Volver a Hogwarts

Harry Potter y la Cámara Secreta: La magia vuelve a los cines

Con el motivo de los veinte años desde su estreno, Warner Bros. vuelve a poner la segunda entrega de la saga sobre el joven mago en su lucha contra las artes oscuras.

por | Nov 14, 2022

La pantalla queda oscura y los primeros acordes de “Hedwig’s Theme” empiezan a sonar. Desde 2001, eso ha sido suficiente para detener el zapping (se me cayó el documento) en millones de casas en todo el mundo. Hoy en día, 21 años más tarde, ya no vamos de canal en canal buscando las películas de Harry Potter, pero las revistamos una y otra vez en cualquier plataforma de streaming que la tenga en su catálogo (actualmente, HBO Max) y corremos a comprar las entradas si Warner decide volver a ponerlas en cartelera. Y eso es exactamente lo que miles de potterheads harán esta semana con el reestreno en cines de Harry Potter y la Cámara Secreta (2002), la segunda película de la franquicia, con motivo del vigésimo aniversario de su estreno.

Al igual que su predecesora, Harry Potter y la Cámara Secreta fue dirigida por Chris Columbus (Mi pobre Angelito) y ambas funcionan como la perfecta introducción a Hogwarts, la escuela de Magia y Hechicería y el Mundo Mágico en el que transcurrirá la vida de Harry Potter por otras seis entregas. Podría argumentarse que estas dos son las adaptaciones más fieles a la obra de la británica J.K. Rowling; desde el vestuario compuesto por túnicas y sombreros, hasta el mismo Richard Harris en el rol del director Albus Dumbledore, la atmósfera de los libros se transporta a la pantalla perfectamente.

Harry (Daniel Radcliffe), Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson), tres niños que apenas estaban aprendiendo a actuar, acompañados por un desfile de los mejores actores que Inglaterra tiene para ofrecer. Richard Harris, Maggie Smith, Alan Rickman y Robbie Coltrane vuelven a sus papeles como Dumbledore, Minerva McGonagall, Severus Snape y Rubeus Hagrid, respectivamente, y se suman algunas caras nuevas como Jason Isaac en el papel de Lucius Malfoy, adinerado padre del enemigo de Harry, Draco (Tom Felton) y Kenneth Branagh como Gilderoy Lockhart, famoso escritor y aventurero, cuyas habilidades mágicas dejan bastante que desear. 

Esta segunda película de la saga es quizás una de las menos populares. No tiene el lugar de honor de la primera por introducirnos al mundo mágico, y, si bien tiene un plot twist interesante al final, no se compara con las revelaciones de Harry Potter y el Prisionero de Azkaban (2004) de Alfonso Cuarón. Y su tono infantil e ingenuo pierde por goleada frente a los libros subsiguientes, en los que el tono se vuelve más oscuro, las instituciones y autoridades pierden nuestra confianza y nuestros amados personajes pueden ser (y son) asesinados en cualquier momento.

Un semilero mágico

Al momento de la publicación del libro, todavía no era evidente el fenómeno en el que se convertiría Harry Potter y, por lo tanto, la novela se encarga de no dejar demasiados hilos sueltos y de ser accesible en sí misma, más allá de cuál fuese a ser el destino de la saga. Además, el público objetivo era todavía claramente infantil, por lo que los personajes caricaturescos abundan y más de un elemento o dato no concuerda con el mundo que veremos desarrollarse más adelante. Sin embargo, es innegable que este libro planta las primeras semillas de la historia que movilizaría a toda una generación a esperar la medianoche en las librerías, viajar a recorrer castillos escoceses y escribir cientos de páginas de fanfiction. 

Harry Potter y la Cámara Secreta abre con Harry (Daniel Radcliffe) en su habitación del número 4 de Privet Drive, hojeando un álbum de fotos de sus padres, y ya desde el primer minuto, la película nos recuerda quién es nuestro protagonista: este niño de 12 años golpeado por la tragedia, obligado a vivir con sus tíos malvados, esperando el regreso al mundo al que pertenece y en el que es considerado un héroe. Sin embargo, pronto descubrimos que este año le depara mucho más que tareas y partidos de quidditch, ya que Hogwarts parece estar acechada por un peligro que ha dormido en sus paredes por 50 años y se encuentra preparado para reclamar la escuela como territorio de los “sangre pura”, hijos e hijas de magos y brujas, sin sangre muggle (no mágica) en su árbol genealógico.

Hasta ahora, Harry había tenido que enfrentarse con su enemigo Voldemort dos veces -una cuando era bebé y otra al final de la primera entrega- pero ahora por primera vez el joven mago se enfrenta a la ideología de tono fascista que catapultó al mago oscuro al poder y que será el elemento político central de la saga. Por haber vivido alejado del mundo mágico, Harry (como los lectores o espectadores) lo ve con una mirada inocente e idealizada que, a partir de este momento, empieza a deshacerse ante la evidencia de que la magia solo alcanza para transformar erizos en alfileteros, pero no para crear una sociedad libre de prejuicios.

Veinte años más tarde, las dos horas y cuarenta minutos de película son tan entretenidos como el primer día. A pesar de las falencias actorales de los jóvenes protagonistas, no dejan de resultar entrañables, y Rupert Grint nos saca más de una carcajada con sus muecas de terror. La introducción de criaturas y escenarios nuevos, como el Sauce Boxeador, Aragog la araña gigante (Acromántula, mejor dicho) y la misma Cámara Secreta aportan muchísimo a la construcción del mundo en el que tantos de nosotros terminamos pasando interminables horas y todavía hoy escapamos de tanto en tanto. En definitiva, no puedo pensar un mejor plan que volver al cine en compañía de otros fans nuevos y viejos, listos para abordar el Expreso de Hogwarts (o un Ford Anglia volador) para volver a conectar con la magia por un par de horas.

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