A menos de dos semanas desde su estreno en YouTube, el primer episodio de la serie llegó a más de dos millones y medio de visitas. Gracias a su fluida animación, una historia de gran gancho y, por sobre todas las cosas, ese imaginativo retrato retrofuturista de nuestra cultura, Electro Andes demostró que tiene todo para ser un éxito.
Y para dejar su marca en la historia de la animación argentina.
Hecho a pulmón
Para el estudio Bellolandia, su arduo trabajo comienza a dar frutos. Desde producciones como la adorable película Shenku o la serie de cazarrecompensas intergalácticos Funky Hunters, el trabajo de este equipo argentino hace años está llamando la atención en los nichos de animación independiente.

Tras comenzar en 2022 con bocetos y teasers de apenas unos segundos de largo, el 2023 recibió a Belladona en Annecy, el festival internacional de cine de animación más prestigioso del mundo, para presentar Electro Andes. En 2024 regresaron a Francia con su primer tráiler, cuya indudable calidad les consiguió la financiación para darle luz verde. Meses de esfuerzo culminaron con su vuelta a Annecy en 2026, ya listos para finalmente estrenar el episodio piloto. Tanto trabajo se notó en pantalla, devolviéndoles una cálida recepción del público que hablaba por sí misma. Para entonces, el boca en boca digital ya se había propagado.
La espera fue larga, pero nadie la sintió tanto como su público argentino. Fue recién el 18 de septiembre de 2026 en que se dio una avant premiere con entradas que se agotaron rápidamente. Durante tres fechas, el primer episodio se proyectó en el Cinemark Hoyts Dot, con música en vivo y en dialogo con los creadores.
Fue una primera muestra de lo que sucedería el 4 de octubre, cuando el capítulo, La noche de la bestia andina, llegó por fin a YouTube. El éxito fue rotundo.

La realidad misma, al estilo animé
La serie nos lleva a Arcana Iruyana, un pueblo bajo un control casi tecnocrático por parte de Black Mountain, una empresa que se enriquece en base a la más salvaje minería. La brutalidad en contra los ciudadanos es moneda corriente, así como lo son las crecientes denuncias de trabajadores desaparecidos.
Conocemos entonces a los hermanos Pietro (Osías Lobos) y Cal (Pedro Jasminoy), dos carismáticos adolescentes que se unen a un grupo ecoterrorista en búsqueda de destruir a la empresa minera. Con la ayuda de Kiwi (Kotori Hikari), una maestra en lo que a tecnología se refiere, logran infiltrarse. Pero los hermanos tienen expectativas diferentes respecto a la misión. Mientras Cal busca vengar a su abuelo (Carlos Romero Franco), Pietro tiene la esperanza de volver a encontrarlo.

El mundo que presenta Electro Andes nos muestra un noroeste argentino futurista que podríamos tildar de distópico. Pero como toda buena historia de ciencia-ficción, el relato funciona porque está fuertemente anclado a la realidad. En este caso, tanto a nuestro pasado, así como a ciertas tensiones que todavía se viven en buena parte de Latinoamérica.
Orgullosamente “sudakuga”
Un vendedor pregunta si el chori va acompañado de chimichurri, mientras que en la radio se promociona un nuevo alfajor relleno de dulce de cayote, una fruta muy popular en el noroeste. La cruz andina aparece en la arquitectura o hasta pixelada en pantallas, mientras guardapampas decoran paredes y textiles. Los colores neón y la tecnología cyberpunk se funden con nuestra tradición. Acá, después del primer mate matutino, las motos se deslizan por el aire y jugar a la pelota implica patadas sónicas en un potrero.
El estilo que define a Electro Andes es «sudakuga« , un término inventado por Nacho Malter, Damián Fernández Gómez y Martín «Rojo» Gil, creadores de la serie. La palabra combina “sudaca” con “sakuga”, esas escenas de animación impresionante que se vuelven recortes e insignia de distintas producciones de animé. Esas en dónde se nota que se apostó buena parte del presupuesto.

Pero Electro Andes no solo se conforma con impresionarnos con su impronta visual. Destaca, porque captura a la perfección mucho de lo que nos identifica, agregando la magia del componente fantástico. Es así como vemos a una madre suplicar por el paradero de un familiar desaparecido, en una versión alternativa del canal Crónica. En otra toma, en un poste, aparece una sútil referencia al Siluetazo, esa acción colectiva artística que desde la dictadura vuelve a repetirse cada 24 de Marzo. Desde la lata de galletitas del almacén de barrio, a la jerga o hasta la lucha popular por los derechos humanos, la serie captura a la perfección nuestra cultura e idiosincrasia.
Los mitos del inca siguen vigentes
Pero ninguna representación de una cultura está completa sin sus mitos y leyendas. Electro Andes incorpora la mitología andina para enriquecer la trama, combinando tropos de animés clásicos con ese toque de realismo mágico tan típico de la ficción latinoamericana.
De esta manera, seres sagrados como los Apus son parte del día a día de Cal y Pietro, criaturas gigantescas cuyas pueden convertirse un peligro mortal cada vez que los chicos van al pueblo. Representado en este caso como un ñandú de las dimensiones de Godzilla, las leyendas hablaban de los Apus como espíritus protectores de las montañas.

Pero aún más importante para la trama es el mito de la Salamanca, una cueva en donde quien se atreva a entrar puede hacer un pacto con el Supay. Esta entidad demoniaca se supone que entrega talentos y fortuna a cambio el alma de quien se atreva a hacer un trato con él. En la serie, el extractivismo no solo consume al mismo pueblo, despierta además a un mal antiguo.
De argentina para el mundo
Con una primera temporada que constará de ocho episodios, el resto de la serie se encuentra aún en producción. Tan solo con ver unos minutos, la enorme calidad del trabajo de Bellolandia queda en evidencia, con una calidad que impresionó a más que el público local. Porque más allá de contar una historia fuertemente arraigada en nuestro territorio, tiene componentes universales que hacen que ese maridaje con la estética de la animación oriental funcione a la perfección.

El capítulo piloto de Electro Andes le hace honor al país que produjo el primer largometraje animado de la historia. Si bien es cierto que desde la pérdida de García Ferré la industria de la animación argentina pasó por una transformación, está muy lejos de haber desaparecido. Esas generaciones que crecieron mirando Magic Kids o Locomotion hoy día tienen más y más herramientas para demostrar el enorme potencial del talento argentino.
Electro Andes es ejemplo de esto. Desde su preciosismo visual, su concepto o la música, cada componente funciona a la perfección, mientras retratan nuestra identidad cultural con gran originalidad. Más allá del esfuerzo que supuso encontrar financiación, en lo artístico nada tiene que envidiarle a producciones salidas de algún prestigioso estudio japonés.
Pero lo sentimos mucho por el país nipón, ya que esta es otra coronación de gloria.
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