El verano adolescente evoca muchas cosas: morirse de calor frente a un ventilador que apenas remueve el aire, helados tomados a la apresuradas antes de que se derritan, la playa, los amigos de la colonia o escuela de verano, las vacaciones. Los días son largos, no hay tarea y existe la promesa de un tiempo libre que parece ilimitado. A eso le sumamos los tropos importados de la televisión estadounidense: los pequeños pueblitos marítimos, las atracciones de feria y los fuegos artificiales del 4 de julio. Y las hormonas, por supuesto. Y el subsiguiente drama.
Hay algo en un pequeño pueblito en la costa, amigos que crecen juntos y largas horas en locaciones imposiblemente aesthetic que nos hace volver una y otra vez. Las ficciones adolescentes nos atraen con nostalgia de algo que nunca vivimos. Para un montón de nosotros (no me atrevo a afirmar que para la mayoría, aunque sospecho que sí), además, la adolescencia no fue necesariamente un período de pura fiesta, descontrol y sexo; eso es una arista más de esta nostalgia fabricada que nos permite escribir nuestra historia sin miedos, ansiedad e inseguridad.

Vacaciones con drama adolescente
No me sorprende entonces seguir volviendo, ya bien entrada en la década de los treinta, a estas ficciones. Culpo un poco también a mi condición de chica de los noventa y los tempranos dos mil, esa época mítica que lentamente va ganándole a los ochenta como el escenario por excelencia de la nostalgia y empieza a ponerse cómoda con el apelativo de vintage (no puedo explicar el horror de encontrar objetos que eran comunes en mi casa en una tienda de antigüedades o una versión de la tele super moderna que mis papás compraron por mis quince años en un museo). Cada año en junio o julio, cuando el verano del Norte está en su cúspide y en Argentina estamos poniéndonos nuestro tercer sweater, caemos en la droguita adolescente de turno.
Este es el caso de We Were Liars (2025-), la adaptación de la novela homónima de E. Lockhart. Mientras se prepara para la última entrega de su hitazo del verano, The Summer I Turned Pretty (2022-2025), Amazon Prime nos ofrece un tentempié para abrir el apetito. De algún modo, We Were Liars es la contracara oscura de The Summer I Turned Pretty. Ambas se centran en un espacio idílico en el que un grupo de adolescentes con bastante plata se reencuentran cada año para compartir los meses del verano acompañados de sus madres.

Y en ambos casos, esta perfecta armonía cíclica se ve rota por la erupción del desorden, el caos y las hormonas de los adolescentes. No es casualidad que el drama en ambos shows se dispare en el verano en el que las protagonistas cumplen dieciséis años, porque es la primera vez que el cambio parece introducirse en lo que hasta entonces era simplemente una sucesión interminable de tomar helado, saltar de muelles y jugar a las escondidas.
Un verano lleno de secretos
Como ya mencioné, sin embargo, We Were Liars no tiene nada del aura tierna y edificante, optimista y feliz (lo que las redes llaman “wholesome”) de The Summer I turned Pretty. Cadence Sinclair Eastman (Emily Alyn Lind) es una joven de 17 años que vuelve a la isla privada de su familia (sí, escucharon bien, la familia Sinclair es dueña de una isla) luego de sufrir un accidente el verano anterior que la dejó semidesnuda en la playa y con amnesia.

En la isla se reencuentra con sus primos, Mirren (Esther McGregor) y Johnny (Joseph Zada), y Gat (Shubham Maheshwari), amigo de los chicos e interés amoroso de Cadence. Atormentada por ataques de pánico, adicta a los analgésicos y acompañada de su grupo de mejores amigos (a los que el resto de la familia ha apodado los «Mentirosos”, por años de encubrir sus travesuras), Cadence intenta recrear los recuerdos perdidos y entender qué le ocurrió. Este recorrido la llevará a desentrañar una red de mentiras y manipulaciones al interior de la poderosa familia Sinclair y, sobretodo, a revaluar la sombra del patriarca, el poderoso pero ahora en declive Harris Sinclair (David Morse), sobre sus hijas y nietos.
Muchos privilegios, poca sustancia
We were liars es una historia sobre el poder, el dinero y lo que las personas llegan a hacer para mantenerlos. Como la serie constantemente nos recuerda, los Sinclair son “realeza estadounidense”, y todos los privilegios que el apelativo sugiere vienen acompañados de deberes y, sobretodo, de respeto a la autoridad. Si esta premisa no tiene demasiado de original, mucho menos puede decirse de la ejecución. La serie resulta atrapante por momentos, aunque me atrevería a decir que se debe menos a la trama que al gusto de recrearse en la idea de una vida de lujos y comodidades en una isla a kilómetros de Martha’s Vineyard. La química entre los personajes es buena, pero los ships no logran eclipsar ese placer casi voyeurista de imaginar cómo vive el 1% de la población, su versión de las pequeñas tradiciones diarias del yanqui promedio, desde los pasteles de manzana hasta la celebración del 4 de julio.

