En el micro de la banda o detrás del escenario, las cámaras siguen cada paso de Lestat de Lioncourt (Sam Reid). Daniel Molloy (Eric Bogosian) se convirtió en su sombra, ya que tratando de demostrar que su novela no es una obra de ficción, ahora dirige un documental que aspira con llegar al Festival de Cannes. Un tanto meta, suena como el formato perfecto para la continuación de Entrevista con el vampiro (2022- ). Pero, al poco tiempo queda claro que el reportaje no es el nuevo hilo conductor. Lestat antagoniza a Molloy, negando a abrirse para las cámaras.
Con la voz de Lestat en off, una grabación póstuma titulada Los fracasos nos relata sus memorias. Es una corrección a todo lo que él asegura que Louis (Jacob Anderson) manchó con su libro. Pero, con el correr de los siete episodios de esta temporada, queda claro que al igual que su ex resulta un narrador poco confiable.

Por amor al arte
Con una guitarra eléctrica, los acordes de La marsellesa nos dan la introducción de Long Face. Pegajosa, la canción ostenta con su letra todo tipo de clichés de la mitología vampírica. Lestat se presenta ante un público como una caricatura, un cantante subiéndose a la fama de aquel best seller que parece jugar a que los no-muertos son reales.
Los acordes recuerdan además a Tear Me Down, cuando la guitarra cita al himno estadounidense en la introducción de Hedwig and the Angry Inch (2001). Sexo, arte, violencia, la cultura queer y el autodescubrimiento son cosa que la película de John Cameron Mitchell le aportan como referente, sumado a influencias de la estética glam y el apasionado homoerotismo de Velvet Goldmine (1998). Desde lo visual, estructural y lo conceptual, la serie hace un giro de 180° para ahora representar la anárquica y apasionada mente de Lestat. Un cambio en donde la música es protagonista. Vehículo. Y en gran parte, salvación.

Del himno punk rock a la balada romántica, el disco compuesto magistralmente por Daniel Hart funciona como un caballo de Troya, escondiendo algo más real bajo la superficie. Por un lado, contextualiza. Nos relata el pasado de Lestat y explora su anhelo, soledad, desamor y hasta la cultura vampírica que se supone debe permanecer un secreto. La letra de Big Boss, además de burlarse de un arrepentido Armand (Assan Zamad), nos enumera la lista las reglas vampíricas que Lestat mismo está rompiendo, tensionando más la situación con sus congéneres. Es a medida en que conecta con su banda y con su proceso creativo cuando aquel álbum de 23 canciones pasa de lo frívolo a algo más real y desgarrador.
“¡Yo jamás le hubiera dicho a eso a Claudia en el tren! ¡Yo nunca jamás hubiera dicho eso! ¡Chacal cancerígeno!”
Aquel interludio en Big Bad Wolf cita a la primera temporada, cuando la amenaza de Lestat cargaba violencia sexual en su subtexto. La escena generó controversia al no estar en los libros de Anne Rice, por lo que Lestat no solo se defiende, sino que rectifica a la adaptación mientras subraya la bestia en que Louis lo convirtió para justificar su crimen. “Soy el Lobo Malo de tu cuento de hadas”.
O, al menos, según el punto de vista de Lestat.

Un relato poco confiable
Además de cambiar su título a El vampiro Lestat en esta tercera temporada, la serie de AMC busca otro tono y estética pero mantiene uno de sus principales temas: cómo nos relacionamos con la memoria y la subjetividad con la que presentamos nuestros recuerdos. Qué dice eso de nosotros.
Louis, como narrador, romantizaba sus memorias. Por decisión propia o no, nos dió una versión sanitizada de los hechos en donde buscaba expiación. Necesitaba ser apreciado por el lector para no odiarse a sí mismo.
La narración de Lestat es caos puro. Sus recuerdos aparecen fragmentados y son agresivamente repentinos. Sobrecargada de detalles, la narración es una celebración al arte mismo. Referencias bajo otra capa de referencias. Habla de alguien que cultivó su cultura durante trescientos años, a la vez que carga de múltiples significados a cada comentario. Son más que meros adornos, porque además de enriquecer a los diálogos también funcionan como una distracción pseudo-barroca del horror que vemos en pantalla. Lestat niega su dolor mientras sostiene una burlona máscara de supuesta indiferencia.

