Luego de casi una década sin estrenar un largometraje, David Cronenberg vuelve a las pantallas con una historia que lo retrotrae a sus orígenes, una vez más utilizando el body horror como herramienta, pero desde un lugar mucho más cínico y afilado. Como en buena parte de sus películas, el director muestra su sentido del humor, ambientando su historia en el mundo del establishment artístico, en donde sus personajes hablan de la creación de un arte provocativo, mientras el director hace lo propio con su audiencia. La película emula la manera en la cual los artistas tiran de los hilos, creando obras que son conceptualmente poderosas y buscan generar una cierta incomodidad por parte del público.

El futuro distopico que Cronenberg presenta habla de cuerpos que perdieron su completa sensibilidad, en donde las laceraciones son la búsqueda del yonki que se esconde en la oscuridad de las calles. Es así como las modificaciones corporales, mientras más extremas, más están provistas del placer como cara opuesta al dolor. El humano vive en una perpetua anestesia, es decir, desprovisto del sentir, y es ahí donde hace aparición el mundo del arte. Las artes visuales, creadoras de sentido dentro de la sociedad, son por supuesto vanguardistas en este movimiento, intentando buscar una poética dentro de estas prácticas, explotando la sensualidad de los cortes hasta convertirlos en un acto pseudo sexual, la literalidad de la belleza interior expuesta.

Así encontramos a Saul Tenser (Viggo Mortensen), rodeado de prótesis para poder cumplir con tareas que le deberían ser tan naturales como comer o dormir. Su cuerpo se le rebela creando órganos aparentemente inútiles, pero a los que él da una finalidad artística: retomar el control de un cuerpo anárquico, mientras hace de este proceso una experiencia estética. De la misma forma que hoy día muchos artistas visuales buscan de la asistencia de profesionales de otros campos para llevar a cabo sus obras, a Saul lo acompaña Caprice (Léa Seydoux) cirujana devenida en artista y otra mitad de su dúo de performers. Con Saul mismo como soporte de la obra, es Caprice quien extirpa estos órganos, marcándolos con un tatuaje como si de la firma de una artista se tratase.

Constantemente envuelto en túnicas negras, el rostro cadavérico de Mortensen parece reminiscente a la Muerte que interpretó Beng Ekerot en El Séptimo Sello (1957), clásico de Ingmar Bergman. La Parca es sin duda uno de los símbolos más claros de la transmutación corporal y el mundo que rodea a nuestros protagonistas podría considerarse un limbo. Las moscas constantemente rondando parecen un mal augurio en un tiempo donde los cuerpos se utilizan como objeto de deseo, de búsqueda de sentido y hasta mercantilización. Pero esto no es una creación de Cronenberg, sino una mera cita.

Después del fin del arte

Crimes of the Future (2022) plantea un momento anacrónico en el tiempo, una bisagra cultural que en cierta manera emula el desarrollo histórico del mundo artístico. De la misma forma en la que, previo al arte contemporáneo, las vanguardias aparecían para cuestionar los movimientos que estaban en auge, los protagonistas también se encuentran en un tiempo liminal. Las performances realizadas por Saul y Caprice son filmadas con cámaras antiguas, televisores ochentosos reproduciendo la obra o textos curatoriales en la sala, una referencia al momento en donde las modificaciones corporales captaban gran atención dentro de la hegemonía de las artes visuales.

Cronenberg habla de un fin de los cuerpos tradicionales de la misma forma en la que hoy día podemos hablar de un fin de la historia del arte evolutivo, ya descreído de esta idea de que hay movimientos superadores a sus predecesores. El virtuosismo de los impresionistas no desmerece al Arte Pop. Con la llegada de obras como el mingitorio de Marcel Duchamp, las instituciones daban lugar a que los artistas no necesariamente tuviesen que usar medios o herramientas tradicionales en sus producciones. Tallar la piedra o pintar al óleo ya no eran sinónimos de prestigio y el esculpir una idea, un concepto, comenzaba a considerarse como digno del mismo mérito. No se premiaba necesariamente la originalidad, dando lugar a que la reproductibilidad de las impresiones de Warhol obtuviesen la atención que antes solo una pintura quizá lograría. Se generó una mutación de lo considerado banal, dando lugar así a que una caja de jabón de supermercado se considerada una pieza de arte elevado.

