Alumno sin maestro

“Creed III” de Michael B. Jordan: La extraña paradoja de la épica sin su héroe

La ópera prima de Michael B. Jordan enaltece todos los valores y sensibilidad de la franquicia de Rocky. Pero el mítico personaje de Sylvester Stallone está ausente por completo.

por | Mar 4, 2023

Apollo Creed (Carl Weathers) y Rocky Balboa (Sylvester Stallone) son dos de los personajes más emblemáticos del género del drama deportivo. Mucho más, cuando la historia de ambos se volvió una tragedia que se alargó a través de una saga entera.

Inseparables y símbolos de una amistad adulta que conquistó a una generación, son el cimiento sobre el que se levantó la subfranquicia Creed, dirigida por Ryan Coogler. En sus dos primeras películas, la historia de Adonis, hijo de Apollo y pupilo de Balboa, se convirtió en un análisis sobre los ideales, la madurez y el tránsito de crecimiento.

Todo, a través de la percepción que el nuevo púgil, heredero directo de la mítica película del ’76 dirigida por John G. Avildsen, era la síntesis de un largo recorrido cinematográfico. 

Después de todo, el Rocky de Stallone triunfó, se convirtió en la esperanza de los perdedores y después, en una sombra de sí mismo, solo para volver a resurgir en medio de una despedida simbólica. Se trata de un recorrido que rara vez completa un único personaje y mucho menos, conservando su poder para emocionar y conmover.

Pero el bueno de Rocky lo logró. Mucho más que eso: se convirtió en una forma de entender un tipo de cine más relacionado con las derrotas que con los éxitos. Que exploraba a un hombre que tenía todo en contra y que, a pesar de eso, levantaba los puños para celebrar sus pequeñas victorias. 

Al otro extremo, Apollo Creed era todo brillo y jactancia burlona, el norteamericano que se construye a sí mismo y logra un tipo de reconocimiento desconocido. O al menos, lo hizo hasta que Iván Drago — un jovencísimo Dolph Lundgren — lo envió a la lona por toda la eternidad.

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Llevando la bandera norteamericana como uniforme, la muerte del personaje a puños de su par ruso, se convirtió en una tragedia cinematográfica. Rocky IV (1985), dirigida por Sylvester Stallone, era sensiblera, patriótica y curiosamente satisfactoria.

En especial, con el final previsible de una victoria de la libertad encarnada por el héroe titular y otra vez, su llegada al Olimpo de las grandes figuras en busca de redención.

En 2016, Ryan Coogler tomó todo lo anterior y lo mezcló en un sorpresivo reinicio de la saga que resultó exitoso. Creed era el resumen de todo el recorrido de Rocky para encontrar su lugar en el mundo y la despedida, simbólica y por supuesto, conmovedora, del espíritu de Apollo, encarnado por su hijo, ahora listo para subir al cuadrilátero.

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La película fue un éxito de taquilla y de crítica, por lo que tuvo una inmediata secuela, todavía más trágica y con Michael B. Jordan encarnando la plenitud de la potencia del deporte cinematográfico. ¿Por qué no hacer una trilogía? se preguntó algún ejecutivo en Hollywood. 

Porque no era necesaria, respondió Stallone al que quisiera escucharlo. Ocho películas después, con una nominación al Oscar gracias a la entonces duología, el legendario Rocky merecía un descanso. Era la opinión de su creador y al parecer, de buena parte del equipo de producción de Creed, que aceptó la derrota con toda la elegante filosofía de un boxeador veterano.

Todos, menos Jordan, que decidió seguir la historia de su personaje, incluso sin la aprobación de Stallone, a pesar del extraño mutis de Coogler, que prefirió las tierras superheroicas de Wakanda o del malestar de su padre cinematográfico.

Carl Weathers dejó claro que una película de “Rocky sin Rocky” era impensable. Que, incluso, era una ofensa a la venerable herencia de cuarenta años de sinsabores sobre la arena. Aun así, Jordan — y buena parte de los productores y ejecutivos de MGM — pensaron que valía la pena insistir. Y lo logró. De forma dispareja, en ocasiones cursi, pero mucho más serena y mejor realizada de lo que podría creerse. 

