un tren es el puntapié para que tres hermanos despidan a su padre en The Darjeeling Limited (2007), una playa escondida es el refugio de dos niños descubriendo el amor en Moonrise Kingdom (2012), un hotel es un álbum de recuerdos y una carpa es el secreto de dos adultos que no pueden creer su irónico destino.

Su éxito también reside en la elección de su gran equipo titular – el cual siempre se destaca- encabezado por Andrew Weisblum en la edición, Alexander Desplat en la exquisita banda sonora, Robert. D. Yeoman en la fantástica fotografía y actores como Bill Murray, Owen Wilson, Tilda Swinton, Adrien Brody, entre otros, que funcionan como sus musas. Además, el cineasta tiene una relación de amistad con otro aclamadísimo guionista y director -del sector más indie de Hollywood- con quien ha compartido créditos en Fantastic Mr. Fox (2009), Noah Baumbach.

Su universo cargado de fantasía surrealista y su trabajo artesanal a la hora de crear maquetas lo convierten en uno de los directores más apasionados de la industria. Sus caprichos, sus delirios y su excentricismo son una bocanada de aire fresco en un momento donde el cine vive casi de remakes y secuelas. Wes Anderson nos abraza con su humor irónico, la inocencia infantil de sus relatos y su esperanza por un mundo que nunca dejará de tener historias por contar.

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