Probablemente uno de los pocos aciertos de la fallida trilogía de Jurassic World fue aquel brillante momento de autoconciencia en donde la primera película proclamó que la audiencia, tanto dentro de los parques como en la butaca, ya no se asombra ante la posibilidad de ver a estos gigantes reptiles del pasado nuevamente con vida. Evidentemente, ni un CGI más obtuso ni bestias mutantes eran la respuesta ante esta supuesta indiferencia. Porque, como El final de la calle Oak (2026) demuestra, regresando a las bases del cine de supervivencia el público puede volver a enamorarse del cine de dinosaurios.
Lo primero es la familia
Pocas situaciones deberían ser tan surrealistas como un día despertar para encontrar que todo el barrio se transportó al medio de una jungla mesozoica. Pero eso es exactamente lo que le sucede a la familia Platt, quienes una mañana de 1982 se desayunaron que estegosaurios y velocirraptores se convirtieron en sus nuevos vecinos.

Es así como Denise (Anne Hathaway) y Greg (Ewan McGregor) comienzan a fortificar la casa junto a sus hijos Audrey (Maisy Stella) y Brian (Christian Convery), mientras el hiperactivo perro de la familia escapa una vez más y sube nuestra presión arterial.
Ya sea al preocuparnos por el paradero de la mascota o la construcción de una familia que no es tan perfecta como parece, David Robert Mitchell (It Follows), hace uso de las reglas básicas del horror para que conectemos con los Platt. Nos presenta personajes creíbles, con afectos genuinos, secretos bajo la alfombra y hasta un humor escatológico que los hace tan extrañamente carismáticos como cercanos. Ni Hathaway ni McGregor son héroes de acción bajo un disfraz de pareja suburbana. Son padres reales, tan aterrados como decididos a ir hasta las últimas consecuencias para proteger a sus hijos.

Un viaje en el tiempo
Por más que sean ineludibles las comparaciones con la saga de películas de dinosaurios más famosa del cine, El final de la calle Oak deja más un gusto a varios de los otros éxitos de Amblin. Esos suburbios no son tan lejanos a aquellos en donde vivía la familia de Elliott al encontrarse con E.T., ni al de la familia que adoptaba un Mogwai, o las calles que dejaban una estela de fuego cuando Marty McFly viajaba al pasado en el DeLorean. Si de marcar su cercanía con Spielberg se trata, el alma de la película se siente conectada más profundamente a un episodio de Cuentos Asombrosos o a un segmento de su versión cinematográfica de la Dimensión Desconocida.
Este viaje al pasado no es ninguna novedad en ningún sentido, ya que el gusto por recuperar el espíritu y la estética de los ochentas es algo que Stranger Things (2016-2015) popularizó esta última década. Pero en este caso, la famosa serie de Netflix no necesariamente marcó el rumbo. Al fin y al cabo, J.J. Abrams (Lost), co productor de El final de la calle Oak, ya nos había invitado a vivir una aventura con preadolescentes explorando la magia del cine casero ochentero con Super 8 (2011).

De niño vi muchas películas de Ray Harryhausen, toda esa animación en stop-motion, como El valle de Gwangi: vaqueros que descubren un alosauro. Así que me enamoré de la idea de hacerlo, pero no sabía cuál sería mi versión de una película de dinosaurios. Entonces, hace unos años, iba caminando por mi vecindario, un paseo cualquiera, y pasé junto a una casa muy interesante y un callejón. Y me imaginé que había un dinosaurio ahí, hurgando en la basura. Sencillamente, pude verlo (imaginarlo), y me detuve y observé esa estampa tan interesante de algo fantástico en un lugar de lo más común, en un barrio de clase media. Y pensé: quiero escribir algo que se sienta así. Quiero hacer una película que se sienta como esta imagen que tengo en la mente.
-David Robert Mitchell
Hincándole el diente al terror
Aunque el CGI no es especialmente destacable, el ingenioso uso de sus recursos pareciera tener algo también heredado del elusivo tiburón de Spielberg, pero ahí Mitchell muestra su currículum para resaltar que su película tiene identidad propia. Al fin y al cabo, ya había demostrado su maestría a la hora de hacer lo inexplicable irrumpir terroríficamente en lo cotidiano, haciendo de eso que se encuentra fuera de nuestra percepción una amenaza invisible al acecho.

Es así como la insinuación combinada con una impecable edición de sonido hacen que la magia funcione. Una memorable secuencia nos muestra a Ewan McGregor huyendo mientras del otro lado de una cerca adornos de jardín vuelan, marcando la cercanía de una criatura con sed de sangre. Siluetas, gritos en la distancia y una cola por aquí o por allá son suficientes para hacer crecer una anticipación que finalmente es recompensada cuando los dinosaurios hacen acto de presencia en todo su esplendor.
Mitchell recupera algo más de aquel cine de hace cuarenta años: el horror también puede ser parte de una aventura familiar. Con un gran manejo del suspenso como base, el uso del gore está más que medido. Porque si bien los cadáveres se acumulan en las calles, no necesariamente la llegan de sangre. Eso sí, llegado el momento justo el director no tiene miedo de dar un golpe sorpresivamente contundente.

Dinos con plumas y sin miedo a morder
El final de la calle Oak se atreve a ir a los lugares en donde el cine de dinosaurios de los últimos años no se animó a llegar, tomando incluso ideas de guión abandonadas como aquel de insertar a estos animales prehistóricos en convivencia con lo urbano. A través del guión y bajo la dirección de Mitchell, estas criaturas ya no son dóciles ni domesticables, sino que recuperan el enfoque del cine puramente de supervivencia frente a depredadores completamente fuera de nuestro control. Si, con todo lo que su naturaleza animal conlleva. Incluso lo que National Geographic no censuraría.
Probablemente sea para muchos una de las experiencias cinematográficas más entretenidas del año, de aquellas por las cuales vale la pena ocupar una butaca de cine. Llena de acción, suspenso, una buena dosis de humor y giros dramáticos tan logrados como crudos, El final de la calle Oak es una aventura fantasiosa que no tiene vergüenza de usar la idea más absurda dándole la suficiente lógica para hacer que cada uno de sus engranajes funcionen. No necesita de dinosaurios más grandes y más espectaculares para atrapar a su audiencia. Por el contrario, nos recuerda que el verdadero asombro que nos produce la fantasía esta siempre atado a la experiencia humana y a la conexión que creamos con los personajes.
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