La clave para la renovación del género de horror en la gran pantalla parece encontrarse en una más pequeña: la de YouTube. Al momento en que escribo esta nota, dos películas coinciden en la cartelera de nuestro país: Obsession (2025), de Curry Barker y Backrooms (2026), de Kane Parsons. Ninguno de los dos llega a los 30 años, y ambos dieron sus primeros pasos audiovisuales en YouTube.
Barker eligió un formato de sketch que marida terror y humor en That’s a Bad Idea, el canal de YouTube que comparte con su colega Cooper Tomlinson. Parsons, bajo el pseudónimo Kane Pixels, optó por otra ruta: la del found footage, los espacios liminales y las creepypastas, con un toque vintage anclado en la década de los noventa.
Recuerdos que mienten un poco
La premisa de los episodios web de Backrooms es tan simple como inagotable: un personaje filma con una cámara de videotape en un espacio de paredes amarillentas, con suaves luces de techo que generan un ambiente tan sosegado como siniestro. A medida que recorremos el espacio de la mano de ese registro en primera persona, descubrimos que es inmenso: un pasillo se bifurca en otros pasillos, una puerta abre nuevos recodos.

Gradualmente, aparecen elementos extraños: mobiliario, objetos diversos, incluso animales. Cuanto más adentro nos metemos, más difícil es recordar por dónde se llegó. Una sensación sobreviene: la de estar atrapados en ese espacio infinito con entes peligrosos, que podrían hacer del regreso al mundo cotidiano algo imposible. La brevedad y concisión del creepypasta -esos microrrelatos, muchas veces anónimos, que circulan por internet y alimentan el misterio, la sugestión y el pavor- eran, para los cortometrajes de Backrooms, los mejores aliados.
Una vez que la popularidad del concepto atrajo interés en Hollywood (siempre ávido de fagocitar nuevos talentos dentro de su maquinaria) y el potencial cinematográfico del concepto se volvió una realidad, esas mismas virtudes se convirtieron en el gran obstáculo a sortear. ¿Cómo sostener un largometraje partiendo de estos relatos breves en primera persona, que se beneficiaban del fuera de campo y la nula necesidad de ampliar su mundo narrativo?

Parsons y el guionista Will Soodik (debutante en el largometraje pero de sólida trayectoria como escritor en Homeland, Westworld y Ash vs. Evil Dead) toman el camino difícil: construir un relato con personajes desarrollados, narrativa clásica y una profundización del concepto del espacio liminal que le da hondura psicológica y, con ello, una dimensión todavía más aterradora.
Un elenco privilegiado
El protagonista es Clark (Chiwetel Ejiofor), el dueño de un inmenso local de muebles (una suerte de IKEA de los ’90) que padece la falta de clientes y continúa rumiando una separación que se intuye violenta -por lo poco que le cuenta a Mary (Renate Reinsve), una terapeuta que lo aborda con cierta indulgencia y frivolidad.

Clark es un adicto al trabajo y pasa las noches en una de las camas del local, prendido a la TV (donde Parsons hace gala de su talento para reproducir el espíritu más camp de las publicidades de la época). Una noche de insomnio, Clark descubre una puerta secreta en el subsuelo del local: del otro lado, el espacio infinito de paredes amarillas que ya conocemos… o creemos conocer.
La juventud de Parsons no le impide nada y todo lo que lo rodea parece conspirar en su favor. El elenco es de primer nivel: Chiwetel Ejiofor imbuye a Clark imprevisibilidad y nerviosismo, un protagonista incómodo que es un riesgo tanto para sí mismo como para los demás. Renate Reinsve se saca la espina de Weapons (2025) -en la que conflictos de agenda llevaron a reemplazarla por Julia Garner– y se convierte sin esfuerzo en una heroína de terror.

Al principio, llama la atención verla relegada a lo que parece en un rol secundario, pero a quienes hayan disfrutado sus aventuras cinematográficas con Joachim Trier les digo: esperen y verán. Poco a poco, Mary se convertirá de terapeuta floja de papeles al único resquicio de cordura.
Una nueva y joven voz para el horror
Volviendo a su joven -jovencísimo- director, no tardaron en hacerse oír las lenguas bífidas a medida que el estreno se acercaba: que en realidad la había dirigido James Wan, que la había dirigido Osgood Perkins, que el nombre de Parsons había sido un elemento de venta pero que el creador no había tomado decisiones reales sobre su ópera prima.
No podemos saberlo pero, quizás ingenuamente, opto por creer que estamos asistiendo al debut de una nueva voz en el género de horror. Su estilo resulta, desde el vamos, muy distintivo: ritmo pausado, cámara estable que se desplaza con travellings parsimoniosos, cierto estatismo en las actuaciones.

Todo configura una atmósfera extraña, una especie de serenidad impostada que sintoniza con la sensación que proyectan esos espacios liminales. Si nos ponemos maliciosos, la voz de Parsons parece tomar más nota del espíritu arthouse de Osgood Perkins que de la bombástica de James Wan.
Lo que sí parece tomar del maestro del horror de origen malayo es la redondez del cuento, que no deja cabos sueltos. Pecando de obvia pero jamás de contundente, Backrooms convierte a ese espacio interminable en una metáfora de la conflictuada mente del protagonista, en la cual los recuerdos se distorsionan bajo un manto de autoindulgencia.
Parsons también toma de Wan el talento para el world building: sin adelantar demasiado, diré que es probable que esta no sea la última vez que veamos a los backrooms en pantalla grande. La intención parece ser expandir su mitología, tan pletórica de imágenes como la mente misma. ¿Cuántas mentiras podemos decirnos para convivir con nuestra conciencia? La cabeza puede ser un laberinto, uno del cual sólo se puede escapar si nos miramos al único espejo que no distorsiona: el de la cámara.
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