En el poema épico basado en la mitología nórdica Hárbarðsljóð se describe una larga disputa entre un barquero violento de nombre Hárbardr y Thor, el dios del trueno. En algunas versiones, se trata del Dios Padre Odín, que toma la apariencia del barquero para retar el corazón y el carácter de su hijo. El dios — que está a punto de cruzar el mar para alcanzar la costa, en donde le esperan los gigantes — se comporta impaciente y arrogante como un niño, por lo que el barquero espectral está mucho más interesado en juzgarle que en brindar ayuda.

Cualquiera sea la personalidad que se esconde bajo los harapos y la hoz de remos del barquero, es cruel y duro con Thor. Le señala, le acusa, le impreca. “Eres flojo, poco hábil, tu torpeza supera tu fuerza” le provoca. Y Thor, enfurecido, termina levantando el mítico Mjölnir para golpear la barca en las que ambos se encuentran y que llevará al dios al encuentro de sus enemigos los gigantes. La barca se sacude de un lado a otro y Thor está a punto de caer a la aguas turbulentas. “No tienes control sobre tus sentimientos y tu dolor”, le impreca el barquero, con extraña elocuencia.

Durante buena parte del ciclo mitológico nórdico, el dios del trueno ha sido la representación de las emociones humanas en una cultura que le brinda especial importancia al sufrimiento y las emociones. El Thor nórdico es, de hecho, un buen ejemplo de la mitología al servicio de la psiquis colectiva. El pueblo noruego celebra el dolor y el sufrimiento, además que le concede especial importancia al proceso de duelo. La percepción sobre el bien y el mal, convertida en una lucha moral que se relaciona con la capacidad para contar “las cicatrices bajo la piel”, es una de las metáforas más poderosas que encarna el Dios del Trueno. 

Un paseo por la mitología nórdica en la actualidad a través de la cultura pop, Thor

Thor, con su carga emotiva y capacidad para expresarla, es un deidad que además, engloba emociones profundas y muchas veces complejas. A la manera de los clanes vikingos, que consideraban el dolor físico y mental un paso inevitable hacia la verdadera fortaleza, Thor de Asgard es también una metáfora del miedo y la construcción de la memoria colectiva a través de las batallas perdidas y ganadas. De modo que, mientras otros ciclos mitológicos no permiten el dolor o la debilidad a sus dioses, el nórdico no solo los celebra, sino que además los lleva a una dimensión por completo nueva. Una y otra vez, el Dios del Trueno no sólo representa el poder vivo de un tipo de capacidad sobrenatural para vencer el miedo, sino también, todo el tránsito que debe atravesar para obtener su sobrenatural fortaleza física y mental. No obstante, Thor siempre se encuentra muy cerca del abismo, como si sus emociones le hicieran tambalear al borde de una naturaleza escindida entre lo humano y lo divino.

Del mito al papel del cómic y después, al cine

Parte de esa naturaleza dual se encuentra en la saga de cómic Thor de la casa editorial Marvel. El personaje apareció por primera vez en la revista Journey into Mystery en agosto del año 1962, en relatos cortos de trece páginas. En conjunto, la primera aparición de Thor rinde homenaje a la esencia del dios nórdico y lo hace desde una perspectiva casi desconcertante: el Doctor Don Blake — débil, frágil y aquejado de una grave cojera — se encuentra durante unas vacaciones en Noruega, cuando encuentra un bastón mágico que le permite encarnar a la deidad.

De modo que, para su versión en cómic, el poder de Thor también reside en la debilidad aparente de su parte más humana, que debe lidiar con las decisiones y angustias existenciales a la manera en que lo hacía su par divino centurias atrás. Don Blake, con toda la debilidad de un hombre sometido a dolores y angustias mortales tales como un amor secreto y frustrado — además de la vergüenza que le produce su incapacidad física — es la representación simbólica de ese trayecto del héroe roto que Thor simbolizó con mucha frecuencia desde sus orígenes. Blake y Thor son caras de la misma moneda y también, percepciones atemporales sobre el sufrimiento y la tristeza como estadios previos al poder absoluto.