A medida que avanzan los episodios, las relaciones entre los personajes se sienten cada vez menos creíbles y el plot twist final se adivina sin demasiado esfuerzo. La serie hace un intento de comentario social, haciendo que Gat (quien es de ascendencia india y por lo tanto sufre las constantes microagresiones de Harris Sinclair y otros miembros de su círculo) enfrente a sus amigos con el privilegio de raza y clase que dan por sentado. Sin embargo, está entretejido de una manera torpe y superficial que incluso debilita uno de los conflictos centrales de la trama.
Como al verano, Siempre volvemos a los clásicos
El libro original de E. Lockhart ha sido descrito como una adaptación moderna de King Lear, de William Shakespeare. En la obra del dramaturgo inglés, Lear es un rey que decide dividir su poder y territorio entre sus tres hijas, causando conflictos entre ellas mientras mientras intentan ganar el favor de su padre a través de diversas artimañas y subterfugios. En la serie, esta es una línea argumental secundaria en la que las tres hijas de Harris Sinclair (las respectivas madres de Cadence, Johnny y Mirren), por diversos motivos, se encuentra corta de fondos, a pesar de haber recibido grandes cantidades de dinero de su padre. Entonces, mientras los Mentirosos pasan sus días entre fiestas, salidas en bote y romances, ellas utilizan a sus hijos para tratar de ganar el favor de Harris, y este las hace participar de juegos con la promesa de legarles la isla y otras propiedades.
Si bien el paralelo resulta un poco endeble, no es sorprendente descubrir un eco de la literatura clásica en una ficción de adolescentes. Esa fuera una de las características más sobresalientes del boom de este tipo de películas en los noventa y tempranos 2000, y quizás una de las razones del éxito que las catapultó a ellas mismas al status de clásicos. Desde otras versiones de Shakespeare, como 10 Things I Hate About You (1999), basada en The Taming of the Shrew, o She’s the Man (2006), basada en Noches de epifanía, hasta John Tucker Must Die (2006), basada en The Merry Wives of Windsor.

También están las reinterpretaciones de Emma de Jane Austen (Clueless), o Pygmalion de George Bernard Shaw (She’s all that); hasta Cruel Intentions (1999), versión actual de Les Liaisons dangereuses de Pierre Choderlos de Laclos, que Amazon Prime intentó recrear en formato serie en 2024 sin pena ni gloria. La escuela secundaria, después de todo, sirve como un escenario perfecto para la recreación de sociedades cerradas, altamente estratificadas y en las que el chisme es moneda corriente. Además, no podemos olvidarnos que los personajes de casi todas las obras mencionadas eran adolescentes también, solo que en un momento de la historia en la que no existía aún el concepto de adolescencia y eran tratados como adultos.

We Were Liars no quedará inscripta en los anales del cine adolescente de culto, probablemente no las recordemos una vez que tengamos a nuestra disposición la última entrega de The Summer I Turned Pretty. La serie nos transporta por un par de horas a un espacio entre lo nostálgico y lo aspiracional, pero falla en darnos un poco más de sustancia. Intenta interesarnos en los problemas de un grupo de niños ricos que, con el mundo a su disposición, ni siquiera pueden elegir el camino más turbio o abiertamente malvado, si no que terminan cayendo por el peso de su propia estupidez. De manera similar, la serie promete oscuros secretos y revelaciones trascendentales que terminan por sorprender por su mediocridad. Queda en el camino de intentar reflotar un género que nunca volvió al esplendor de antaño, y se inscribe en una larga lista de producciones que sirven para maratonear en un fin de semana y olvidar al siguiente.
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