Desde hace un año que paso la mitad de mi semana en Nueva York y, para aprovechar ese privilegio al máximo, me puse como objetivo ver la mayor cantidad de shows de Broadway posibles. Como fan de los musicales y pobre crónica, me he ido aprendiendo todos los trucos para conseguir entradas más baratas: descuentos por estudiante, loterías, el puesto de venta de Times Square. Y, por sobre todas las cosas, ser muy selectiva sobre en qué gasto mi plata.
Trato de ver obras consagradas, investigar mucho sobre la puesta en escena y priorizar ver a mis actores favoritos sobre las tablas. Desgraciadamente, ese es un método que puede fallar y, entonces, un show por el que no daba dos mangos de repente empieza a tener repercusión. Las entradas se van por las nubes y el FOMO aumenta segundo a segundo. Eso fue lo que me pasó con Death Becomes Her, la adaptación de la clásica película de 1992 de Robert Zemeckis con Goldie Hawn, Meryl Streep y Bruce Willis. No voy a mentir, cuando la obra fue nominada a diez Tonys e imágenes del vestuario y los efectos empezaron a poblar mi feed de Instagram, supe que tenía que ir a verla.

En general, las versiones de Broadway de películas no son mi primera elección. No porque no haya visto excelentes adaptaciones (el primer musical al que fui alguna vez fue una adaptación de Some Like it Hot), sino que suelo decantarme por historias escritas directamente en formato musical, y la cartelera de Broadway suele actualizarse con una velocidad mucho mayor a la recuperación de mi billetera. Entonces cuando a finales del año pasado Death Becomes Her llegó al teatro Lunn-Fontanne, la dejé para el final de mi lista.
Sin embargo, a medida que pasaban los meses y yo más leía y escuchaba sobre la obra, más ganas me daban de ir. Empecé a rastrear las apps de compra y venta de entradas, pero no me aparecía nada accesible en el futuro inmediato. La gota que rebalsó el vaso fue ir al puesto de venta de entradas de última hora de Times Square y descubrir que, aún con los tradicionales descuentos que una puede conseguir allí, estaba fuera de mi presupuesto.

Solo me quedaba una posibilidad, una que no había usado nunca porque me resulta bastante incómoda e inconveniente. Me levanté temprano, me tomé el tren desde Brooklyn y llegué a las nueve y cuarto de la mañana a la entrada del teatro. Allí ya me esperaban unas 30 personas en fila que, como yo, esperaban a las diez de la mañana a que abriera la boletería y empezaran a venderse los rush tickets, una cantidad reducida de entradas de última hora a una fracción del precio. Las probabilidades no estaban a mi favor, pero la suerte terminó sonriéndome y conseguí dos asientos con una ubicación excelente.
Todo esto para decir que me encontré esa misma tarde en una función de matiné lista para sorprenderme por el uso del vestuario y trucos del teatro para recrear las icónicas escenas de la película. Lo que no esperaba era encontrarme con uno de los shows más divertidos que he visto, con un despliegue visual sorprendente y un elenco de primera.

Reinventando un clásico
Retrocedamos un poco. La historia de Death becomes her es casi igual a la de la película de Zemeckis: la aspirante a escritora Helen Sharp (Goldie Hawn en el cine, Jennifer Simard en Broadway) visita a su “amienemiga” la actriz Madeline Ashton (Meryl Streep en la película, Megan Hilty en la obra) para presentarle a su prometido Ernest Menville (Bruce Willis/Christopher Sieber). Entre las dos protagonistas se adivina una historia de traiciones y envidia que llega a su punto culmine cuando Ernest deja a Helen por Madeline, llevando a la primera al colapso nervioso que la deja en un hospital neuropsiquiatrico.
Diez años más tarde, Ernest y Madeline llevan una vida miserable: odiándose el uno al otro y con Madeline enfrentándose al final de su juventud. Además, con ella, también al fin de su carrera cinematográfica. Reciben una invitación de Helen, quien se ve rejuvenecida y exitosa. Madeline recibe entonces una propuesta de parte de la misteriosa Viola Van Horn (interpretada en la peli por Isabella Rosellini y por la ex Destiny’s Child Michelle Williams en Broadway) quien le asegura tener el secreto para la juventud eterna. Tras tomar una poción mágica que le rejuvenece, Madeline regresa a su casa donde encuentra a Helen y Ernest conspirando para matarla y fugarse juntos. Una serie de ataques entre una y otra dejan en claro que Helen también ha bebido la poción y ahora ambas son inmortales.

En 1991, la película sorprendió por el uso del CGI, en especial en una escena clave en la que Madeline termina con la cabeza dada vuelta y Helen tiene un agujero de escopeta en el medio del cuerpo. Esta fue la primera vez que se usó CGI para recrear la textura de la piel, un avance que sería incorporado por la empresa de efectos especiales Industrial Light & Magic, que el año siguiente la pondría en práctica para Jurassic Park. Del mismo modo, la obra de teatro sorprende por el uso del vestuario y de dobles de cuerpo para lograr el mismo efecto.
La última escena del primer acto encuentra a las dos protagonistas en una pelea que crece en intensidad, ambas cantando en un in crescendo de voces, música y ataques físicos. Antes de que caiga el telón, Madeline es empujada por las escaleras. El segundo acto redobla la apuesta creando efectos visuales que despiertan la sorpresa del público. El éxito de estos efectos no recae solamente en el trabajo de ingenieros, vestuaristas y dobles (que ya de por sí funciona a la perfección) si no también en un trabajo minucioso de guion y composición. El aceitadísimo ritmo cómico mantiene al público en un constante estado de atención y disfrute que es fundamental para la eficacia de los efectos.

Una adaptación que eleva la apuesta
Salí de ver Death Becomes Her sintiendo que había visto una superación del material original. Si la opinión generalizada a la película de Zemeckis era que fallaba en su crítica al mundo de Hollywood y las expectativas de juventud eterna a las que son sometidas las mujeres de la industria, la obra la evita decantándose por un enfoque mucho más ridículo, gracioso e irreverente.
Como la película se volvió de culto en la escena queer, la obra abraza una atmósfera completamente camp, incluyendo una canción que juega con el doble sentido sobre las motivaciones de las protagonistas. La canción se llama For the Gaze (por la mirada), que se pronuncia igual que for the gays (por los gays). La combinación de la letra con la aparición de varios bailarines en los colores del arco iris ayudan a la confusión. La versión de Broadway también retoma el final original de la película, que se cambió en post-producción, para acentuar el aspecto cómico de la producción.

Death Becomes Her recibió 10 nominaciones a los premios Tony, incluyendo Mejor Musical, Mejor Actriz para las dos protagonistas y Mejor Diseño de Vestuario (el único que ganó). En solo los primeros quince minutos de la obra el cambio de escenografía y escenas se da con tanta naturalidad y flexibilidad que una se olvida de que está mirando una obra y no una película.
La versatilidad interpretativa y cómica de sus dos actrices principales -que pueden pasar de hacer entonaciones propias de la ópera a crear situaciones satíricas e irreverentes- crean una conexión tan fuerte con la audiencia que el show se para varias veces solo porque la gente no puede seguir después de estallarse de la risa. Con una banda sonora que sigue resonando en tus oídos por días y un guion que permite descubrir nuevos chistes con cada escucha. Es una experiencia que parece única pero que se vuelve aún más sorprendente al recordar que se repite, en vivo y directo, todos los días y a veces también en horario de matiné.
💡 POPCON TIP:
¡La banda sonora está disponible en Spotify! Y está llena de hitazos.








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