La verdadera cara de la bestia
Con la estética de colores saturados en un video musical de los 90s, Your Biggest Fan es una balada romántica que nos revela la muerte y conversión de Lestat. Su creador, Magnus (Damien Atkins), es descrito como un fan que lo adora a la distancia hasta que el deseo es inaguantable. Cuando lo ultraja, la escena lucha por aparentar ambigüedad. “El consentimiento es una problemática del siglo XX”, Magnus declara más adelante. Para Lestat, imaginarse a sí mismo como el objeto de deseo de un fan que no tiene control sobre sus actos es una forma de supervivencia.
Aunque si hablamos de personajes pilares para entender a nuestro protagonista, debemos enfocarnos en su madre, Gabriella (Jennifer Ehle). A simple vista, es muy distinta a su contraparte literaria, cambiando hasta su nombre. En el texto de Rice, al transformarse Gabrielle adopta una identidad andrógina e inicia una relación íntima con su hijo, ahora su creador. En su versión televisiva, cada una de las apariciones de Gabriella acentúa sus atributos femeninos (cosa que en los libros pasaba en menor medida y como algo reservado sólo para él). ¿Por qué el cambio entonces? Quizás demonizar a una personaje no binarie en este clima político no era la decisión más sabia.

Por otra parte, la serie es determinante en un factor: no romantiza sus acciones. Ella y Lestat insisten en que las reglas y el decoro humano no son de importancia, ya que el vampiro rige fuera de toda norma social. Pero la serie subraya eso como una de tantas excusas.
Así como Lestat obligó a Claudia (Delainey Hayles) a ver los cuerpos de sus víctimas arder, Gabriella forzó a su hijo a presenciar una quema de brujas. Simbólicamente, esas niñas abusadas (amiguitas con las que él había jugado) le advertían que las víctimas que no se quedan en silencio arden, mientras que sus victimarios observan el espectáculo sin recibir castigo.
Tal como en los textos de Rice, Lestat idealiza su relación con Gabriella. Pero la serie la retrata de la forma más bestial mucho antes de convertirla en vampiro.

El “Me Too” no sabe de géneros
Tras reencontrarse con su madre, Lestat tartamudea como lo hacía en su infancia. Externaliza su vulnerabilidad. No queriendo exponerse frente a Molloy, le hace prometer a Gabriella que su relación se mantendrá platónica. Pero como su hijo, ella no acepta límites.
Al visitar juntos un club de strippers, es ella quien besa a las bailarinas, usándolas. En contraste Lestat muestra completo desinterés sexual. Al poco tiempo recibe un llamado de su abogada, informándolo de un inconveniente. Lestat pregunta con quién se tiene que acostar para solucionarlo. Como esas mujeres, él también es un trabajador sexual.

El cuerpo como capital es evidentemente uno de los puntos centrales de la temporada, y eso también aparece en el arco argumental de Louis y Regina (Delainey Hayles), la moza y “clon” de Claudia con la que él se obsesiona. Temeroso de incomodarla, él le recalca que es gay, como si eso le proporcionara algún tipo de seguridad a pesar de la inequidad física y económica.
Louis le paga para que interprete a su hija muerta. Junto a otra actriz, pretenden ser Claudia y Madeleine en una interpretación exagerada e incómoda. Las chicas se besan de forma performativa, probablemente como aprendieron a hacer para el Only Fans que les llena los bolsillos. Nos incomodamos tanto como él frente a lo mecánico y frívolo de la situación. Gay o no, Louis sigue siendo el mismo proxeneta que alguna vez manejó un prostíbulo. Los cuerpos siguen siendo un activo a regentear, aunque a él no le produzca placer.

El reencuentro entre Lestat y Louis marca una diferencia tajante. La serie hipersexualiza a Lestat en relación con sus fans, su banda, su madre, e inclusive en cómo lo vende a la audiencia. Pero los encuentros físicos con Louis se mantienen fuera de cámara, siendo el roce de sus dedos uno de los momentos de mayor intimidad que presenciamos entre ambos. Sólo cuando se trata de Louis, Lestat no siente que su valor se reduce a lo físico.
Fantasmas del pasado
Uno de los momentos culminantes de la temporada es la invocación del espíritu de Claudia. Lo que podría haber liderado a la redención, a pedir perdón a la hija que no supieron proteger, se convierte en una declaración de odio. Y a la vez, un revisionado de la Claudia que creíamos conocer.
Sin olvidar de que este es el punto de vista de Lestat, el fantasma de Claudia admite que siempre odió a Louis, pero que admiraba como Lestat abraza su identidad de depredador. Queda claro que la razón por la que eligió a Louis para cometer su crimen era porque resultaba más fácil de manipular que su caótico creador.