En la actualidad, la serie Ultimate Thor, de los autores Mark Millar y Bryan Hitch, basada directamente en el Thor del Universo Marvel (Stan Lee y Jack Kirby), brinda una nueva profundidad al Dios del Rayo. A diferencia de su primera versión, el guerrero-dios de la leyenda nórdica, no tiene alter ego humano y reencarna en un hombre llamado Thorleif Golmein, que sostiene un Mjölnir tecnológico que le concede poderes.

También es la encarnación más humana de todas y, de hecho, la más cercana a su versión mitológica: el Thor de Ultimate está lleno de contradicciones, dolores y, por momentos, cae en dolorosos debates mentales sobre su naturaleza escindida. Humano pero a la vez dios, Thorleif/Thor es incapaz de sostener en todas las ocasiones la cordura y su transición al mundo de los superhéroes, comienza con el héroe encerrado en un manicomio. Para bien o para mal, Thor de nuevo encarna las fortalezas y los dolores de la época que representa y con la misma solidez que su par mitológico.

Algo de la personalidad de Thorleif llegó a la primera versión cinematográfica actual del Dios de Rayo. Thor de Asgard dio su salto a la pantalla grande en el año 2011, en medio del auge del género de superhéroes y encarnado por el entonces desconocido actor Chris Hemsworth. Claro está, era un personaje ideal para el mundo del cine y la productora Marvel lo sabía: atlético, hermoso y con todo tipo de superpoderes, el Thor marvelita irrumpió en la línea cronológica de la casa productora con un moderado éxito de taquilla, pero a la vez, una extraña versión sobre lo mítico que ya por entonces, levantó discusiones y debates sobre la naturaleza en exceso “humana” de Thor.

A pesar que la adaptación ignoró gran parte de su historia en el cómic, Thor de Asgard encontró en la dirección de Kenneth Brannagh cierto tono operático que resaltó el carácter del dios y brindó a su desarrollo personal una parte de la central de la trama. Casi toda la película se prodiga en detalles del crecimiento de Thor como hombre y su posterior madurez, lo que lleva a recuperar el derecho perdido de levantar a Mjölnir y regresar a Asgard para ocupar su lugar junto al trono de su padre Odín. La película tiene enormes altibajos narrativos, pero acierta en lo básico: Thor de Asgard es una divinidad falible, llena de dudas y dolores, pero -sobre todo- una que encuentra su redención en la medida que acepta el dolor como parte de su vida.

El regreso a casa y a todos los tiempos

En 2013, el director Alan Taylor continuó el trayecto iniciado por Brannagh y planteó al personaje desde sus angustias más profundas: en The Dark World, Thor debe lidiar con la pérdida de su madre, la caída del Reino de Asgard y por su amor por Jane Foster, una alternativa sofisticada a la enfermera discreta del cómic. El Thor de Taylor sigue su camino emocional, en medio del duelo y también, algo más duro de comprender en medio de una película plagada de errores argumentales y con la ficticia Asgard de fondo, recreada a través de una batería de efectos especiales. Pero Thor, vuelve a hacerse preguntas sobre su forma de comprender el poder y a sí mismo. En medio de cortas pero duras conversaciones con su padre (Anthony Hopkins) Thor se encuentra entre la disyuntiva del amor humano y la aspiración elemental de su naturaleza divina. Entre una y otra cosa, el argumento empuja al personaje hacia los márgenes de su forma de comprender el mundo y en esencia, su propia personalidad rota por el peso de su humanidad perfectible.

Para Thor: Ragnarok (2017), el director Taika Waititi dotó al dios del trueno con mucho de su carácter festivo y despreocupado de los cómics más antiguos: la versión de Don Blake que sostenía el martillo, era salvaje, furioso y buen luchador, pero también, el exacto reflejo de su yo en el ciclo mitológico nórdico. El Thor de Waititi tiene la capacidad de reír de sí mismo, pero también de usar su petulante versión del mundo para recorrer un camino de autodescubrimiento que comienza por desmenuzar poco a poco la personalidad del dios del trueno. Thor pierde todo lo que le resulta valioso y distintivo (a su padre Odín, Mjölnir, su cabello, su investidura real e, incluso, un ojo) y se encuentra luchando por su vida en medio de un campo de juegos. De la misma manera que su yo mitológico, el Thor cinematográfico descubre su verdadero poder a través de la pérdida y se hace no solo el héroe definitivo, sino el más poderoso del Universo Cinematográfico de Marvel.

