Durante los últimos días, Disney parece buscar un culpable para el fracaso financiero y de crítica de Blancanieves (2025) de Marc Webb. Y en especial, hacer el más que evidente intento de culpar a la actriz Rachel Zegler por lo ocurrido. Desde su opinión política hasta monopolizar la conversación en redes sociales, no han faltado razones para señalar a la joven intérprete como el principal problema a resolver en una cinta que nació con un plomo en el ala, casi desde el inicio de su producción.
Y sí, la primera polémica estuvo relacionada con la supuesta intención de Disney de socavar las virtudes de la película clásica de hace 88 años, en favor de un tono más fresco, contemporáneo y adecuado a nuevas generaciones. La primera, la de contratar a una actriz que rompía el molde de la piel palidísima que se atribuye al personaje. Lo otro, que se tratara de una actriz de ascendencia latina, lo que pareció escandalizar a los supuestos puristas.

Un origen difuso y casi olvidado
La mayoría, esgrimieron el origen germánico del cuento — aunque, en realidad, solo se trató de una parte de una historia — y la apariencia de la princesa. Eso, a pesar de que una investigación del historiador Karlheinz Bartels, acerca de Maria Sophia Margaretha Catharina von Erthal, hija de Philipp Christoph von Erthal, condestable del Electorado de Maguncia en Lohr entre 1719 y 1748. El importante funcionario contrajo matrimonio en dos oportunidades. En la segunda ocasión, con Claudia Elizabeth Maria von Venningen, condesa de Reichenstein.
Esta última pasó a los anales y registros de la época, por poseer un gigantesco espejo, que atrajo la curiosidad del pueblo y pronto, se convirtió en motivos de rumores. El objeto, que provenía de la manufacturera de espejos del Electorado de Mainz, ganó rápidamente fama de mágico y de ofrecer respuestas misteriosas a los que se miraban en él. Más intrigante aún, que contenía una escritura en latín, que anunciaba que su reluciente superficie, sólo podía verse “la verdad”. Un detalle que permitió al investigador, enlazar la historia familiar con el cuento.

De hecho, las primeras versiones de Blancanieves, tradición oral y después, relato legendario, solo indicaban que la princesa había nacido en la peor época del año — invierno — y contra todo pronóstico. Y que además de su nombre de pila, se le llamaba Blancanieves, para recordar la proeza de sobrevivir a la infancia en una época especialmente complicada para lograrlo. Más tarde, sería alrededor de 1800 y para complacer la estética danesa e inglesa, que se haría hincapié en el lánguido color de piel de la protagonista.
Todo lo anterior, refuerza la idea de que lo poco que la audiencia sabe realmente sobre Blancanieves, viene de Disney. Por lo que Rachel Zegler, escogida en casting cerrado y que fue considerada la mejor opción por los propios ejecutivos de la compañía, fue una decisión de Disney a pesar de la mitología que ayudó a reforzar. Y mucho más, una selección en la que debió prever la resistencia al rechazo de un público cada vez más reaccionario ante la natural evolución de la cultura pop.

Más problemas de los que puede suponerse
Por allá, en el 2001, el video musical Sonne del grupo de rock industrial alemán Rammstein convirtió a Blancanieves en una fábula de horrores. El corto comienza por unas tomas cenitales en medio de la oscuridad, de un grupo de mineros que trabajan sin descanso en lo que parece ser una mina muy profunda y de difícil acceso. Poco después, el espectador sabrá que no se trata de trabajadores cualquiera, sino de los tradicionales 7 enanos, convertidos para la ocasión en esclavos de una majestuosa y pérfida Blancanieves.
De pronto, el bajo eléctrico nos dirige hacia la visión inquietante de la espléndida princesa, azotando a mano desnuda el trasero de sus desobedientes enanos, encargados no solo de cuidarle — peinarle, alimentarle — sino también brindarle lo que parece ser el motivo de la extraña relación que sostienen: Oro. Pero no se trata únicamente del valor del noble metal — o eso, al menos, no lo cuenta el videoclip — sino que la princesa malvada lo utiliza como la más refinada de las drogas.
Unas cuantas líneas de oro que la espléndida y malvada “Ama” aspira con entusiasmo y que finalmente la hace sonreír. Paso a disolvencia y ahora Blancanieves, inmensa y deslumbrante, abre los brazos para recibir con amor a su pequeña tribu de sufrientes admiradores, que la contemplan con los ojos muy abiertos y fascinados por su belleza.