Comprendemos entonces que el rabioso espíritu de Claudia está mental y físicamente atrapado en un limbo dantesco. Vaga, buscando eternamente a Madeleine (Roxane Duran), la única persona que la amó incondicionalmente. Al ver a Louis otra vez junto a Lestat lo llama “esclavo”, recuperando aquel insulto que en vida usaba para recalcar la disparidad de poder en su relación interracial. No es solo una muestra de rencor, sino una metáfora dee como su espíritu está atrapado en el pasado, en el pensamiento de otra época.
Para Lestat, a quien habíamos visto llegar a autoflagelarse como parte de su proceso creativo, es en Claudia en donde encuentra ese dolor real, mucho más profundo que las heridas físicas. En su honor compone su melodía más sencilla y su letra más honesta. Su aparición supone una respuesta creativa tan fuerte que lleva a cambiar el álbum por completo. Lestat ya no juega a representar con su música la caricatura de sí mismo que construyó el libro de Molloy.

Enfrentar al propio pecado
Nos reencontramos con un Armand penitente que se acerca a todos a quienes hirió, buscando expiación. Desde su retorcida mente, parece sincero. Para Daniel es además una declaración de amor tras haber sido su sombra casi toda una vida mortal. Pero tras encontrar rechazo y burla en Lestat, no está dispuesto a ser ignorado por Louis.
Lejos de ser uno de los santos pintados por Botticelli, es Armand quien desencadena uno de los momentos más shockeantes y terroríficos de la serie. Tanteando una reconciliación, Louis y Lestat parecen protagonizar una versión oscura de Antes del amancer (1995), pero ésta culmina en la decapitación de ambos.
Con su cabeza empalada y cerca de la muerte, la mente y fuerzas de Louis se le escapan mientras Armand le demanda una disculpa por décadas compartidas en dónde amó a otro. Sin escape, Louis debe enfrentar otra perspectiva sobre sus acciones. Es el mayor miedo de quien renegó de la versión de sí mismo en el libro de Molloy, o de quien resignificó su tiempo con Claudia. Es la herida de saber que Lestat volvió a acudir en su ayuda, a costa de su propia salud mental.

Louis le pide perdón a Armand, pero se dirige a él como Arún, el niño que alguna vez fue traficado sexualmente y del que Louis se burló cruelmente. Su pasado como dueño de un burdel vuelve a perseguirlo. Peor por primera vez, se hace cargo del mismo.
Si bien también fue víctima de una relación tóxica con sus ex amantes, ya no busca justificación. Por el contrario, acepta su propia monstruosidad. Para un personaje que casi no aparece en los libros que esta temporada adapta, su arco argumental es uno de los que más peso tiene. Jacob Anderson lo corona entregando otra interpretación llena de matices, en donde desde la culpa, el espanto y la brutalidad florece la compasión.
La vida es un escenario
Culminando lo que es un gran ensayo sobre el personaje, el final de temporada transcurre principalmente dentro la mente de Lestat. Con una estructura similar al de la Comedia Dell’arte, reúne a sus creadores y progenie, su propia proyección de ellos juzgándolo. Al igual que este tipo de obra teatral, los construye como arquetipos de los distintos papeles que jugaron en su vida. Como tanto recalcó cada vez que corregía el texto de Molloy, Lestat vuelve a interpreta a Lelio, siendo el único que metafóricamente ya no puede esconderse detrás de una máscara. Acusado de ser un “fracaso”, obtiene el título de las memorias que narra.

Lestat le pide a Magnus y su madre que cambien lugares presidiendo la reunión, volviéndose así consiente de la simetría entre las dos personas cuyos abusos lo marcaron más fuertemente. El recuerdo de la Gabriella humana y vampira se yuxtaponen, desarmando el concepto de que el vampirismo justifica su accionar como depredadora.
Cuando Lestat toma el control de la narrativa, el mundo se convierte en un escenario y todos quienes significaron algo en su vida lo rodean como fanáticos, convirtiendo al juicio en una performance de su propia historia. Por supuesto, siendo el “Príncipe Malcriado”, elige rebelarse. “Si fracasé, eso significa que por lo menos intenté hacer algo”. En el arte o en el amor, el intento valió la pena. Aceptarse con sus propias miserias no solo es un acto de desafío, sino de reconocimiento que dentro de sí mismo está lo que buscó siempre en otros: amor.
El tiempo de Lestat llega a su fin y de entre la muchedumbre aparece Paul de Pointe du Lac (Steve G. Norfleet), el fallecido hermano y probablemente el confidente más cercano de Louis. Le agradece a Lestat “por amar a su hermano como él lo necesita”, dando a entender que esos sentimiento son recíprocos aunque a Louis le cueste verbalizarlo. El momento de iluminación es literal y con una calma poco característica Lestat acepta este último gesto de piedad. Los pájaros cantan una vez más para Paul y Dios (una mujer, según él) le da la encomienda de detener el reloj que corre para Lestat. Este despierta en su ataúd luego de que la Talamasca los salvara a él y a Louis.