En Avengers: Infinity War (2018)  -la penúltima película de la llamada fase tres de la casa de las ideas -  Thor debe enfrentarse a un tipo de pérdida incluso más violenta: el “Titán Loco” Thanos (Josh Brolin) asesina a la mitad de sus súbditos, al fiel Heimdall (Idris Elba) y por último, a Loki (Tom Hiddleston), el villano redimido, que simbolizaba para el personaje el último sobreviviente de su familia. En medio del sufrimiento, Thor confiesa que “ya no tiene que perder” (frase que también utilizó su par mitológico en Hárbarðsljóð) y se lanza a una cruzada suicida para encontrar un arma a la medida para asesinar a Thanos. Todo el empuje vital de Thor se encuentra vinculado directamente a su capacidad para ser de “utilidad” y, también, parte de la confrontación contra una amenaza que le arrebató parte de su vida e historia.

La película sigue a Thor a través de su nueva encarnación en busca de Stormbreaker en Nidavellir y luego, en su regreso triunfal para luchar en mitad de Wakanda contra las tropas de Thanos. Al final, es Thor el que logra herir de gravedad al Titán Loco en medio de una las escenas más tensas de la película. Pero no es suficiente: Thanos sonríe en mitad del dolor e incluso con Stormbreaker clavada en el pecho, lleva a cabo el chasquido mortal que volatiliza la mitad de la vida en el Universo. “Debiste apuntar a la cabeza” se burla Thanos, antes de desaparecer a través de un portal y dejar a Thor en medio de la devastación general.

El camino a la redención de Thor

En Avengers: Endgame (2019) de los hermanos Russo, Thor se encuentra en el último estadío de esta larga travesía por el dolor y la angustia. Y lo hace, tal y como lo hizo el Thor mitológico, reflejando el dolor y la angustia de nuestra época en una cuidada y singular visión sobre la depresión, el shock postraumático y la angustia existencial. El Thor que sobrevivió al chasquido mortal de Thanos se entrega a un espiral de autodestrucción que además, se relaciona directamente con el sufrimiento como motor de todas sus decisiones. Y tal como si fuera la encarnación de todo un tortuoso proceso de duelo, el Thor efusivo, radiante y lozano de las anteriores películas se transforma en una caricatura de sí mismo. 

Lo hace además, a la manera física que es usual en cuadros semejantes: los hermanos Russo dotaron a Thor de una apariencia rolliza y descuidada que deja claro que el dolor y la angustia le aplastó hasta despojarle de sus últimas defensas mentales y espirituales. De la misma forma que el Thor mitológico — que llegó a permitir que el dolor le aplastara hasta “desaparecer” en medio de “la vergüenza” — hasta las encarnaciones más modernas basadas en el mito — como esa preciosa percepción de la deidad de Neil Gaiman en American Gods que termina suicidándose — el Thor cinematográfico sucumbe al horror de la tragedia y se agrede con la misma furia que antes, luchó por sobrevivir. 

En cada escena y giro argumental, el cuadro depresivo de Thor crea una tensión involuntaria que hace que incluso, el supuesto alivio cómico que representa se transforme en incomodidad. Thor tienes problemas para separar sus emociones de su objetivo, es incapaz de dejar de beber o maltratarse. Su miedo es conmovedor y también lo es la manera en que el resto de los sobrevivientes reaccionan a este nuevo rostro de un miembro del equipo. Mientras Bruce Banner (Mark Ruffalo) se muestra empático y cercano, Rocket Raccoon (Bradley Cooper) intenta ayudarle por medio de cierto lenguaje procaz y la burla gratuita.

