Hay ciertas películas que se aman o se odian. Que se atreven a hacer algo totalmente distinto, quebrando con el estatus quo de las varias franquicias y producciones refrito que tienden a copar las salas de cine. Digger (2026) es prueba de esto.
Bajo varias prótesis, horas de maquillaje y un manojo de canas que todavía se aferran a cubrir su cabeza, Tom Cruise se convierte en el magnate Digger Rockwell. Tras ignorar las múltiples advertencias de científicos a su servicio, una explosión en una de sus plataformas petrolíferas en Groenlandia desencadenan un desastre ambiental que podría significar la muerte de millones de personas. Pronto, tras tener una junta con el presidente de los Estados Unidos (John Goodman), militares y otros esbirros, Digger toma la decisión de cargarse el problema al hombro para convertirse en salvador de la humanidad.

Claro, es un rol que toma mientras nadie está dispuesto a asumir sus responsabilidades. Culpar a los rusos o los chinos parece más viable. Censurar la búsqueda de ciertas palabras en internet una mejor solución. Digger pone en evidencia que un genocidio es tan solo un inconveniente a la hora de facturar. La crueldad no es un concepto, más bien un gaje del oficio.
Y la ficción se convierte en un marco. La pintura en espejo. Nos devuelve la mirada.
El retrato de una época
Por supuesto el arte siempre es subjetivo. Pero sorprende el particular ensañamiento que Digger está teniendo por gran parte de la crítica, sobre todo la angloparlante. “Si yo fuera de Dinamarca o Suecia, podría ser visto como filosófico, pero cuando eres mexicano y dices cosas, eres pretencioso”, recalcó Alejando Gonzales Iñárritu luego de que Robert Downey Jr. lo cuestionara socarronamente. Ahora, en un momento cuando el cineasta mexicano se atreve a señalar la decadencia del supuesto sueño americano, esas palabras parecen más vigentes que nunca.

De la película se está cuestionando su sentido del humor, si la sátira ataca a conservadores y progresistas por igual, si es demasiado grandilocuente. Encasillarla como otra “película sobre el cambio climático que culpabiliza al capitalismo” es minimizar todo lo que abarca. Ya que lo que Iñárritu ofrece es algo mucho más amplio, un espectáculo que está lejos de ser tan solo una obra aleccionadora.
Digger es, por sobre todas las cosas, un testimonio. En un momento en dónde la ficción parece no poder competir con el absurdo absoluto en el que se está convirtiendo la realidad, el guión coescrito por el argentino Nicolás Giacobone capta a la perfección el espíritu de la época que estamos viviendo. Pone en primer plano la lamentable resignación con la que presenciamos el circo compuesto por nuestros líderes mundiales, sin olvidar aquel sistema que nos mantiene partícipes por el simple hecho de no tener escapatoria del mismo.
Resalta nuestra crisis de fe ahora que aquellos emperadores aparecen desnudos, la imbecilidad de los egos que hacen planes sobre la marcha. Y por sobre todas las cosas, consigue hacer lo imposible al encontrar humor frente a la incomodidad y la provocación. Un humor que, en cierto punto, se convierte en refugio. En respiro y alivio.

Mucho más que una caricatura
Que esta aparente cruzada por desvalorizar la película disminuya las chances de que Tom Cruise se lleve su primer Oscar (más allá de aquel galardón honorifico que se le entregó por su trayectoria en 2025) no solo reafirmaría una deuda con el actor, sino que le robaría el mérito a una de las interpretaciones más grandes en lo que va del año. Más allá de aquel impresionante monologo de 10 minutos que quedará en la memoria de todos como uno de los momentos más impactantes, Cruise entrega mucho más que una caricatura.
Probablemente en su papel más importante desde Magnolia (1999), la verdadera genialidad del actor aparece en como deja entrever los quiebres. Es mucho más que un mero intento por humanizar al monstruo, ya que no busca apelar a nuestra empatía. El protagonista de Digger es un personaje lleno de contradicciones, cuya principal adoración en la vida parece ser su gata moribunda, mientras vive rodeado de cadáveres de animales adornando sus paredes, pisos, cielo raso. La pala es símbolo del esfuerzo convertido en imperio, pero no es más que un mero adorno sobre la chimenea de un hombre que nació con chupete de oro.

