[La siguiente reseña puede contener spoilers]

Hace más de dos años atrás, Ralph Fiennes se calzaba saco y corbata para presentarse por primera vez en una Comic-Con, haciendo enloquecer a los asistentes al evento neoyorquino donde 20th Century Studios (otrora Fox) presentaba su panel de estrenos, después de la resonante compra por parte de Disney y pocos meses antes de dejar atrás el legendario nombre del estudio para siempre. En ese panel -compartido con otros estrenos que sufrirían la misma suerte como Free Guy (2021)-, el mismísimo Voldemort subía al escenario para hablar de The King’s Man (2021), la precuela de la celebrada Kingsman: The Secret Service (2014) que lo tiene como protagonista.

Basada en los cómics The Secret Service, de Mark Millar y Dave Gibbons, la agencia de caballeros ingleses al servicio de la corona bebe de la tradición James Bond, pero con un giro irreverente y pop, que la convierte en una especie de sátira autoconsciente y homenaje al género a la misma vez. No es de extrañar, viniendo de la mente de Matthew Vaughn, el mismo director de Kick-Ass (2010) y Stardust (2007), dos películas que se destacaron por subvertir y parodiar las convenciones de sus respectivos géneros, con un estilo por lo menos interesante.

Después de muchos retrasos por la pandemia y vueltas interminables con la fecha de estreno, The King’s Man llegó a nuestras salas recién en los primeros días de 2022 para narrar el origen del servicio secreto en los albores de la Primera Guerra Mundial, un período bastante inexplorado para el cine de espías, obsesionado con los nazis y los rusos en las décadas posteriores. Sin embargo, este momento histórico bisagra es una elección que funciona perfectamente como escenario de origen, justamente para narrar -con muchísimas licencias poéticas- cómo nacieron los villanos predilectos del género.

Antes que nada, hay que ejercitar activamente la suspensión de la incredulidad para aceptar el código político e ideológico de esta historia, que se presenta a veces problemático y sesgado, y poder adentrarse en un mundo maniqueo de héroes y villanos, sin demasiadas pretensiones de exactitud histórica. Prácticamente, como en cualquier película del género que se precie de tal. Los ingleses son, una vez más, los salvadores del mundo, y cualquiera que históricamente haya sido su enemigo (desde escoceses hasta alemanes) caerá en el retrato caricaturizado del villano al mejor estilo Bond.

Dicho todo esto, la película se deja disfrutar como un gran exponente del género, donde tanto los lugares comunes como las vueltas de tuerca están a la orden del día. La primera escena nos ubica en contexto con uno de los clichés más grandes del cine de acción, pero logra su cuota de emoción para hacernos empatizar con estos personajes y el camino que están a punto de emprender. A raíz de este hecho traumático, nuestro protagonista el Duque de Oxford (Ralph Fiennes) hace un mea culpa frente a su hijo Conrad (Harris Dickinson) sobre lo que significa ser un caballero, con un legado de imperialismo y destrucción a cuestas.

Durante el primer tramo de la historia, padre e hijo exploran estos temas a través de una entrañable dinámica sostenida por grandes actuaciones. Mientras el guion también brinda algunas interesantes reflexiones sobre el privilegio de clase y los sinsabores de la guerra. Junto a un elenco secundario de lujo (compuesto por Djimon Hounsou, Matthew Goode, Gemma Arterton, Tom Hollander, Charles Dance y Daniel Brühl), las misiones se van sucediendo hasta llegar al big boss de esta primera parte: el siniestro Rasputín (Rhys Ifans). Esta se convierte en una de las mejores secuencias de acción de la película y uno de los puntos altos de la franquicia, pero también una de las escenas más innecesariamente largas, que extiende una duración total ya de por sí generosa.

El giro argumental que da lugar al tercer acto es quizás el más arriesgado y, por esa misma razón, el más valioso. Una tragedia que refuerza todo el discurso sobre la guerra y a la vez tiene la suficiente potencia para propulsar la creación de la agencia que conocemos, tal como la vimos por primera vez en aquella película protagonizada por Colin Firth y Taron Egerton. Además, el diseño de producción y el suspenso de toda la secuencia en tierra de nadie tienen más mérito por sí mismos que muchas películas bélicas. Es una lástima que, para cuando pasamos este punto, las cosas se sienten apresuradas por falta de tiempo, generando un evidente desequilibrio narrativo en la pieza completa.

Sin embargo, las secuencias finales de la película vuelven a sumergirnos en la acción y tensión puras para llegar al big boss de esta precuela y dejar zanjado el asunto para siempre. En este punto es donde el protagonista debe demostrar su destreza, y Ralph Fiennes confesó en aquella New York Comic Con que había sido el trabajo más desafiante físicamente de toda su carrera. Ese desafío y esa exigencia se hacen carne a cada momento, con escenas llenas de adrenalina al mejor estilo Misión Imposible, donde cada golpe y cada paso del plan que sale mal supone un verdadero riesgo para los personajes.

Como toda franquicia en nuestros días, The King’s Man tiene su correspondiente escena post-créditos, que sienta las bases de lo que sería una posible continuación. Una que presenta la siguiente gran amenaza en este mundo, mucho antes de llegar a los hechos de la actualidad. Así, la saga plantea la posibilidad de dividir la historia en dos líneas temporales, con una agencia clásica y una moderna. Cada una con sus respectivos elencos plagados de estrellas europeas, si es que Disney decide continuar la tradición de Fox y seguir apostando al género, dándole otra oportunidad a esta historia.

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