Para todos a quienes Broadway nos queda muy lejos tanto en kilómetros como en dólares, el cine musical nos dio la posibilidad de acceder a historias, actuaciones y canciones a las que no podríamos llegar ni en nuestros sueños más pudientes.
Las mejores adaptaciones de Broadway son aquellas que logran llevar la historia de la obra original a un gran público utilizando las propiedades del cine a su favor. Son primero grandes películas, y la obra original queda en un segundo lugar, dado que mucha gente solo va a conocer la historia a través de la película. A continuación, vamos a hacer un repaso por esas películas que son tan o más influyentes que las obras en las que se inspiran. Y va a ser a la vez un repaso por la historia de la adaptación de Broadway en el cine, una relación que se forjó desde los inicios de Hollywood. Empecemos:
The Music Man (1962)

Cómo olvidarse de cuándo un estafador intentó venderle la implementación de un monorriel a la incauta ciudad de Springfield. Ah, no, cierto, no estamos hablando del episodio de Los Simpson (1989) Marge contra el Monorriel, sino del musical al que parodia. La obra de 1957 de Meredith Wilson acerca de un estafador que viaja de pueblo en pueblo vendiendo instrumentos musicales y armando grupos sin saber absolutamente nada de música, llegó al cine en 1962 de la mano de Morton DaCosta, quien ya había dirigido el musical en el teatro.
La película se ganó un Oscar y sus canciones, sobre todo la del épico desfile del final, quedaron en la cultura popular debido a lo explosivo de la performance y la calidad de las interpretaciones. Verla hoy en día da una sensación similar a la que deja Singin’ in the Rain (1952): alegría y goce sin fin propio de una época en la que parecía que los problemas se podían solucionar con una buena dosis de canto y baile.
The Sound of music (1965)

Para 1966, la adaptación del musical del mismo nombre se había transformado en la película con más audiencia de todos los tiempos. La historia es sobre una joven austriaca aspirante a monja durante los años previos a la segunda guerra mundial. En 1938 es enviada a ser la institutriz de los siete hijos de un oficial naval retirado, a quienes le cambia la vida utilizando el poder de la música, mientras intenta sobrevivir a los nazis.
La historia fue el germen del plot de numerosas historias tanto en cine como en televisión (entre las que quizá la más famosa sea La Niñera) y le dio una nueva vida al cine musical en una época en la que ya había empezado a estancarse. Grandes canciones, una locación de ensueño y una complejidad en el desarrollo de los personajes que es difícil de lograr en el teatro consolidaron a esta película como uno de los grandes clásicos del cine de todos los tiempos.
Fiddler on the roof (1971)

De esas películas que son tan famosas que nadie conoce la fuente original, este ícono del cine musical cuenta la historia de Tevye (Chaim Topol), un lechero judío en la época de la Rusia zarista (a principios del siglo XX), intentando mantener su vida tradicional y la de sus hijas en un periodo anterior a la revolución rusa, en el que la vida de los judíos se estaba haciendo cada vez más difícil, forzando a muchas familias a la migración. La película de 1971 es en realidad una adaptación de un musical de Broadway de 1964 que tuvo récord de taquilla hasta la salida de Grease diez años más tarde. Los arreglos de las canciones y la música original estuvo a cargo de John Williams, y le dio el primer Oscar de su carrera.
La película inmortalizó las canciones y las escenas que luego serían parodiadas en innumerables series como Gilmore Girls (2002-2007), Family Guy (1999), y Community (2009-2014), entre otras. Y, en nuestras tierras, la canción Si yo fuera rico fue interpretada por Diego Peretti en una épica escena de Los Simuladores (2002-2004). Sí, Fergie también la versionó, y bastante bien, pero nos quedamos con la versión local.
Jesus christ SuperStar (1973)

Del mismo director de El violinista en el tejado (Fiddler on the Roof) y de la época en la que las adaptaciones de musicales comenzaban a tener un realismo cinematográfico inusual hasta el momento, la adaptación de una de las óperas rock más importantes y célebres permite acceder a la historia y las canciones a todos aquellos que no han podido ver ninguna de las versiones que se han estrenado en Broadway y en otros países.
Concebido primero como un álbum conceptual, la obra maestra de Andrew Lloyd Webber es una adaptación de la pasión de Cristo, con canciones que tienen elementos de rock progresivo y exploran la psicología tanto de Jesús como de María Magdalena y sus discípulos, y un foco puesto en la traición de Judas. Tras el maquillaje de disrupción y hippismo setentoso, con anacronismos puestos a propósito, comentarios políticos y elementos disruptivos y polémicos, es una adaptación bastante fiel de los evangelios, incluyendo los fragmentos más problemáticos y antisemitas. La película de Norman Jewison es más que nada un documento de época que mantiene vivo el legado de una época de revolución juvenil y hippismo.
The Rocky Horror Picture Show (1975)

Las películas de terror y ciencia ficción desde los años treinta hasta los años sesenta en Hollywood (las mal llamadas “Clase B”) conformaron la educación sexual y emocional de toda una generación, especialmente para la comunidad LGBT, que podía descubrir un elemento queer en la exagerada hipersexualización de sus personajes, cosa que el cine mainstream más «tradicional” no permitía ver.
El musical británico-neozelandés Rocky Horror Show de Richard O’Brien era un sentido homenaje a eso, y aprovechaba todos los tropos de esas películas para crear una sátira sobre la heteronormatividad y el conservadurismo sexual, muy en sintonía con la revolución de la lucha por los derechos de las minorías que se estaba dando durante los años setenta. La música es una mezcla del rock and roll de los años cincuenta con momentos que están en la sintonía del glam rock de aquellos años con David Bowie, Brian Ferry o T-Rex.