Pero es la incomodidad del equipo en general — incapaz de lidiar con el duelo de Thor, de la misma manera que son incapaces de lidiar con el propio — es el mejor reflejo de lo que realmente ocurre en medio de una situación semejante. Los hermanos Russo no sólo permitieron que el personaje de Thor rozara los nada deseables límites de la angustia y la aflicción, sino que, además, brindaron un contexto creíble sobre las pequeñas aristas con las que debe lidiar cualquier paciente de depresión y ansiedad. Thor está cansado, aturdido, lleno de terrores invisibles. 

Thor, un hacha, un martillo, un corazón

Y es ese fragilidad, uno de los momentos más interesantes de una película llena de diálogos inusuales de empoderamiento a situaciones poco habituales en el llamado cine “ligero”. Mientras Tony Stark (Robert Downey Jr) abandona su ego para ser un amoroso padre de familia, Steve Rogers (Chris Evans) acude a grupos de terapia y trata de consolar a otros, Natasha Romanoff (Scarlett Johansson) llora en silencio y Clint Barton (Jeremy Renner) se convierte en un asesino sanguinario, Thor lidia con un rostro del dolor y el duelo más incómodo y para la mayoría, irritante. Con sus kilos demás, la barba descuidada y la mirada angustiada, este Thor lleva una carga silenciosa tan pesada como agobiante.

Pero más allá de eso, Thor muestra que la curación comienza a ocurrir a medida que las piezas rotas en su mente encuentran sentido. Thor debe recuperar su autoestima y la película lo intuye con una delicadeza conmovedora: la breve pero significativa conversación con su madre (Rene Russo) no solamente toca los puntos esenciales, sino que deja claro que el sufrimiento de la culpa, es parte de un trayecto interior que Thor conoce muy bien. Recuperado el sentido de la necesidad de objetivo, extiende la mano y aguarda, entre tímido y expectante, hasta que Mjölnir llega para recordar “que aún es digno”.

No se trata de una búsqueda de significado ajena o que obedezca a la necesidad del poder. Thor mira con los ojos llenos de lágrimas el símbolo de su valor y se recuerda que puede transitar por lugares menos sombríos de sí mismo. Más tarde, cuando invoca el poder de Mjölnir y Stormbreaker, los dioses no le recompensan haciéndole más delgado y atlético, sino trenzando su cabello y barba, además de vestirlo con una armadura adecuada para su nuevo cuerpo. Una visión de la afirmación y el poder del espíritu renovado de enorme sutileza y valor.

Al final, la imagen de Thor, monumental y fuerte, el cabello trenzado y llevando sus armas preferidas con firmeza, es el símbolo de un tipo de poder extraordinario y del cual pocas veces se medita en la cultura popular. Incluso, cuando celebra que Mjölnir llegue a las manos del Capitán América, hay una redención extraordinaria, desde el héroe vanidoso y simple que sonreía a su padre Odín en un palacio dorado. Espléndido en su poder recuperado a medias, Thor representa una travesía invisible que muchos hombres y mujeres llevan a cabo a diario. Una búsqueda de significado y su lugar en el mundo, a pesar del dolor.

Érase una vez un príncipe oscuro en un castillo 

En una de las escenas de la serie Loki ( 2021-) dirigida por Kate Herron, el personaje se enfrenta a una pregunta que podría cambiar la historia completa del argumento. “¿Deseas el trono de Asgard? ¿Deseas matar a Thanos?” dice la engañosa Miss Minutes en mitad del silencio de la Ciudadela del Fin del Tiempo, ”lo tendrás”. Pero Loki permanece un momento en silencio y declina la oferta. Camina hacia adelante, en compañía de su versión femenina, empuñando la espada. Acaba de pasar la prueba final de un largo trayecto que le llevará al corazón de los misterios. Pero más allá de eso, a convertirse en el centro de su propia historia de redención.

Cada superhéroe de Marvel está asociado con algún elemento arquetípico que le distingue y sin duda, permite su crecimiento. Incluso, el políticamente relevante T’Challa (Chadwick Boseman) tiene un peso específico en la discusión cultural. Pero Loki, además, tiene un elemento de alteridad física y de extraño puente en una cierta percepción sobre la moral que resulta desconcertante. Y buena parte de eso fue el motivo de su triunfo en la fallida Thor: The Dark World (2013), quizás la película más deslucida de Marvel, pero la que llevó a Loki a otro nivel de importancia, tanto en el mundo de la franquicia como fuera de él.