La épica sin el héroe que, de alguna forma, funciona 

Creed III (2023) es un homenaje directo, poco disimulado y bien ejecutado a Rocky. Y aunque el nombre del querido mentor de las dos cintas anteriores no se menciona ni una sola vez, su sombra es evidente, larga e imposible de ignorar.

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De hecho, es notorio que Michael B. Jordan se dirigió a sí mismo con la noción que Stallone tenía de su Rocky. Un hombre en la serenidad del conocimiento que deja el sufrimiento y las pérdidas. Uno, capaz de guiar a otros y en especial, de ser considerado motivo de inspiración. 

La película sigue la misma idea de cualquier otra película de la saga, solo que Jordan es mucho más mesurado en mostrar el trasfondo de lucha titánica por los ideales. Su visión del bien y del mal es pragmática, realista y más enfocada en hacer de su Creed un espíritu en constante evolución.

Lo mismo ocurre con el Damian de Jonathan Majors, un oponente temible que lucha, no por destronar al campeón, sino por probar su triunfo. Puede parecer un pequeño matiz, pero en realidad es de una importancia considerable, cuando el film avanza para mostrar el enfrentamiento entre ambos rivales.

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Creed III es un argumento que apela a la idea que el deporte es mucho más que entrenamiento y fortaleza — lo mismo que siempre ha insistido la saga Rocky — pero en esta ocasión, hace énfasis en lo falible. Adonis no es perfecto ni lo será, tampoco quiere serlo. Pero sabe cuál es el límite que lo llevaría a una oscuridad codiciosa que contradice la persona que es. 

Por su lado, el personaje de Majors es un monstruo que se cocina a fuego lento. De la niñez malograda a una segunda juventud convertida en pozo de amargura, el actor convierte a su boxeador en una figura llena de cicatrices invisibles. Una versión sobre el mal, moldeada en las calles, las tragedias mínimas y la codicia.

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No es difícil comprender a Damian, que envidió por buena parte de su vida — que pasó tras las rejas — el brillo de Creed, que como buen hijo de Apollo, es el emblema del éxito norteamericano. De los logros del tesón — o así insiste el guion — y de la guía de una mano amable. 

Ahora, Adonis tiene sus propios pupilos. Damian, el impulso rencoroso de vencerle o al menos, lograr el equivalente de su poder en el cuadrilátero. Las nueve películas de la saga Rocky parecen confluir en un único escenario.

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La historia escrita por Keenan Coogler, Zach Baylin y Ryan Coogler es una celebración al valor del esfuerzo, de la mirada amable sobre los propios errores y la búsqueda final de un objetivo que lograr. Ya sea inspirado por los ejemplos bienhechores o la venganza contra las pérdidas. 

Pero, ¿puede funcionar una película de Rocky sin Rocky? 

Un silencio incómodo en medio de grandes triunfos 

La pregunta podría ser mucho más amplia y profundizar en el hecho de que el personaje de Stallone es una ausencia notoria por omisión. Nadie le nombra, le recuerda o mucho menos, reconoce su mérito en el éxito de Adonis, convertido en una especie de versión suya más joven y zalamera.

Rocky es el gran ausente en el gran relato de este triunfo, de la llegada al ring del joven Creed para rememorar — por tercera vez — la memoria de su padre. Poco a poco, la película moldea como puede ese punto en blanco, le otorga sentido, le sustenta con cuidado. Pero no logra justificarlo del todo. 

Sin embargo, la película es un gran triunfo de discurso y buen hacer visual. Más vital, menos sobria y más divertida que las anteriores, es un reinicio — dentro de otro, que es lo más curioso — a una historia generacional.

Con o sin su ídolo, el héroe triste que corrió por las calles de Filadelfia para demostrar que todos podemos alcanzar la victoria y luego llamó a Adriana a gritos, el film tiene su propio poder. Uno que, seguramente, volveremos a ver en una cuarta y hasta quinta entrega. Creed es el Rocky para la nueva generación y parece saberlo. 

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