Muchas son las leyendas urbanas nacidas en rutas desérticas, aquellas en donde espíritus aterran a los viajeros cuando pensaban que solo la luz de la luna los acompañaba en sus largos viajes. La propuesta de André Øvredal toma ese escenario y apuesta por buscar la atmósfera indicada y crearle un mito original. Pero, mientras la película más se aleja de su punto de partida, más queda en claro que El pasajero del diablo (2026) se va quedando sin nafta.
UN ARRANQUE FIRME
Maddie (Lou Llobell) y Tyler (Jacob Scipio) dejaron todo atrás. Él, fascinado con la vida nómade, consigue una camioneta a la que convierten en su nuevo hogar de cuatro ruedas. Todo marcha bien en la superficie, pero tras seis semanas ella sigue con dudas sobre este estilo de vida.
Es durante una noche lluviosa, cuando atraviesan un bosque que parece engullir la noche, que el conductor del único otro auto en el camino les hace señas desesperadas. Algo lo acompaña, algo que le dejó su marca y parece estar jugando con él morbosamente. Ese algo pronto marcará a Maddie y Tyler también, convirtiéndolos en su nueva presa.

“Querido San Cristóbal, protégeme hoy en todos mis viajes a lo largo del camino.”
La oración al santo patrono de los viajeros es lo que nos da la bienvenida. Con un preludio que nos cuenta algo más sobre aquel conductor que quiere salvar a nuestra pareja de protagonistas, Øvredal establece los cimientos de esta road trip sobrenatural que tranquilamente podría ser una leyenda rutera real.
Este mito ficticio del “El pasajero” incorpora elementos reales, como lo eran los códigos que los vagabundos usaban para marcar lugares y caminos seguros (y que algunos recordarán del episodio The Hobo Code de Mad Men). A pesar de un interesante punto de partida, mientras más no adentramos en la historia los problemas empiezan a ser obvios.

¿Quién está detrás del volante?
Desde el clásico fantasmagórico Lake of the Dead (1958), el cine noruego nos dio grandes títulos de terror, destacando los recientes The Innocents (2021), Handling the Undead (2024) o La hermanastra fea (2025). Sumado a eso, algunos directores que ya incursionaron en el género están pisando fuerte en Occidente.
Es el caso de Kristoffer Borgli (The Drama), quien nos regaló una oscura sátira sobre lo más bajo del narcisismo con Sick of Myself (2022). Tampoco podemos olvidar a Joachim Trier (Sentimental Value), quien hizo lo suyo con el drama de terror psicológico Thelma (2017). De entre sus compatriotas, André Øvredal es quien llegó al terror para quedarse, cada vez incursionando más profundamente en la máquina hollywoodense.

Conocido por este lado del mundo por su magnífica Trollhunter (2010), Øvredal hiló un falso documental en donde un grupo de jóvenes cineastas se encontraban frente a frente con las criaturas más aterradoras de las leyendas de su tierra. Redonda, con grandes efectos y sobre todo un enorme sentido del humor, el director dio sus mejores pinceladas al editar conferencias de prensa reales para crear una falsa conspiración.
The Autopsy of Jane Doe (2016), su primer largo en inglés, nos daba a Brian Cox y Emile Hirsch como padre e hijo, forenses de un pequeño pueblo. Tratando un cadáver de una anónima con heridas imposibles y una cruel maldición, Øvredal da una lección de cómo usar el sonido y las sombras para reafirmar nuestro miedo a lo desconocido. Todo esto con un actor enorme en su centro.
Ese mismo año Øvredal rodó Tunnelen, un corto de ciencia ficción futurista que parece mostrar los primeros indicios de ideas para El pasajero del diablo, al usar un automóvil y un atestado túnel como escenario para un thriller de apenas 15 minutos.

Guillermo del Toro, quien tiene ojo de halcón para el talento en este género, le confío la adaptación de la saga de cuentos de terror infantiles Historias de miedo para contar en la oscuridad (2019). El noruego consiguió hilar los diferentes cuentos de forma convincente, logrando una película para un público juvenil con suficiente material para captar la atención adulta. Sobre todo se aprecia la manera en que supo, usando principalmente efectos prácticos, capturar la estética tan particular de las ilustraciones de Stephen Gammell.
The Last Voyage of the Demeter (2023) fue su última parada en las pantallas grandes hasta ahora. Esta adaptación de un capítulo de Drácula fue probablemente su película más pochoclera que, si bien funciona en algunos puntos, es una de sus incursiones más pobres a nivel guion.

Un viaje incompleto
Puede que Hollywood esté de a poco robando la magia de uno de los directores más prometedores para el horror nórdico. Porque a pesar de que El pasajero del diablo presenta una premisa llamativa a la que se suman esos climas que tan bien se le dan al director, va en declive cuanto más formulera se vuelve.
El guión de Zachary Donohue (The Den) y T.W. Burgess, novato en la tarea, es lo que más flaquea, cosa que se nota mucho cuando aquellas reglas que establecen parecen claras, salvo para los mismos personajes. Øvredal además toma decisiones especialmente raras respecto a la música, con abruptas interrupciones que parecen parodiar la situación. También hay algún error de continuidad, en donde heridas son olvidadas para recuperarlas a la siguiente escena.

Pero dentro de tanta oscuridad, Øvredal nos recuerda que el mainstream no le robó todo el talento. Sigue demostrando que puede generar un clima truculento, si bien en este caso es sobre todo para luego depender de un scare jump. Es en el apartado visual donde se destaca, gracias a su afilado uso de ciertos planos y juegos con la luz, que son sobresalientes. ¿Cuántas películas se dieron el lujo de usar una proyección del rostro de Audrey Hepburn para buscar un horror entre las sombras?
Así como le confiamos los viajes a San Cristóbal, no quisiéramos perder la fe en Øvredal tras un par de proyectos irregulares. Con El pasajero del diablo, lo que más se destaca es la artesanía cinematográfica, que consigue sacar algo de jugo dentro de tanto estereotipo. Y esa impronta visual todavía es algo para celebrar, especialmente en la pantalla grande.
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