Con docenas de problemas de producción a cuestas, el film, sin embargo, mostró a Loki a un nivel nuevo. Atrapado y confinado a las “mazmorras” por sus crímenes, es una presencia lateral y secundaria, pero tan brillante como para atrapar el núcleo del argumento en más de una ocasión. No sólo guía a un ejército invasor hacia su madre adoptiva Frigga — y provoca su muerte — sino que, además, es la primera vez en que pueden verse las fisuras de la impenetrable armadura de ironía, desdén y burlona inteligencia del travieso dios.

De hecho, en la escena más recordada del film, Thor (Chris Hemsworth) consigue que Loki se muestre en pleno duelo y es entonces cuando el personaje alcanza un punto multidimensional que signó su futuro en la franquicia. Descalzo y con las plantas de los pies empapadas de sangre, despeinado, pálido y con aspecto desgraciado, el dios de la mentira encarna de nuevo la caída arquetipal de tantos dioses con una pesada carga humana. Y es esa escena, la apoteosis de su fragilidad y después, su aparente muerte en batalla en pleno sacrificio por Thor lo que brinda su amplio espectro como antihéroe que puede abarcar muchas cosas a la vez. Cuando al final Loki aparece sentado en el trono de Odín, con una amplia sonrisa maliciosa, saludable y de nuevo recuperado, el rápido ascenso de un personaje a un nuevo sitial era cuestión de tiempo.

Un paseo por la mitología nórdica en la actualidad a través de la cultura pop, Tom Hiddlestonl, loki

Por supuesto, fue Taika Waititi, que decidió despojar al dios del trueno de todos sus atributos para Thor: Ragnarok (2017), que culminaría el arco de redención de Loki y lo haría a través del humor. Esta vez, el personaje vuelve a tomar el look de sus primeras apariciones en pantalla (pálido, frágil y esbelto), enfundado en un traje oscuro, mientras su hermano Thor es toda vitalidad y simpatía. El contraste entre ambos se acrecienta, a medida que la película muestra más y más capas del tramposo, que profundiza, crea y reconstruye el vínculo que sostiene con Asgard, su historia y su familia.

La muerte de Odín, la llegada de Hela, la batalla de Thor y, al final, la apoteosis del miedo con el mitológico Ragnarok en puertas, muestran una versión del personaje tan rica en matices que asombra por su sutileza. Para la escena final, cuando el dios de la mentira ha depuesto sus armas (tanto verbales como mágicas) para celebrar un triunfo agridulce, es más que evidente que fue la estrella de la película, a pesar del recorrido de Thor hacia un poderoso héroe que incluso, no necesita del Mjölnir para mostrar su valor.

De la vida y la muerte, el tránsito hacia un nuevo rostro

Al Thor y al Loki del MCU se le ha comparado con frecuencia con la forma en que William Shakespeare describió a Marco Antonio y a César en su obra Julio César, un paralelismo que ya Branagh había puesto de relieve en la película de 2011. Mientras a Thor se le muestra como un hombre rubio, bronceado y lleno de vida (y que, sin duda, pasa buena parte de su tiempo al aire libre, en batalla) y le convierte en símbolo de la vitalidad y el bien, la palidez y aparente fragilidad de Loki parece sugerir que pasa mucho más tiempo oculto, maquinando y manipulando.

Todas, percepciones intelectuales que hablan con precisión de la forma en que analizaba el poder tanto en los dramas shakesperianos como en los arquetipos más antiguos. De hecho, a medida que la evolución en pantalla del personaje es más evidente, las alusiones a su poder misterioso, oculto e inquietante se hacen más notorias. El Loki marvelita es muy semejante al mitológico, con toda su carga de atractivo inquietante y mezcla de algo más letal. Buena parte de la EDDA poética, muestra al tramposo como una criatura temible, capaz de hechizar, manipular y mentir, para la mayoría de las veces salirse con la suya. Pero también es un dios profundamente vinculado con lo femenino.

