El 29 de febrero de 1940, apenas doce años después de la creación de los premios de la Academia, una mujer afroamericana se subía por primera vez al escenario de los Oscar para agradecer su galardón a Mejor Actriz de Reparto por el histórico papel de Mammy en Gone with the Wind (1939). A pesar de su histórico triunfo, Hattie McDaniel tuvo que sentarse en una mesa separada de sus compañeros de reparto y solo pudo hacerlo gracias a un favor especial que le concedieron a su agente para dejarla ingresar en el fondo de la sala.

Así que no, la noche del domingo pasado no fue la peor en la historia de los Oscar y los premios recorrieron un largo camino de evolución junto a la sociedad en sus 97 ediciones. Pero, sin dudas, se trató de la peor entrega que presenciamos en vivo desde que tenemos memoria, y una que marcará un antes y un después en la historia de la Academia. No tanto por la calidad de las películas ganadoras, eterno motivo de debate entre cinéfilos y aficionados, sino por cuestiones puramente organizativas e idiosincráticas que revelaron la obsolescencia del modelo al que la ceremonia se sigue plegando año tras año.

Camino al Oscar 2022: Los cortos animados y documentales nominados

Con un año entero para aprender y planificar cómo adaptarse a las nuevas circunstancias, la edición de 2021 fue muy criticada por sus desprolijidades, sin poner en tela de juicio la calidad de las nominadas, en un año muy difícil para la industria del cine. Por dar un ejemplo que refleja la desinteligencia en la organización, a Sir Anthony Hopkins -una eminencia de la industria y ganador del Oscar a Mejor Actor ese año por su interpretación en The Father (2020)- no le permitieron conectarse a la ceremonia remotamente desde su residencia. Con más de 80 años y su salud en riesgo por la exposición al COVID-19, su única alternativa era trasladarse hasta el punto de reunión en Londres, invitación que el actor declinó.

Como si fuera poco, en lugar de cerrar -como todos los años- con el premio a Mejor Película, la organización decidió clausurar la ceremonia con la entrega de esa categoría sin ganador presente, dando lugar a un cierre anticlimático y restando importancia al histórico triunfo de Nomadland (2020). Amén de todo esto, y de los momentos sumamente incómodos que se vivieron durante la ceremonia, las críticas fueron indulgentes en consideración por la situación que atravesaba el mundo. Pero ya se empezaban a ver los manotazos de ahogado de la cadena por levantar una transmisión que enfrentó la peor medición de rating de toda su historia y que seguía tomando decisiones por lo menos polémicas.

Decisiones contraproducentes

Este año se anunció la reformulación de varias propuestas controversiales con las que la Academia tuvo que dar marcha atrás en años anteriores. Por un lado, la entrega de una “mención” (la cualidad del premio nunca quedó del todo clara) a la película elegida del público y otra al momento más celebrado en un cine, con claras intenciones de entregar estas distinciones a tanques populares como Spider-Man: No Way Home (2021) y levantar el rating de la transmisión, apelando a las nuevas audiencias. Un público que, claramente, no mira los Oscar por televisión, sino que se entera de lo ocurrido en la ceremonia a través de redes sociales y -a lo sumo- prende un stream en vivo para disfrutarlos en comunidad. Ambos premios, en última instancia, fueron a parar a Army of the Dead (2020) y Justice League (2020), del director Zack Snyder, votado online por sus seguidores.

La otra decisión bochornosa que la Academia tomó este año, presuntamente presionada por la cadena que transmite los Oscar, fue la de sacar categorías inherentes al arte de hacer cine de su transmisión en vivo, como diseño de producción, montaje y banda sonora. Hans Zimmer, el legendario compositor de la música de películas como The Lion King (1994) -por la que ganó su anterior Oscar-, Interstellar (2014) y Gladiator (2000), fue premiado por Dune (2021) después de casi 30 años de nominaciones. El artista se despertó con la noticia y un Oscar de cotillón que le acercó su hija al lobby de su hotel en Amsterdam -donde se encuentra de gira-, posteando fotos para demostrar el buen humor con el que Zimmer se tomó este desaire de la Academia.

El ninguneo a las categorías más importantes de la noche no siguió ahí, ya que la organización convocó a tres actrices que interpretaron a princesas de Disney en sus versiones live action para presentar el premio a Mejor Película Animada, en la que el estudio tenía 3 de 5 nominadas. Como si fuera poco, el guion del discurso hizo hincapié en el carácter infantil de la animación, dejando de lado el hecho que una de las nominadas era Flee, un documental sobre un refugiado afgano perteneciente a la comunidad LGBTIQ+, que trata temas tan adultos como relevantes para el momento que vive el mundo. Con todo esto, por nombrar solo algunos ejemplos, quedó demostrado que lo menos importante en esta ceremonia era celebrar los logros de los artistas y conectar con la actualidad, blanqueando el objetivo principal de la transmisión: montar un buen show.

