Cuando llegó el fin, lo acompañó el suspiro. Hombros que se relajan, un cuerpo que se reclina contra la butaca. Los créditos corren para anticipar no solo una, sino dos escenas post-créditos. Pero una cosa llama la atención. El director, Sébastien Vaniček, es francés. Todo toma sentido a partir de ahí.
Porque si alguien sabe cómo entregar una película de horror intensa y retorcida, esos son los franceses.

Otra incómoda reunión familiar
La estructura de la película en sí misma es parecida a la de entregas anteriores. Tenemos al Necronomicón Ex-Mortis, alguien que cometerá el error de decir en voz alta las palabras que sellarán su destino: Kunda, Estratta, Montosse, Canda. Listo, Deadites decorando todo con tripas. Vaniček cubre con todas los requisitos básicos que exige la franquicia, pero demuestra que está decidido a marcarla con su propia impronta.
Es así como nos lleva a aquel mismo lago en donde comenzaba Evil Dead Rise (2023), conectando esta secuela con aquella dirigida por Lee Cronin. En seguida se nos presenta al grupo de víctimas que componen su elenco. Tras la poco convencional muerte de Will (George Pullar), su esposa Alice (Souheila Yacoub) es invitada por su cuñado Joseph (Hunter Doohan) a pasar el duelo en la casa de campo de la familia.

Lamentablemente, Alice es de esas personas que no fueron bendecidas con los mejores suegros. Hasta la frágil abuela Polly (Maude Davey) con sus problemas de memoria ataca constantemente a su concuñada Thya (Luciane Buchanan). Pero Alice se percata de que Will parece haber heredado el violento carácter de su padre Edgar (Erroll Shand), quien empieza a actuar cada vez más errático en su duelo. Un verdadero peligro para sí mismo, pero sobre todo para los demás.
Maestro del suspenso
Quizá una de las escenas clave de la película remita a varios a «Fishes», el famoso episodio navideño de la segunda temporada de The Bear (2022-2026). Con ese concepto tan sencillo, el de una familia disfuncional compartiendo una comida, Vaniček convierte la escena en la definición del suspenso mismo.
Mientras las acusaciones se van vocalizando, nuestra atención se enfoca en la gran variedad de objetos filosos a mano. El director nos deja en claro que una de sus mayores virtudes es la manera en la que juega con la anticipación, logrando que una variedad de terribles escenarios se planteen en nuestras cabezas antes de que finalmente se venga el estallido.

Si bien Lee Cronin nos entregó la versión de Evil Dead más sangrienta a la fecha, esta secuela es en espíritu más cercana a lo que Fede Álvarez hizo en 2013 con su reboot en del clásico de Sam Raimi. Vaniček se aleja de Álvarez al mantener algo del oscuro sentido del humor de la saga, pero conecta con el uruguayo al apostar por lo perturbador. Ni la anciana, ni el perro familiar; Vaniček juega con nuestra expectativa de que nadie está a salvo, mientras nos arrolla al no sacar el pie del acelerador.
Evil Dead: En llamas (2026) es una de esas películas que asociamos con la frase “no dar respiro”. Desde el minuto uno nos entrega la más brutal fantasía, dejando de lado toda metáfora para anclar la historia explícitamente en el terror real de la violencia doméstica.

Liberté, égalité, goré
La ópera prima Infested (2023) de Vaniček ya había tratado en cierto punto con esta idea de la infección e invasión en un espacio cerrado como amenaza. Pero aquellas aterradoras arañas que se multiplicaban hasta volver un edificio en el averno, no llegaban a demostrar los límites a los que este director es capaz de llegar.
Con Evil Dead: En llamas deja la sensación de que es alumno del movimiento que conocemos como el Nuevo Extremismo Francés. Nacido junto al nuevo milenio, el término fue acuñado por el crítico James Quandt en el artículo Flesh & Blood: Sex and Violence in recent French Cinema, escrito para la revista ArtForum.

Enfocándose principalmente en analizar Twentynine Palms (2003), Quandt no solo hacía una dura crítica a Bruno Dumont, sino también a cineastas transgresores como François Ozon, Gaspar Noé, Catherine Breillat o Philippe Grandrieux. Señalaba lo que para él era un uso desmedido de violencia, sexo, y el romper con todo tabú imaginable como poco más que un pretexto para una provocación ante todo vacía.
Surgiendo casi en paralelo al éxito de Saw (2004) y aquel terror conocido como Torture Porn, o “pornografía de tortura” que marcó el terror norteamericano en esa época, el cine francés de género parecía tomar nota de lo que se hacía en Hollywood. Películas como Alta Tensión (2003) de Alexandre Aja se mostraban como alternativas mucho más comerciales a lo que hacía Noé, por ejemplo.
Pero lo que destaca a la película de Aja, así como al resto de los títulos que relacionamos a este movimiento franco, es el balance que encuentran en su calidad de cine de autor. Explorando lo más visceral de la experiencia humana, abarca mucho más que el horror. Tan solo hay que pensar en la inolvidable Martyrs (2008), cuya gráfica violencia queda casi opacada por lo terrorífico e impactante que resulta su diálogo final.

Otro capítulo del Necronomicón
Usando el fuego como un hilo conductor simbólico, las llamas y sus cenizas marcan la paleta de color principal en la que se divide la película. El fuego es catalizador de este infierno terrenal, así como la metáfora de lo que destruye desde adentro a esta familia. Sébastien Vaniček no tiene miramientos a la hora de torturarlos, consciente de nuestro disfrute morboso y claramente encontrando su propio placer al buscar las mil y una formas de retratarlo. Y es justamente la forma en que aprovecha todos los recursos que tiene a mano en donde se puede inferir que el director se divierte tanto como nosotros.
Se nota que el uso de efectos prácticos fue una de sus prioridades, enfatizando lo grotesco desde la más violenta muerte hasta lo que probablemente sea el beso más asqueroso que vimos en pantalla estos últimos años. No quedan dudas de que los aspectos técnicos estás más que cuidados, con alguna excepción de un CGI bastante pasable.

Tanto la meticulosa edición de sonido como la cinematografía se destacan sobre otras entregas de la saga. Desde un magnifico plano secuencia, el uso de la cámara cenital así como un reflejo que cambia completamente nuestra perspectiva de una escena, Vaniček usa cada elemento para vigorizar la sensación de caos que va construyendo metódicamente. Intensifica ese frenesí, apenas dejando breves pausas en donde juega con nuestras expectativas. Nadie está a salvo y el director nos lo deja claro.
Con la próxima entrega de la saga ya en post-producción y con planes de estrenarse en 2028, Evil Dead Wrath será la primera precuela a la película original de Raimi. ¿Continuará la racha de grandes nuevos capítulos para la saga? Porque si nos demostró algo, eso es que su creador supo elegir muy sabiamente a quién confiarle su legado.

Decir si la reboot de Álvarez, la secuela de Cronin o este nuevo estreno es mejor a sus antecesoras queda honestamente atado a la total subjetividad, porque cada una de ellas fue un macabro deleite. Si la profundidad narrativa no es requisito para sellar su destino, Evil Dead: En llamas va derecho a la lista de lo mejor que veremos en horror este año.
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