En una escena que se eliminó del montaje final de Thor: The Dark World (2013), Frigga confiesa a Thor que dotó a Loki con magia y que de hecho, le transmitió sus conocimientos sobre brujería y otras prácticas a su hijo menor. El mismo Loki confirma su relación con su madre en una breve escena de la serie que lleva su nombre, en la que narra que su madre fue quien le mostró la forma de utilizar la magia. Frigga, que admite en una ocasión “haber sido educada por brujas”, es la fuerza femenina de una película llena de arquetipos masculinos.

Mientras Thor está vinculado a su padre y, de hecho, el trono y la conciencia del poder que tiene el dios del trueno se manifiesta con una herramienta mágica fálica, Loki usa puñales cortos, asociadas tradicionalmente a la pasión y a un tipo de muerte de carácter íntimo. Y aunque también son símbolos masculinos, el Loki ambiguo que sabe luchar cuerpo a cuerpo, pero utiliza magia y acertijos, es más notorio que nunca.

Desde su primera aparición, hay algo subversivo en Loki, que toca directamente la transgresión. Su armadura asgardiana está diseñada de una manera por completo distinta a la de Thor y, de hecho, todo el personaje está construido para responder a los habituales estereotipos femeninos. En el cine, usualmente los villanos son más dados a la violencia física y el uso de armas robustas que a la persuasión, discusión y el debate. Tal vez por ese motivo, sorprenda tanto que la única forma de vencer a Loki fue el engaño: la ya icónica escena de Black Widow (Scarlett Johansson) embaucando al embaucador, deja claro la influencia singular de esa percepción sobre el Loki ambiguo, que solo es derrotado cuando se usa en su contra las mismas armas que suele manejar. De hecho, Loki siempre mata usando armas de cercanía física. Clava cuchillos, apuñala por la espalda (otro elemento shakesperiano) y sin duda, se identifica más con la armería pequeña y sutil (más asociada a la precisión) que a la fuerza.

La cuestión sobre la sexualidad de Loki también entra en disputa, aunque durante buena parte de su recorrido por la cultura pop, este dios de aspecto en apariencia frágil, atravesó con mucha frecuencia los límites habituales del género y, por supuesto, la orientación sexual. El Loki del MCU jamás pareció estar interesado en otra cosa que el poder, pero era lo suficientemente ambiguo como para generar y despertar una entusiasta fanbase a su alrededor de la comunidad queer. Y, en especial, de mujeres que le consideraban “otra forma de masculinidad”. ¿Podía enamorarse un dios obsesionado con la convalidación y la necesidad de ser reconocido, admirado y temido? Quizás, la respuesta no era tan sencilla y por ese motivo, tardó en llegar.

Un dios mentiroso, el punto más lejano del camino y al fin de los tiempos, el amor

El escritor Kevin Crossley-Holland dedicó buena parte de su libro Penguin Book of the Norse Myths (1980) a Loki y su ambigüedad. Y lo hizo por una razón sencilla: incluso en la comunidad de inmortales de la mitología nórdica, ya era una criatura distinta, incómoda, siempre marginada, a punto de cometer grandes desastres. Obsesionado por las apuestas, Loki llegó a ser expulsado de todos los reinos y espacios sagrados, luego de más de una vez, enfrentarse, vencer y contra el resto de los dioses. Crossley-Holland analizó en particular uno de los mitos más viejos sobre la figura de Loki, que le describe fuera del Gladsheim, escuchando las conversaciones y las celebraciones, hasta decidir cuál sería la mejor manera de vengarse de la exclusión. Al final, la EDDA le describe con una sonrisa torcida, una que además mostraba las visibles cicatrices sobre sus labios. La alusión a las cicatrices (el castigo por su lengua falaz y que a menudo llevó a la disputa y a los enfrentamientos), no es en absoluto casual. Es una mirada hacia lo esencial de Loki, que es de hecho, el dios de los perdedores, los marginados en una época en que a fuerza física lo era todo.