Pero, en una movida que parece contradecir todo lo anterior, anunciaron tres comediantes como anfitrionas, retomando una tradición que ya había dejado de funcionar con la audiencia hace un par de años atrás. Ya en la ceremonia de este año, quedó demostrado una vez más que el humor apolillado y los sketch rancios guionados por la Academia no solo no eran eficientes, sino que dieron lugar a muchas situaciones incómodas entre presentadores e invitados, transmitiendo esa sensación al público de todo el mundo. Durante las horas posteriores a la entrega se habló muchísimo del chiste de “seat filler” (extras que rellenan los asientos cuando las estrellas se levantan) que Amy Schumer le hizo a Kirsten Dunst, con la complicidad de su esposo Jesse Plemons. Chiste que no solo cayó en un momento desafortunado, sino que además estuvo mal planteado desde la base y fue imposible de remontar.

Un antes y un después

Los ánimos ya estaban caldeados, tanto dentro de la ceremonia como del otro lado de la pantalla, después del momento más imprevisible e incómodo en la historia moderna de los Oscar. En calidad de presentador a la categoría de Mejor Documental, el comediante Chris Rock subió al escenario, y dio uno de esos típicos monólogos donde el presentador en cuestión se burla de los invitados. Una broma muy desafortunada sobre la pérdida de cabello de Jada Pinkett Smith (comparándola con G.I. Jane, para disgusto de la actriz y esposa de Will Smith) dio lugar a una escena de violencia inusitada sobre el escenario del Dolby Theatre.

Después de reírse brevemente del chiste (en el espíritu de ese código cruel que aceptan las estrellas hollywoodenses para ridiculizarse frente al mundo una vez al año), Will Smith -nominado a Mejor Actor por su interpretación en King Richard– subió por la pasarela hasta el escenario y golpeó en la cara al presentador. Chris Rock se mantuvo estoico en su posición, lo cual hizo creer a todos que se trataba de otro gag ensayado de mal gusto. Pero, acto seguido, el actor nominado gritó desde su asiento “Keep my wife’s name out of your fucking mouth!” (Mantén el nombre de mi esposa fuera de tu maldita boca) en un volumen lo suficientemente alto como para que escuchara todo el auditorio.

Con unos segundos de delay que la cadena se reserva para editar momentos “inapropiados” en vivo, nadie llegó a tiempo a reaccionar y cortar la trompada ni la segunda amenaza de Will Smith. En la versión cruda se pudo ver claramente que, luego de propinarle una violenta cachetada a Chris Rock, el actor vuelve tranquilamente a su lugar y pega el grito desde abajo. El presentador, claramente desconcertado, le responde “Fue un chiste de G.I. Jane” y la amenaza vuelve a repetirse. A lo cual, Chris Rock reacciona diciendo “Lo haré” y descomprime la tensión con un chiste del que todos se ríen, antes de presentar la categoría.

Durante el corte comercial, y ante el desconcierto general, circularon videos de otros artistas -entre ellos, Denzel Washington, nominado a Mejor Actor por su trabajo en The Tragedy of Macbeth– consolando a Will Smith, que seguía en primera fila junto a sus colegas y que apenas minutos después subiría a recibir el Oscar por su interpretación en King Richard (2021). Entre lágrimas, el actor dio un discurso sobre el amor, el trabajo y la familia, recibiendo la ovación del público por su premio y sin consecuencias a la vista por agredir físicamente a un colega en el escenario. Al día siguiente, Will Smith (o su agente) emitió una disculpa pública hacia Chris Rock, después de que este declaró que no lo demandaría.

Eso fue, en resumidas cuentas, lo que marcó una noche de premios que debió haber sido una fiesta, opacando el momento de ganadores históricos como Troy Kotsur (primer actor sordo en recibir la distinción a Mejor Actor) o Jane Campion (primera mujer en ganar dos veces el premio de la Academia como Mejor Directora) y corriendo el foco de lo realmente importante. Eso fue, también, lo que tuvo a todo el mundo debatiendo durante dos días sobre quién tenía razón, cuando quizás lo que deberíamos estar debatiendo es sobre el modelo rancio y obsoleto de los Oscar, la vigencia de estos premios y su relevancia en una sociedad que maneja códigos muy distintos a los de hace cien años.

Ayudanos a seguir creciendo

Si te gusta lo que hacemos, podés colaborar con un aporte único o suscripción mensual.

cafecito