Como es de suponer, para su momento, la visión sobre el amado cuento causó revuelo y se acusó al grupo — para sorpresa de nadie — de inmoral. Por lo que el cantante del grupo, Till Lindemann se burló de todas esas interpretaciones. “Es una historia de amor, una tradicional y muy común” declaró. “Todos nos entregamos a nuestras contradicciones y sobrevivimos por lo que recibimos de quienes queremos, sea lo que sea eso. No hay nada cruel. Es un asunto de supervivencia”.
La polémica se detuvo en seco y hay quien llegó a decir que Lindemann tocó alguna fibra sensible que dejó en evidencia la hipocresía general de una sociedad obsesionada con el decoro pero fascinada con cierta perversión. Cuál sea el caso, el video quedó para la historia como quizás una trágica y exquisita metáfora de esa necesidad insistente que todos tenemos de ser comprendidos, queridos y aceptados.

Un (fallido) intento por revitalizar un clásico
Sin ir a ese extremo, Blancanieves de Disney parece tocar fibras semejantes. Por un lado, está el hecho de ser el más reciente ejemplo del irregular esfuerzo de Disney por volver a contar, en clave contemporánea, sus historias clásicas. Eso, sin explorar en el sentido de un cuento de hadas, por lo que es: un vehículo simbólico que enlaza ideas más profundas de la que pudiera suponerse.
Por el otro, sobrevivir a las polémicas que rodean a la cinta desde su época de preproducción, que obligó al estudio a limitar la gira de prensa a periodistas de la factoría Disney o sus aliados. Un duro golpe para un proyecto que necesita y de manera urgente, vencer a la irrelevancia cultural que rodea a la compañía en medio de sus recientes escándalos.
El problema radica, en que esta versión de una Blancanieves que está en busca de su sentido del propósito y que tiene toda la voluntad de enfrentar a la Malvada Reina (Gal Gadot), es una reinvención que, de nuevo, apunta al problema de Disney en todos sus live-action. Antes de explorar en qué hace poderosa la historia que cuenta, se concentra más en volver contemporánea una historia que siete generaciones conocen al dedillo. Una decisión válida, pero que jamás está acompañada de un guión que pueda explorar realmente en el sentido de arquetipo de las diferentes princesas.

Reinventar una historia no es tan sencillo
Una decisión que por supuesto, está emparentada con la constante reinvención de las historias. Angela Carter y su espléndida recopilación sobre relatos orales del mundo entero, La cámara sangrienta, se hace preguntas que Disney quizás debería plantearse al tratar de modernizar un cuento. Según Carter “Un cuento de hadas es una mirada furiosamente viva sobre la raíz central del pensamiento primitivo”. En palabras más simples, simbolizan cosas con las que todos podemos identificarnos.
¿No es ese el motivo por el cual las Princesas Disney continúan siendo estereotipos sobre la mujer admirados y admitidos por millones de niñas en todo el mundo? Blancanieves falla, no porque Rachel Zegler no sea incomparablemente blanca o porque los enanos sean obras de la tecnología digital — esto último, sí es uno de los problemas, sino el mayor — sino por la torpeza del guión.
En lugar de analizar que hizo amada a la primera princesa de la casa, simplemente la hace una chica como cualquier otra. Más inocente, ingenua y carismática, pero sin nada que la conecte, en realidad, con la joven que venció el mal con la única arma de ser bondadosa. ¿Una idea simple? La verdad no lo es tanto. Porque Blancanieves, es una sobreviviente. Una, además, que debe encontrar un punto de apoyo para seguir en un momento oscuro.

Disney y algunas de sus buenas ideas
Durante los últimos treinta años, Disney intentó hacer evolucionar a sus princesas. Desde la audaz Merida de Brave (2012), que decidió romper el esquema del “vivieron felices para siempre” por el “viví feliz y cómoda sola” hasta esa última imagen de Aurora coronada en medio de un reinado solitario en Maleficent (2014). Lo cierto es que el estudio ha dejado claro que reconstruye su discurso tradicional a favor de algo mucho más sustancioso: una construcción renovada de la mujer y del mundo femenino.
Pero aunque hay mucho de eso en Blancanieves, lo cierto es que Disney necesita que su intento sea más esquemático y sí, concentrado en la sustancia de las historias. Una previsión que quizás, habría tomado los mejores elementos de la cinta para hacerla brillar. Pero que, por ahora, solo condujo a una malsonante polémica. Un terreno resbaloso que se hará más complicados en próximos proyectos, con mayor presión social y cultural a su alrededor.
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