Para la mitología nórdica, ampliamente relacionada con la felicidad y el hedonismo, la rareza de Loki, su sonrisa inquietante y su tendencia a la manipulación, es una forma de también relatar su extraña conducta física e incluso sexual. De todos los dioses del ciclo nórdico, es el único cuyos ojos brillan de diferentes colores, incluidos el marrón, el verde y el índigo. También se hace un considerable hincapié en sus labios cosidos, el castigo ejemplar en Asgard contra las bromas y travesuras del tramposo. Su aspecto (que unas veces es repulsivo y otras lobunos, para finalmente ser femenino), es otro de los grandes incógnitas que rodean al personaje. De entre todos los dioses, es el único que habita, disfruta y más de una vez, insiste en tener la apariencia de una mujer.

En la EDDA poética, se llega a contar que otros dioses se burlan del tramposo justamente por su preferencia por disfrutar de esa versión suya ambigua. Lo hace Odín, cuando Loki decide vivir “durante ocho inviernos con la forma de una mujer lechera y parir ocho hijos”. También llegó a tomar la forma de una yegua y parir un potro, que a la larga se convertiría en el caballo mágico Sleipnir. En una de las grandes anécdotas de la mitología nórdica que se ha convertido en parte de buena de los relatos alrededor de Thor y Loki, el dios del trueno debe vestirse de mujer para una “misión secreta”, a la que su hermano le acompaña para hacer el atuendo “más creíble”. Y de nuevo, Loki emerge como mujer o con un aspecto decididamente femenino, frágil, pálido, en la ambigua grieta entre los géneros, la percepción de la sexualidad y la búsqueda de una forma de expresar el yo y la idea colectiva sobre lo masculino.

La serie Loki (2021-) explora la idea a un nivel que las películas no quisieron o no pudieron lograr. Loki es deconstruido a través del tiempo — en el sentido literal del término — y también, del recurso práctico de mostrarle su propia vida y fracasos. Recordarle además, que su vida está plagada de mentiras y que él mismo, es su mayor invención y la máscara más endeble de todas. De la misma manera que se le arranca la armadura de “fino cuero asgardiano” (otra referencia mitológica) y se le enfunda en un uniforme genérico, el dios de la mentira debe enfrentarse al hecho que se encuentra en medio de una situación que no debe controlar, fuera del tiempo y sin capacidad para hacer uso de la retórica. Y entonces, hace uso de su inteligencia. Una tan aguda que le permite seguir a su adversario más peligroso: él mismo.

Los dioses en la cultura pop

El ciclo mitológico nórdico se repite paso a paso en la serie de Disney Plus. Loki está batallando no solo contra una amenaza invisible, sino también contra sus dudas, dolores y su infinita angustia existencial. De modo que toparse consigo mismo — y como una mujer, una bruja, tal como era su madre mitológica y cinematográfica — no es en absoluto casual. Tampoco el amor, franco, sincero y extravagante que desarrolla hacia sí mismo. Cuando al final, es el amor el que lo traiciona y el que le envía a otra línea temporal, no es más que una representación del largo hilo conductor de Loki hacia el pasado y el sostén mitológico del personaje. La larga búsqueda de su identidad a través de un curioso recorrido vital que le lleva de vuelta a una búsqueda potencialmente peligrosa y mortal, hacia algo más poderoso que los temores, las trampas y las mentiras que fueron sus armas hasta entonces.

En una de las páginas finales de su libro, Crossley-Holland llama a Loki “el personaje más fascinante de toda la mitología” e insiste que lo es, porque “sin la figura excitante, inestable y defectuosa de Loki, no podría haber ningún cambio en el orden fijo de las cosas, ningún pulso acelerado”. Con una segunda temporada en puertas para Loki y el anuncio que el personaje continuará saltando de línea temporal en línea temporal en la secuela de Doctor Strange, queda mucho que explorar acerca de este profundo símbolo de una nueva forma de masculinidad y extraña búsqueda de la identidad. Una tan vieja como la búsqueda del hombre para definirse y tan poderosa como una profunda una mirada hacia el bien y el mal.

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