Siempre la misma estación

Gilmore Girls: La historia sobre dos mujeres que cambió todos mis otoños

Una de las series más icónicas de los 2000 me llegó tarde, pero me marcó y ahora abrazo cada otoño al lado de las chicas más copadas de la televisión.

por | Mar 21, 2023

Baja la temperatura, comer un buen plato de guiso vuelve a ser una opción, y tomar café caliente ya no es un sacrificio. Empieza el otoño y las cosas parecen ser más lindas. No importa cuál sea tu estación del año preferida, el espíritu romántico y soñador que da el otoño no lo tiene ningún otro momento del año.

Puede que sea porque nos empezamos a abrigar pero no tanto, porque las paletas de colores en la calle pasan a los rojos y ocres, porque todo se siente acogedor, o capaz porque escuchar a Taylor Swift se siente muchísimo más apropiado. Las respuestas son muchas y lo cierto es que no importan, el otoño tiene todas esas, y ninguna serie supo capturarlo tan bien como Gilmore Girls (2000-2007). 

Amy Sherman-Palladino creó la serie definitiva de madres poco convencionales y sus hijas, una oda a los diálogos rápidos y creativos, basados en sarcasmo y con el timing de un gran comediante. Durante siete temporadas y 153 episodios, marcó una generación… pero no fue la mía.

Sabía de la existencia de la serie por el éter, pero cuando terminó, todavía estaba en la primaria, y debo admitir que mi incursión en series para adolescentes fue en la década de 2010 y con productos mucho más inapropiados, vistos a la distancia.

A Gilmore Girls llegué mucho más tarde y, si bien la empecé en otoño, ya estaba en una edad en la empatizaba más que Lorelai, el gran personaje de Lauren Graham; que con Rory, a quien con el tiempo empecé a considerar bastante insufrible (Es un fenómeno muy curioso cuando los personajes que más nos interpelan empiezan a ser los padres, pero ya no hay marcha atrás y esta es mi realidad). 

La primera visita

Era 2020, no había nada para hacer ese otoño, ni siquiera salir de la casa. Las opciones de streaming parecían ser cada vez más estrechas y el aburrimiento me consumía. Como todos los años a partir del 21 de marzo, Netflix se había puesto estacional y las primeras caras que veía cuando entraba eran la de Graham y Alexis Bledel. O capaz no, era idea mía porque, como ya era otoño, lo único que me cruzaba en Instagram eran frames de la serie y si el algoritmo lo decía, no tenía otra opción.

Le di play sin esperar mucho, convencida de que mi tiempo para esa historia ya había pasado y que solo iba a matar las horas eternas del encierro obligatorio. Pero no esperaba encontrarme con una serie que me abrazara de esa manera, con personajes tan entrañables y complejos, con un guion que me lograba interpelar aún cuando estaba muy lejos de Stars Hollow, Connecticut

Y sí, puede que me haya sentido más cercana a Lorelai y cómo ve las cosas y no tanto a su hija, que llegaba a considerar muy molesta por momentos. Pero siento que eso también es parte del encanto de Gilmore Girls, funciona para todo el mundo, porque tiene algo para decir.

Una madre soltera que se abrió camino por sus propios medios para poder criar a su hija bajo sus propios términos; una adolescente convencida de cuál va a ser su camino y cada una de sus metas, que de golpe tiene que enfrentarse con los inevitables fracasos y las decepciones. El dueño de una cafetería que hace lo que puede pero que jamás logra exteriorizar sus emociones; una abuela que, con modos un poco cuestionables, siempre busca lo mejor para las personas que quiere; una tríada de novios que me es muy fácil calificar del peor al mejor. 

Jess (Milo Ventimiglia) y Rory (Alexis Bledel)

Quizás es la inteligencia del guion de Sherman-Palladino y la forma en que logra que cada personaje tenga un personalidad totalmente diferente, que las historias, tanto chicas como grandes que pasan en esta ciudad, tengan mucho para decir sobre la familia, la amistad y la manera en que decidimos encarar nuestra vida y aceptar las elecciones que hacemos. Pero siento que una de las piezas fundamentales de esta historia, de esta serie, es el lugar.

Las puertas están siempre abiertas

Stars Hollow es un personaje más en esta ficción, y sí, no hay nada más cliché que decir que la locación es alguien más en lo que a trama se refiere, pero siente que en este caso no es exagerado decirlo. Lo de cliché puede ser, aunque no creo que nunca haya sido la idea de esta tira alejarse de los lugares comunes narrativos, sino adueñarse de ellos y darles una vuelta de tuerca para que no se parecieran a nada de lo que habíamos visto antes, pero que a la vez se sintiera familiar. 

El pueblo es justamente esto: un lugar en el que nunca estuvimos, que parece distante, lejano y casi imposible; como se sentía un poco el mundo en el momento en el que decidí darle play a la serie. Pero a la vez, es un lugar familiar, que le da la bienvenida a cualquiera que pase por ahí. Te sentís bienvenido cuando llegas, por más extravagante y exagerado que sea, con sus festivales constantes, su glorieta todo el tiempo decorada, y los vecinos más chusmas que se puedan conocer.

Y si bien este lugar es siempre hermoso y parece brillar todo el tiempo, nada le queda mejor que el otoño -aunque si somos honestos, en este lugar siempre parece ser otoño-. Puede que sea porque la idea de café en lo de Luke suena mucho mejor cuando el clima acompaña el uso de un abrigo; porque una caminata por la plaza principal es más tentadora si se hace con una bufanda; o porque una de las famosas noches de películas en lo de las Gilmore solo está completa si en el sillón hay una manta con la que taparse.

Por eso, hoy volvemos

El inicio del otoño nos lleva a este lugar; nos guste o no, hay algo en la cultura popular que dejó grabado en todos esta relación: cuando las hojas empiezan a cambiar de color y la temperatura baja de los 20°, el único lugar en el que se quiere estar en el Stars Hollow

Luke (Scott Patterson) y Lorelai (Lauren Graham)

El frío es parte de la estación, pero sin frío no existiría la definición de “acogedor”, tomar algo caliente no tendría el mismo gustito, y la vegetación no nos regalaría uno de los fenómenos más hermosos que se pueden presenciar en todos los rincones del planeta. Y para mí, Gilmore Girls es eso: una serie acogedora a la que me gusta volver, una historia que me hace sentir bien y que, sin importar en qué momento llegué a ella, me recibió con los brazos abiertos y me hizo un lugarcito para pasar uno de los momentos más extraños de mi vida. 

Ahora, los otoños tienen otro sabor, no solo vuelve la temperatura que me gusta y puedo volver a usar la ropa más linda de mi armario, sino que también vuelvo a ese pueblo maravilloso y visito a este par de mujeres que, ficticias y todo, tuvieron una gran influencia en mi vida, incluso cuando las conocí ya de grande.

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