Sobrevivir

«El Agente Secreto» de Kleber Mendonça Filho: la memoria histórica de Brasil

Representando a Brasil en los Oscars, “O Agente Secreto” transforma el miedo político en una experiencia incómodamente familiar.

por | Feb 25, 2026

En los últimos años, buena parte del cine brasileño ha decidido mirar hacia el complicado período de autoritarismo político que sufrió el país en dos décadas y hacerlo desde la óptica privilegiada del cine. Por lo que la dictadura militar reaparece como un trauma que no cicatrizó del todo, un ruido de fondo que todavía contamina las conversaciones. O Agente Secreto (2025), escrita y dirigida por Kleber Mendonça Filho, elige para hacerlo un camino ambiguo. 

El de reflexionar a través de la percepción del bien y del mal, acerca del miedo al futuro y la memoria histórica. La película, ambientada en 1977, construye un relato que evita la clase magistral. De modo que no hay afán pedagógico ni cronología solemne. Lo que sí hay, en cambio, es una mirada puesta en quienes aprendieron a vivir con el terror como parte del día a día.

Para eso, el director usa una puesta en escena hipnótica, a ratos cercana a lo onírico, donde cada plano parece esconder algo fuera de campo. No se trata de embellecer el horror ni tampoco romantizarlo. Antes que eso, la decisión estética muestra cómo la política extrema se filtra en lo cotidiano hasta deformarlo. Mendonça Filho observa esa época como un ecosistema extraño, lleno de reglas implícitas, silencios estratégicos y gestos que pesan más que los discursos. El resultado es un cine que incomoda sin que la razón sea obvia o inmediatamente evidente. 

Ritmo torcido y sátira como bisturí

Con O Agente Secreto, Kleber Mendonça Filho retrata cómo es la convivencia con los horrores de la dictadura militar.

Se trata de un equilibrio precario, que Mendonça Filho al lograr mezclar espionaje, comedia negra y drama político con una naturalidad insolente, como si supiera que el absurdo explica mejor el autoritarismo que cualquier consigna. La sátira aparece sin subrayados, incrustada en situaciones donde lo ridículo y lo siniestro conviven sin pedir disculpas.

Ese tono exige atención constante. Cada diálogo parece diseñado para decir menos de lo que aparenta. La película confía en un espectador activo, dispuesto a completar los huecos de información y a comprender lo que aparece en el subtexto. En ese juego, el humor surge como una válvula de escape, breve y afilado, nunca tranquilizador. Reír aquí implica reconocer la deformidad del sistema.

El Brasil que se muestra no es un decorado histórico, sino un espacio mental. La paranoia se respira en todas partes y el guión logra incorporarla de manera ingeniosa. Nada es lo que parece en esta fábula inquietante acerca del miedo y la política como elemento disgregador. Esa normalización del exceso es uno de los hallazgos del filme. Mendonça Filho retrata un país donde lo extraño dejó de ser noticia y pasó a ser costumbre.

Marcelo, el arte de parecer invisible

Wagner Moura junto a Kleber Mendonça Filho.

En el centro de todo lo anterior, se encuentra Marcelo (Wagner Moura), un hombre que intenta desaparecer sin lograrlo. Alto, barbudo, con una presencia que atrae miradas aunque su intención sea lo contrario, llega a Recife conduciendo un Volkswagen amarillo imposible de ignorar. El coche parece una broma cruel: un objeto chillón en un mundo donde llamar la atención resulta peligroso.

Marcelo no explica demasiado. Tampoco se le exige. Sus conversaciones avanzan a medias, bordeando el mutismo. Cada frase parece calculada, como si el aire pudiera delatarlo. El personaje se mueve con la cautela de quien sabe que cualquier paso en falso deja marcas. Moura construye a Marcelo desde la contención, desde una tensión interna que rara vez se libera del todo.