Es en la década del sesenta cuando las performances hacen auge, diferenciándose de los happenings al realizarse sin la intervención del público, cayendo así la atención completamente en el cuerpo del artista como herramienta o lienzo de la obra misma. Artistas como Bruce Nauman comenzaron a experimentar, realizando acciones efímeras tales como simplemente caminar por un corredor para dar más importancia al proceso que a obtener un objeto como resultado.

De la misma manera en que el dúo de Caprice y Saul modifican el cuerpo de este último, tomando control sobre un organismo que se rebela contra quien lo habita, la artista francesa Orlan se ha sometido durante décadas a cirugías para cambiar su fisonomía, haciendo un statement respecto a la autonomía que tienen las mujeres sobre sus propios cuerpos y una resistencia a los parámetros de la belleza como imposición cultural. Este es el llamado Body Art, acciones que llevan al cuerpo del performer a las situaciones más extremas.

Otro ejemplo es el caso de la obra Grafting de Petr Štembera , en donde el artista cortó su brazo para introducirse ahí una planta, utilizando químicos para que el vegetal lograse vivir dentro de su nuevo ecosistema. Podemos entender así que Cronenberg no se saca de la galera aquellos discursos anarcopolíticos que aparecen como subtramas de su relato, ya que la politización de los cuerpos siempre fue una problemática de interés para las artes visuales.

Pero quizás la más clara referencia a una obra se encuentra en los adelantos de la película, en un segmento en el que vemos una muestra de arte a la cual Saul asiste. Ahí presenciamos a un hombre cuyos parpados y boca son cosidos, cerrados al mundo, su cuerpo adornado con numerosas orejas. La obra sin duda hace alusión a Ear on Arm del artista australiano Stelarc, ya conocido por combinar tecnología con su organismo. Con una oreja implantada en su brazo, el artista tiene la intención de conectarla a internet para que el planeta entero pueda oír lo que él oye mientras desafía su estructura biológica.

Luego de años intentando encontrar médicos dispuestos a llevar a cabo el procedimiento y dos cirugías, esta obra es su performance más larga. Las complicaciones como la necrosis o su cuerpo rechazando el micrófono son solo algunas de las dificultades en el desarrollo de la misma. No podremos saber hasta que la obra esté completa qué clase de lecturas podrá hacer el público y si estas coincidirán con lo que Sterlac propone, pero así como una espectadora comenta y detracta la obra junto a Saul, con facilidad se puede destruir el trabajo del artista al considerarse sus conceptos vacíos. ¿Acaso el director se ríe de cómo la audiencia probablemente interpretara su propia producción?

Crónicas de un crimen anunciado

Revisitar el pasado y poder apropiarse de las técnicas de los distintos movimientos del arte, rígidos y estoicos en cuanto a cómo se consideraban la optimización de sus prácticas, fue uno de los grandes logros del arte contemporáneo. Esta ruptura de una cronología lineal es algo que Cronenberg refleja tanto en la narrativa como en su hacer, decidiendo tomar el título de uno de sus primeras obras, Crimes of the Future (1970), pero no necesariamente a manera de secuela o remake. Mientras la versión del setenta también transcurría en un mundo en donde la sexualidad había sido alterada, con apenas el comentario de cómo algunos cuerpos también cultivaban órganos inútiles para ser extirpados, su Crimes of the Future de 2022 refleja la madurez del director, puliendo sus ideas pero no desproveyéndolas del humor del conocido rey de la nueva carne. Su discurso es desafiante, pero no necesariamente denso, en una película que no es bajo ningún concepto complaciente con el público y, como es de esperar, lo divide en su recepción.

Así como el arte refleja a la vida, los crímenes del futuro que la historia denuncia tranquilamente hablan de los tiempos en los que estamos viviendo, en donde un reloj nos corre y donde las grandes empresas y el poder político hacen poco para salvar nuestro entorno y, por ende, a nosotros mismos. Así como dudamos de si nuestro mañana ya está perdido, la película de Cronenberg habla de un crimen que se puede estar cometiendo, como ya pudo también haber sido cometido. Un crimen contra nuestros hijos y nuestro legado. Los cuerpos se han vuelto un producto de cambio, un objeto que como el mismo Saul dice, “está jugoso de significado” en un mundo donde el territorio de la carne se encuentra en disputa.

Crimes of the Future se encuentra en exhibición en algunas salas de Buenos Aires con entradas agotadas y a partir del 29/julio estará disponible en Latinoamérica exclusivamente a través de la plataforma MUBI.

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