Hasta que aparecen los giros. Cruise navega por una multiplicidad de capas que examinan más al artificio que a lo cuestionable del personaje. Mientras más ostentoso y egocéntrico es Digger, más fino es el hilado del actor, de la carga del personaje, de la turbulencia interna.
El resto del elenco armoniza con él como una aceitada orquesta. Sandra Hüller (Project Hail Mary) está un tanto desaprovechada, pero junto a Jesse Plemons (Bugonia) o hasta las limitadas intervenciones de Emma D’Arcy (House of the Dragon) acompañan ya sea desde el cómico o lo sensible. Riz Ahmed (The Phoenician Scheme) es el primero destaca como el científico cuya cruzada imposible por concientizar lo lleva casi a la manía. Pero John Goodman (The Righteous Gemstones) es quien consigue que el absoluto delirio de su interpretación nos resulte tan lastimosamente convincente como hilarante. Si alguien además de Cruise e Iñárritu merece ser homenajeado en la temporada de premios, Goodman tiene todo para reclamar ese lugar.

Una oda al artificio
Desde su primer plano, la cinematografía de Emmanuel Lubezki es extremadamente pictórica, de colores desaturados que convierten cada nublado paisaje en lo que parece una pintura al óleo, una naturaleza tan artificial como prematuramente muerta. La palidez de los colores casi se funde en los diseños de interiores, haciendo que la piel blanca de estos hombres de mediana edad que manejan al mundo parezca enfermiza. Mezquinos, se mimetizan con arquitectura en decadencia. En el detalle, Iñárritu dirige con preciosismo.
No tiene necesidad de marcar el tic tac del reloj, pero el sonido de las trompetas irrumpe, anunciando el juicio final. Hasta lo que podría ser un mensaje de un poder superior es poco más que una nota al pie, otro mensaje ignorado. La sensación de incertidumbre exacerba, pero sin embargo eso no carga de pesadez a la película. Al contrario, es la fiel representación de la frase “a veces hay que reír para no llorar”. Con un marcado humor negro, el cineasta mexicano presenta mucho más que una sátira, consiguiendo que para el final del primer acto reevaluemos lo ya visto.

Es así como Digger se convierte en un espectáculo multifacético que busca incomodar, y está claro que desde antes de su estreno lo está haciendo. Porque nos hace confrontar el papel que jugamos dentro de un sistema en donde lo que realmente se consume somos nosotros mismos. ¿Cómo luchar contra el capitalismo si no hay otro sistema viable para quien no quiere ser un paria de la sociedad? Lo de Digger no es una acusación, es un señalamiento.
Resalta como a la sociedad parece caber en un rol de testigo frente a aquel 1 % que toma las decisiones que, bajo ningún concepto, parecen tener en cuenta un futuro sustentable para generaciones venideras. Hoy, cuando techbros ostentan tecnología que supuestamente podría destruir al mundo, Digger aparece como la pregunta que nadie se anima a hacer en voz alta: ¿Cuál es el plan de los poderosos? Y a nosotros, ¿Solo nos queda ser espectadores? Puede que el futuro sea hoy, pero solo porque el mañana es incierto.

El arte como salvación
Digger no entrega respuestas, pero no por eso se aferra a un cinismo vacío. Al contrario, nos recuerda la función de ocupar una butaca de cine. Iñárritu convierte lo tragicómico en virtuosidad visual e interpretativa, en gags finamente hilados y contrastantes con un humor que debe ser tan burdo como los personajes que lo representan. Es catarsis.
A pesar de su nihilismo, su mayor sustento aparece en su revalorización del poder del arte. Porque incluso cuando más tortuosa resulta la realidad, es en el arte en donde encontramos sentido, en donde hay consuelo frente al vacío existencial y la justicia literalmente se vuelve poética. Mientras Kubrick hizo que miráramos hacia el vacío cuando la ronda de aplausos de los créditos de The Shining (1980) increpaban a la audiencia que todavía ocupaba la butaca del cine, Iñárritu hace lo propio cuando corren los títulos finales de Digger. El abismo nos devuelve la mirada.

Con sus detractores o no, lo de Alejandro Gonzáles Iñárritu es una apuesta que se arriesga a hacer algo único y diferente en una época de tibieza y complacencia. Digger es una obra que se reinventa, sin perder rumbo de hacia dónde se dirigía desde el principio. Inclusive cuando la sobreexposición podría considerarse cuestionable, acompaña de forma lógica la escala de lo que está contando y sobre quién lo está contando.
Desde el caos, la ambición de Iñárritu se ordena hasta convertirse en una de las experiencias cinematográficas más únicas de los últimos años, así como una de las películas que merecen estar al tope de la lista cuando pensemos en el cine que definió al 2026.
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