El filme lo acompaña como si caminara sobre un suelo frágil. Nada es seguro. Todo puede significar otra cosa. Esa sensación constante de amenaza transforma acciones simples en pruebas de resistencia. Marcelo no es un héroe clásico. Es un sobreviviente profesional, alguien entrenado para leer señales mínimas y reaccionar sin dramatismo.

Violencia doméstica, miedo de uso diario

El elenco de O Agente Secreto.

En O Agente Secreto, la violencia no es un elemento ajeno, sino que forma parte de una idea más elaborada sobre un país aterrorizado. Mendonça Filho la muestra sin énfasis, integrada al paisaje. Matar no provoca escándalo. Forma parte del turno laboral de ciertos personajes, tan rutinario como fichar la entrada.

Esa mirada deshumanizadora resulta perturbadora. Los asesinatos políticos y los delitos comunes se confunden hasta volverse intercambiables. El país aparece retratado como un lugar que aprendió a convivir con la corrupción y la brutalidad. Un rehén a gran escala que debe encontrar el camino hacia salvar su propia identidad. La manera en que el director dialoga con la idea de la brutalidad policiaca y política, contrasta con la forma en que plantea sus consecuencias. Por lo que mucho del impacto de la película es profundizar en el horror de la violencia, sin que por necesidad sea la línea central de su discurso narrativo. 

Marcelo transita ese entorno con la incomodidad de un extranjero que intenta pasar por local. Su reacción ante la violencia es mínima, casi profesional. No porque carezca de conciencia, sino porque cualquier exceso emocional podría delatarlo. El miedo se administra. Se dosifica. Se guarda.

Wagner Moura como Marcelo.

Vínculos rotos y figuras en penumbra

Al llegar a Recife, Marcelo carga algo más que secretos políticos. Su hijo Fernando (Enzio Nunes) vive con los abuelos maternos, y esa distancia atraviesa cada encuentro entre ambos. Los diálogos son breves, incómodos, cargados de lo que no se dice. La película sugiere que el precio de sobrevivir es mucho más alto de lo que puede suponerse

El entorno de Marcelo se puebla de personajes que parecen salidos de la misma herida histórica. Doña Sebastiana (Tânia Maria), su contacto local, habla poco y observa mucho, siempre envuelta en humo de cigarrillo y sospecha. Su presencia impone respeto sin necesidad de amenazas.

La galería se amplía con Agusto (Roney Villela), un sicario envejecido, y Bobbi (Gabriel Leone), su joven acompañante, más entusiasta que prudente. Su vínculo tiene algo de relación paternal mal disimulada. Más tarde aparece Vilmar (Kaiony Venâncio), un criminal marcado por el cansancio y la urgencia económica. Podría habitar un western sofocante. Aquí encarna la lógica de un sistema que usa y descarta.

El impacto persistente de la violencia

El silencio de Marcelo (Wagner Moura) ante la violencia es un mecanismo de supervivencia en O Agente Secreto.

En su tramo final, O Agente Secreto se hace más elusiva. La película se concentra en temas menos evidentes: la fragilidad de la verdad, la orfandad como estado permanente, la resistencia íntima que sobrevive incluso en cuerpos exhaustos. El ritmo se mantiene contenido, cargado de tensión subterránea.

Wagner Moura ofrece un trabajo preciso, lleno de quiebres mínimos que emergen cuando Marcelo ya no puede ocultarlos. Cada gesto parece un duelo silencioso entre lo que aún puede salvarse y lo que quedó atrás. Mendonça Filho filma esos momentos con una sensibilidad notable, permitiendo que la violencia y la ternura compartan plano sin anularse.

La película no entrega respuestas cómodas. Invita a sumergirse en su atmósfera densa y aceptar sus reglas. Al terminar, queda una sensación persistente, incómoda, como una sombra que se instala sin pedir permiso. Una obra singular, arriesgada, que entiende la supervivencia no como hazaña, sino como un acto apenas suficiente.

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