La Talamasca advierte que los vampiros se están multiplicando y que la música de Lestat está llevando a la “gran conversión” de miles de sus fans, algo que parece fascinar a Gabriella. Mientras ella le insiste con que el show debe continuar, por primera vez Lestat la enfrenta, reconociendo la monstruosidad de su madre.
En contrapunto, el reencuentro con Louis es silencioso, aunque sus labios insinúan las palabras “pájaros” y “prímulas”, parte de la descripción de una vida que, medio en juego, imaginaron juntos. Tal como sucedió en su primer reencuentro en San Francisco, cuando el viento del huracán acalló sus palabras, el silencio también nos marca un límite a nosotros, convirtiéndose en gesto romántico. Aquel vampiro cuya privacidad era revelada en un libro sin su consentimiento, se reserva ahora su intimidad y la del hombre que ama.

El futuro es femenino
La última secuencia de la serie nos muestra a Lestat finalizando la narración en un salto al futuro casi apocalíptico. Uno en donde el mundo está en ruinas, Louis perdió un pie, Armand un ojo y Lestat, aparentemente va a perder la vida.
Si bien es una pena que el creador y showrunner de las primeras tres temporadas, Rolin Jones, dejó la serie, estamos en buenas manos. Hannah Moscovitch, productora y guionista detrás de varios de los episodios más aclamados, es quien quedó a cargo. Poner en ese lugar a una mujer es más que pertinente teniendo en cuenta que la cuarta temporada, rebautizada La reina de los condenados, estará enfocada en el despertar de Akasha (Sheila Atim) y su venganza contra la violencia que los hombres ejercen sobre las mujeres.

La perspectiva femenina se vuelve así fundamental para continuar una serie que ya se había destacado por su forma de atravesar con nuestra mirada actual a los textos de Anne Rice. No solo acopló con maestría conflictos raciales, sino que puso en eje aquel componente queer que la adaptación cinematográfica temió hacer explicita. Por si fuera poco, la tercera temporada expuso el abuso sexual, especialmente el masculino perpetrado tanto por hombres como mujeres, con una profundidad tan honesta como pocas otras producciones audiovisuales se animaron a explorar.
El Lestat con el que habíamos soñado
No sorprende que la serie continúe ganando adeptos así como el deleite de los fans, ya que una adaptación de este calibre parecía algo imposible. Porque a pesar de algunos de sus controversiales cambios, cada decisión elevó al material original, homenajeandolo con la minuciosidad de su guión así como el perfeccionismo de una dirección de arte cargada de guiños.

Y si hay alguien que ama los textos de Rice ese es sin duda Sam Reid. Confeso fanático mucho antes de obtener su icónico papel, el tímido actor australiano hace una metamorfosis completa cada vez que entra en personaje. Si la interpretación se Tom Cruise había sido memorable, Sam Reid directamente parece poseído por el personaje.
Reid ya había demostrado un profundo entendimiento de las distintas capas de Lestat. Ahora como el foco de la temporada, entregó a su audiencia una de esas interpretaciones que se dan una sola vez en la vida. Va de un extremo al otro, casi maníaco. De la exagerada ostentación y la carismática malicia pasa al mudo y complejo lenguaje de la mirada, aquel que pocos actores alcanzan con maestría.

Capturando a la perfección los dos lobos que conviven dentro del ambivalente vampiro, Reid encuentra la tormenta que se nutre bajo el carisma y narcisismo. Todo esto atravesado por un retrato de un proceso creativo en donde el arte es tanto tortura como redención. Como si fuera poco, hay que sumarle la dedicación a su entrenamiento musical, esfuerzo que consiguió que ya varias de sus canciones que grabó para la serie sobrepasen el millón de reproducciones.
Para quienes disfrutamos de su talento, Sam Reid ya alcanzó la inmortalidad tal como lo hizo Lestat.
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