La película, estrenada dos años después de la obra teatral, está dirigida por el mismo director de la obra, y tiene a Tim Curry repitiendo el rol que lo había hecho brillar en la versión original que estrenó en Londres: el emblemático papel del Doctor Frank-N-Furter, el maníaco travesti malvado de Transilvania. Brad (Barry Bostwick) y Janet (Susan Sarandon), una típica pareja heterosexual recién casada, tienen un problema con su auto y eso los lleva a pedir ayuda en la mansión del Doctor, lo que desenvuelve una serie de sucesos bizarros y extremadamente sexuales.
Ya que muchas de las referencias a películas que tienen más de ochenta años ya se han perdido salvo para fanáticos acérrimos, la película parece un desfile de locura y absurdo. Y en su mayor parte lo es, pero eso es lo que tiene de hermoso. Tanto la obra como la película incluían un aspecto altamente performativo que requería la participación total del público, gritándole al escenario o a la pantalla constantemente, tirando objetos a los actores o simplemente bailando en escena. La posibilidad de verla en la comodidad de tu casa quizá le quite todo el aspecto colectivo del asunto, pero asegura entender la historia y el subtexto con mucha más claridad.
Little shop of horrors (1986)

Dirigido por Frank Oz, discípulo de Jim Henson y el maestro detrás de las mejores películas de los Muppets. Acá utiliza sus dotes de titerería para armar la planta gigante que es la villana protagónica de esta historia. Está basada en un musical de off-off-Broadway (algo así como el under de Nueva York) que a su vez es una adaptación de la comedia de terror de Roger Corman. La historia es una sátira de la cultura de consumo, con grandes canciones en el estilo del rock and roll de los años cincuenta y sesenta, y vibes de la música soul, compuestas por Alan Menken y Horward Ashman, quienes en los años noventa nos deslumbraron haciendo las canciones de las películas del renacimiento de Disney.
El protagonista es Seymour, un fracasado chico nerd interpretado por Rick Moranis, que descubre que todos los problemas de su vida se resuelven cuando adquiere una planta carnívora que cayó del espacio exterior. Las actuaciones de Ellen Greene como Audrey, la amada de Seymour, y de Steve Martin como el sádico dentista, quedaron en los anales de la cultura pop.

El final de la película es mucho más agradable que el de la obra original, debido a que el público rechazó el verdadero final en las pruebas de audiencia. De todas maneras, la resolución original está grabada y se incluye en algunas versiones de DVD. Aunque no deja una sensación muy agradable, es recomendable mirar ese final (aunque sea en YouTube) para entender la idea central del musical original.
Tick Tick…Boom! (2021)

En 1990 Jonathan Larson,un compositor de musicales frustrado que había estado casi diez años tratando de pegarla en Broadway, compone Tick, Tick…Boom!, una obra semiautobiográfica unipersonal que tuvo una audiencia moderada en los teatros under de Nueva York. La obra, un monólogo interrumpido por canciones, refleja todas sus frustraciones y fracasos como artista cercano a los treinta años de edad.
Cinco años después Larson compondría y estrenaría la Rent, un musical que cambió Broadway en un momento en el que había un gran estancamiento creativo en la industria. El día anterior al estreno oficial de la obra en Broadway, Larson muere a causa de una rara enfermedad llamada síndrome de Marfan. Sin que su autor se enterara, Rent fue un éxito absoluto e incluso llegó a tener una adaptación cinematográfica a cargo de Chris Columbus en 2005.

Sin embargo, la adaptación de su segunda obra, a cargo del maestro del teatro musical Lin-Manuel Miranda, ahora en rol de director de cine, hace un mucho mejor trabajo en honrar la obra de uno de los dramaturgos y compositores más influyentes de su tiempo. Mezclando números musicales que estaban en la obra original con elementos de la propia vida de Larson y escenas que son invenciones exclusivas de la película, Tick Tick…Boom! es un relato estremecedor sobre la creatividad, la ambición, y la presión de la vida contemporánea.
El papel de Andrew Garfield interpretando a Larson y sus continuos intentos por lograr que su obra llegue a una mayor audiencia va a quedar grabado en la memoria colectiva tanto como las canciones de su obra más exitosa.

Pueden haber quedado algunas películas afuera, y se puede discutir durante horas si algunas de las otras adaptaciones más conocidas valen la pena de ser incluidas en esta lista. De lo que no quedan dudas es de que estas siete películas son capaces de acercarnos a mundos desconocidos en los que las palabras y las imágenes no son suficientes para comunicar emociones que solo la música nos puede transmitir.
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