El mundo se está poniendo raro en lo que va de siglo XXI y la industria de Hollywood echa mano a la vasta obra de Stephen King para retratar ese estado de confusión y alienación. The Long Walk, Welcome to Derry, por mencionar solo las más recientes, vienen a mano a la hora de pavimentar el irrevocable camino a la distopía en el que el mundo parece haberse embarcado. Novelas escritas hace 30, 40 años, pero que resuenan hoy con una espeluznante vitalidad.
Y así llegamos a The Running Man.
Un libro publicado por King en 1982 bajo el seudónimo de Richard Bachman, en el que imaginaba una sociedad hipervigilada y dominada por la cultura de los reality shows y la virtualidad de los videojuegos, con la acción situada en ¡2025! Un King, aquel, más cercano a la paranoia de Philip K. Dick que al del mote de ‘maestro del terror’.

El de la novela es un planteo que entonces le vino como anillo al dedo al ecosistema de Hollywood, enfrentado en su gran mayoría a la administración de Donald Trump. Y asediado en su fase creativa por el auge de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial, una amenaza que esta adaptación se encarga de reflejar de manera explícita.
La tarea le fue encomendada a un gentleman inglés como Edgar Wright. De estilo irreverente y dueño de un extraño sentido del humor entre fino y callejero, ya desde Shaun of the Dead (2004) supo cosechar en el mundo una buena legión de seguidores cinéfilos.
Para abordar The Running Man, la primera decisión que tomó el director fue dejar de lado la versión cinematográfica de 1987 protagonizada por Arnold Schwarzenegger, que era una adaptación más libre, y apegarse al material original.

Pero en los pasajes donde el libro es seco, la película agrega majestuosidad a las escenas de acción. Donde hay diálogos parcos, el guion de Wright y Michael Bacall añade toques de humor. Y cuando las resoluciones de la historia de base parecen imposibles, el film se permite la esperanza.
Todo esto narrado con el buen gusto de Edgar Wright por el ritmo y su maestría en la confluencia de imagen y sonido: como en toda entrega del director, la música es la responsable de llevar el pulso de la narración. El resultado es una adaptación más espectacular, más exagerada, más estética y, tratándose de Edgar Wright, más rítmica. Como si fuera la película ideal para ver antes de ir a una fiesta (¡o durante!).
¿Make America Great Again?
El film funciona además como caja de resonancia de la temperatura política de Estados Unidos y gran parte de Occidente. Se cumple toda la fórmula: adapta a un autor como King que es ferviente opositor a Trump; llama a la rebelión doméstica contra los gobiernos autoritarios y pone en nuestra cara el asedio al que somos sometidos. Incluso por nosotros mismos, con el registro permanente que hacemos de todo las 24 horas. ¡Paremos de filmarnos!

También está presente, en lo que representa una innovación respecto del libro, la acechanza de la inteligencia artificial, hoy capaz de alterar la realidad cotidiana y modificar el curso de los acontecimientos. Pero donde Mission Impossible: The Final Reckoning (2025) utiliza la IA como villano global y antagonista del nuevo orden mundial, The Running Man (2025) la usa, en una escala más chica, como excusa para tomar las calles.
Así, la presencia de la inteligencia artificial en la acción es una pieza que fue añadida por Wright al rompecabezas de esta versión, pero que resulta orgánica a la luz del paisaje que presenta.
¿Somos lo que somos o somos lo que vemos? En ese punto el film traza un puente entre la lejanía de la novela, donde muchos de estos artefactos no existían, y las dudas filosóficas del presente. El enfoque de Edgar Wright es más cercano en ese aspecto a otras películas distópicas del nuevo siglo, como Minority Report (2002) o Ready Player One (2018). Ambas de Steven Spielberg, y en las que las corporaciones alteran el curso de nuestra existencia y marginan a una gran parte de la población.
El director inglés, que viene del fracaso comercial de Last Night in Soho (2021) y de la frustración por no haber podido dirigir Ant-Man (2018) por diferencias creativas con Marvel Studios, tomó la novela corta de King –que ya es una rareza dentro del estilo del autor–, le aplicó anabólicos, algo de rock, secuencias trepidantes de escala épica, sumó al actor protagonista de moda (Glen Powell) y prendió fuego las calles. La revolución no será televisada.








0 comentarios