Cara de barro

Clayface: el nuevo universo cinematográfico de DC apuesta por el body horror

Probando que el cine de superhéroes puede experimentar, la primera película de terror del DCU está acompañada por un guion que la desmerece.

por | Oct 22, 2026

Dentro de la extravagante colección de villanos que Batman enfrenta en las oscuras calles de Ciudad Gótica, Clayface es sin duda uno que solo conocen los verdaderos acérrimos fanáticos del Caballero de la noche. Grotesco y aterrador en sus poderes y apariencia, convertir a este maleante en protagonista de uno de los primeros largometrajes del nuevo Universo cinematográfico de DC fue una apuesta arriesgada pero inteligente.

Al fin y al cabo, la mitología propia de un personaje que ya resultaba un tanto aterrador incluso en la serie animada de Batman de 1990, se prestaba perfectamente a la idea de James Gunn de darle una impronta única a cada uno de los largometrajes del nuevo DC.

Clayface (2026) sin duda es distinta. Probablemente lo más cercano que vimos a Cronenberg dándole una oportunidad al cine de superhéroes.

Pero no por eso Clayface consigue tener “la sustancia” que estábamos esperando.

Tom Rhys Harries como Matt Hagan, la estrella del cine que lo pierde todo.

Una nueva cara para el DCU

Matt Hagen (Tom Rhys Harries) es una estrella del cine en rápido ascenso que, tras tener un encuentro íntimo con la novia de un mafioso, pierde una de las cosas que Hollywood más valora en un actor: su rostro.

El incidente lo deja desfigurado, sin su carrera, con su reputación siendo cuestionada y ahora convertido en un paria. Acompañado solo por pantallas en la soledad de su departamento, le llegan noticias de un estudio experimental con nanotecnología y tejido orgánico. La doctora Caytlin Corr (Naomi Ackie) eventualmente acepta ayudarlo, pero las dudas la carcomen ya que los tratamientos experimentales muchas veces presentan efectos secundarios. Y Hagen no parece temer ir hasta las últimas consecuencias.

Basándose en una de las primeras versiones del personaje en los cómics, así como quizá más fuertemente en el Hagen de Batman: la serie animada (1992 -1995), desde el primer momento queda claro que Clayface no busca expandir el Universo de DC. Gótica no tiene la marcada personalidad con la cual normalmente nos la presentan. El nombre de Batman no es susurrado en las calles.

Naomi Ackie como Caytlin Corr, experimentando con su nanotecnología en Matt Hagen (Tom Rhys Harries).

Entonces, ¿Por qué darle la tercera película de este DC a un personaje al cual el público más masivo no conoce? Gunn apuesta por plantear una película inequívocamente de terror. Una película que no se preocupa por presentar un mundo nuevo ni que se sienta como un mero spin-off como aquellos que Sony hizo con los villanos de Spider-Man.

Un director que sabe del tema

Es comprensible que para lograr eso Gunn haya confiado en James Watkins en la primera incursión de DC en el cine de horror. Con títulos como Woman in Black (2012), el director británico ya había demostrado manejar el género, presentando sus siniestras atmósferas con maestría. Pero, si tuviéramos de compararla a otra de sus grandes producciones, hacia Eden Lake (2008) es a dónde hay que mirar. Clayface está lejos de quedar a la par de su violencia, pero el tipo de brutalidad que maneja se asemeja un poco más a esta última. Por lo menos cuando se permite a si misma darse rienda suelta.

El director, James Watkins, junto a Tom Rhys Harries.

Watkins encuentra el punto fuerte de Clayface al entender el lado más traumático del personaje, la conversión de un hombre común cuyo mundo se derrumba mientras cuerpo se convierte en una masa maleable, moldeable y grotesca. Es la fórmula perfecta para un buen espécimen de body horror.

Con primerísimos primeros planos, Watkins nos obliga a ver los resultados de la violencia que el cine de superhéroes normalmente edulcora. Los golpes no noquean, matan. Las transformaciones tienen su precio. Desde procedimientos médicos a la más pura monstruosidad, consigue incomodarnos en la butaca. Encuentra el verdadero terror cuando la autoflagelación es el precio por la aceptación, mientras la mente se distorsiona tanto como el cuerpo mismo.

El maquillaje y uso de efectos prácticos es uno de los puntos fuertes de Clayface (2026).

Perdiendo la forma

Probablemente el problema más grande de Clayface radica en la falta de confianza que parece tener para mantener su propia premisa. Porque si bien cumple a la hora de entregar varias escenas bastante gráficas, con el pasar del tiempo, como la carne de arcilla del mismo Hagan, empieza a perder consistencia.

El apartado visual sufre la misma debilidad. Porque sin duda uno de sus puntos más fuertes es el logrado trabajo de maquillaje, así como lo son sus efectos prácticos. Aquella mutación tan única que sufre el protagonista es aquello a lo que debe sacársele jugo, pero Watkins opta en muchos casos por transformaciones inmediatas y dependientes del CGI. Algunas aprovechan un logrado juego de cámaras, mientras que otras son instantáneas y desmerecen al personaje. Lo vuelven casi un ser mágico, más que un ser de carne y hueso, presa de su propio ADN. Parece olvidar exactamente lo que hace el fuerte al body horror.

Clayface (2026) apuesta todo por el body horror.

Tom Rhys Harries entrega una interpretación más que justa, haciendo que su transformación física tenga igual intensidad que su deterioro mental. Pero el guión de Mike Flanagan y Hossein Aminin le brindan poco con qué trabajar tanto a él como al resto del elenco, con una historia tan estereotipada como sus personajes y cuyos diálogos resultan un tanto acartonados.

Un experimento no del todo fallido

Justamente es la falta de confianza lo que no parece permitirle a Clayface llegar a lo que podría haber sido. Es una película de terror clase B bastante aceptable, que cuando llega a su punto culmine se vuelven todo lo entretenida que debería haber sido en cada paso, dejándonos con la frustración de potencialidades perdidas. Acierta de sobremanera cuando no da un paso atrás ni duda en transgredir ciertos límites.  

Clayface (2026) funciona cuando se permite transgredir límites.

La tercera incursión cinematográfica de este nuevo DC deja dudas. Funciona, a pesar de como carga con lo plano que es su guión. Tiene una simpleza que está lejos de esa maravillosa introducción al Superman de David Corenswet, pero que sube la vara y no se siente desorientada como su Supergirl (2026). Lamentablemente, tampoco se acerca a las promesas de James Gunn, quien a viva voz aseguró que el DCU solo daría luz verde a producciones cuyos guiones fueran sólidos.

Entre guiños a Les Yeux Sans Visage (1964), toques de Scarface (1983) y The Fly (1986), mientras hace honor a Darkman (1990), Clayface consigue lo que otros vástagos del cine de superhéroes rara vez hacen: experimentar. Es aquello con lo que Sam Raimi tanteó en Darkman, pero que no logró con su secuela de Doctor Strange. Cuando se compromete, Clayface da el paso que atemorizó a otros grandes estudios.

Entre otros grandes referentes del terror, Darkman (1990) de Sam Raimi es claramente una de sus influencias.

Demuestra que el cine de superhéroes no tiene por qué reducirse a espectáculos que sólo apasionan por la nostalgia y los cameos. Al contrario, nos recuerda que los cómics son un medio en donde conviven varios géneros y audiencias de distintas edades.

Y que sus adaptaciones pueden llegar a lugares nunca antes vistos.

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Ro Tapias

Artista visual. Madre de dragones, gatos y un corgi. Hablo de cine, a veces demasiado.