Los últimos trabajos en la filmografía de Adam McKay polarizaron a la crítica y la audiencia, con su estilo inconfundible para denunciar a través de la sátira la decadencia política de nuestra sociedad moderna y la ineficiencia del sistema económico, entre otras cuestiones. Haciendo uso de un lenguaje muy accesible, que en ocasiones responde a una lógica más mediática que cinematográfica, sus montajes excéntricos y sus elencos plagados de estrellas son la marca registrada de un director que se mete con temas socialmente relevantes y no deja a nadie indiferente. Volcando toda su experiencia adquirida como guionista y director en Saturday Night Live (1975-), McKay logra traducir el ritmo y efectividad de los sketch en vivo a sus irreverentes largometrajes.

Lo hizo en clave de frenética comedia dramática con The Big Short (2015), tomando prestados algunos recursos del género documental, y en forma de ácida sátira política con Vice (2018), simplificando y dramatizando los hechos con una impunidad que haría sonrojar a cualquier otra biopic de Hollywood. Con Don’t Look Up (2021) vuelve a apostar por el retrato hiperbólico de la sociedad norteamericana, como epítome del negacionismo y la idiocracia. Este término, popularizado por otra celebrada sátira estadounidense en Idiocracy (2006), es quizás el que mejor define la forma de gobierno liderada por ineptos que propone la nueva película de McKay, una transparente caricatura de la administración trumpista.

Este neologismo también fue utilizado por el divulgador científico Neil deGrasse Tyson, heredero de Carl Sagan, para advertir el avance de la degradación política en su país. Y no es casualidad que la figura de Sagan esté presente en la secuencia de apertura de la película, sobre uno de los escritorios del laboratorio donde se realiza el descubrimiento del cometa. Los astrofísicos interpretados por Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence (el Dr. Randall Mindy y su colega y estudiante Kate Dibiasky) son los primeros en observar un cuerpo celeste que se dirige a la Tierra en una trayectoria inevitable y reportarlo. A partir de este descubrimiento, comienza un tour de force por los organismos gubernamentales y por los medios de comunicación para estos dos científicos, que pronto se descubren sin las herramientas necesarias para transmitir la gravedad y urgencia de la situación en una sociedad mediada por la imagen y el espectáculo. 

Hace medio siglo, el filósofo francés Guy Debord denunció la declinación de la vida social en puro espectáculo, entendido como una relación superficial entre la gente que es mediada por imágenes. Años más tarde, el filósofo italiano Giorgio Agamben recuperaba esas ideas, agregando: “es como si la política mundial no fuese otra cosa hoy que una puesta en escena paródica del guion escrito por Debord.” De cierta manera, esta puesta en escena paródica se refleja en el guion original de McKay y el periodista David Sirota, que retrata con trazo grueso la superficialidad de los discursos políticos. Y, en este caso, también la polarización de la opinión pública sobre un tema que en cualquier otra película menos realista uniría a toda la humanidad en una causa común para salvar a nuestra especie. Es precisamente eso lo que hace de esta sátira mordaz una denuncia tan efectiva y relevante: vernos inexorablemente reflejados en el absurdo que plantea.

Jennifer Lawrence se luce encarnando a un personaje que enfrenta con cinismo la situación, pero hace todo lo que está a su alcance para concientizar a la sociedad, antes de resignarse ante la inevitabilidad del fin del mundo y la indiferencia colectiva. “Si no votamos a nuestros líderes o hacemos todo lo que esté a nuestro alcance para mitigar el cambio climático, nuestro destino no va a ser muy distinto al de los personajes de la película”, declaró Leonardo DiCaprio en la campaña promocional de Netflix, trazando un paralelo con el cometa. Al igual que su personaje, el actor decidió aprovechar esta plataforma para difundir el mensaje científico con el que lleva toda su vida comprometido. Un mensaje que en la película cobra un doble significado tras la pandemia, cuando quedó evidenciado el discurso anti-ciencia que impera en ciertos sectores de la sociedad.

Don’t Look Up (2021) explora temas tan interesantes y relevantes en la actualidad como el rol de los medios, los discursos de poder y el pensamiento científico, que valida el conocimiento en comunidad, versus el individualismo y la ignorancia como bandera. Si no pierde tiempo en sutilezas es, precisamente, porque no hay tiempo: su intención es la de transmitir un sentido de la urgencia. Si presenta una sociedad polarizada entre el Wandagate de turno y las noticias más apremiantes o caricaturiza sin matices el nepotismo político y la idolatría del emprendedurismo tecnológico, está sirviendo también a su objetivo de provocar discusiones y abrir el debate. No pretende ser una sátira sesuda ni valerse de analogías opacas a descifrar mediante análisis, sino que juega con los recursos más efectivos a su disposición para llegar de inmediato a un público lo más amplio posible, a fuerza de códigos accesibles, verdades incómodas y magníficas actuaciones.

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