Si algo puede decirse de Bugonia (2025) es que Yorgos Lanthimos decidió dejar a un lado su habitual teatro de marionetas humanas para probar con un experimento distinto: ¿Qué ocurre cuando las rarezas no son impostadas, sino parte del paisaje cotidiano? Aquí no hay castillos barrocos ni planos de época que parezcan desfiles de ego; lo que hay es un sótano mugriento, dos hombres con teorías estrafalarias y una ejecutiva embarrada en crema antihistamínica que mantiene la compostura con una serenidad casi sobrenatural. Esa mujer es Michelle Fuller (Emma Stone), y sí, probablemente también sea lo más cercano a un extraterrestre que veremos en pantalla.
La actriz, que ha encontrado en Lanthimos su laboratorio personal, se despoja del glamour y de cualquier atisbo de decoro. Michelle pasa buena parte de la película cubierta de blanco, mirando a cámara con una calma que roza la crueldad. Su encierro no es tanto físico como simbólico: está prisionera de dos hombres convencidos de haber destapado el secreto del universo. Lo divertido — y un poco deprimente — es que su paranoia tiene más coherencia que la realidad.

Teorías, abejas y desesperación
Los primos Teddy (Jesse Plemons) y Don (Aidan Delbis) viven en una casa destartalada, rodeados de colmenas vacías y conspiraciones. Teddy es apicultor aficionado, pero su enjambre está desapareciendo, igual que el resto de su mundo. Para él, el colapso de las abejas y el de la humanidad son síntomas del mismo mal: los Andromedanos, una raza alienígena que, según cree, ha infiltrado las corporaciones y el poder global. Michelle, directora de una farmacéutica, encarna para Teddy todo lo que está arruinando el planeta.
El detalle perverso es que Bugonia no trata de extraterrestres, sino de hombres convencidos de tener razón. Teddy no tiene nada, y ese vacío necesita llenarlo con una cruzada. Su plan es grotesco: secuestrar a Michelle, arrancarle una confesión y esperar al próximo eclipse lunar para que lo lleve a su “nave nodriza”. Entre tanto, pasa las horas convenciendo a Don — un joven vulnerable, interpretado con ternura y desconcierto por Delbis — de que la misión es sagrada. La relación entre ambos es lo más triste y humano del filme: dos almas que confunden pertenencia con propósito.

Sátira o tragedia rural
Lanthimos dirige esta locura con un pulso sorprendentemente sobrio. No hay los tics mecánicos de Canino (2009) ni la teatralidad de The Favourite (2018). El humor surge de la incomodidad, del absurdo que florece en los márgenes de la desesperación. El guion de Will Tracy, inspirado en la cinta coreana ¡Salven el Planeta Verde! (2003), mezcla sátira política con retrato psicológico de una era intoxicada por internet. “Ya no leo noticias, leo comentarios”, dice Teddy, y con esa frase resume la podredumbre digital que alimenta su fanatismo.
Emma Stone, brillante en su contención, juega a ser espejo y verdugo. Su Michelle no necesita gritar para dominar la escena. Su mera presencia desmonta la autoridad masculina que intenta clasificarla. En cambio, Plemons se luce en su especialidad: personajes cuya obstinación los vuelve peligrosamente ridículos. Su Teddy es patético, sí, pero también trágico, una figura que se desmorona entre teorías y culpas heredadas.
El absurdo de la fe terrenal
El retrato que hace Lanthimos del mundo rural estadounidense no es complaciente. En medio de los Dollar General y los carteles de comida rápida, lo que abunda es la desolación. Todo el entorno parece tan enfermo como los personajes. No queda claro si los alienígenas existen o si la verdadera invasión proviene del vacío existencial que deja el capitalismo cuando ya no hay nada que vender ni comprar.

La película encuentra su fuerza en los contrastes. Los flashbacks en blanco y negro que muestran a Sandy (Alicia Silverstone), la madre adicta de Teddy, añaden un toque espectral, casi como si el pasado fuera un virus que se sigue replicando. La relación entre el mito alienígena y la desesperanza humana se siente orgánica: la necesidad de creer en algo, aunque ese algo sea una conspiración absurda, es un instinto tan antiguo como el miedo.
Minimalismo apocalíptico
Visualmente, Bugonia es la antítesis del Lanthimos barroco. La cámara parece temerosa de moverse, observando más que dirigiendo. La crudeza de los planos cerrados convierte cada gesto en una amenaza, cada mirada en una confesión. No hay nada de artificio, pero sí una sensación de peligro latente, como si el filme se grabara dentro de una mente descompuesta.
La música, casi ausente, se sustituye por el zumbido de las abejas desaparecidas y el murmullo constante de la paranoia. El resultado es un thriller que no depende del misterio, sino del deterioro emocional de sus personajes. La tensión no proviene de saber si Michelle es o no una alienígena, sino de observar cómo los humanos se comportan cuando creen tener todas las respuestas.

El espejo de Spielberg
Curiosamente, la película más “naturalista” de Lanthimos termina recordando al Spielberg más emocional. Como en Encuentros cercanos del tercer tipo, el contacto con lo desconocido sirve para explorar los límites de la fe. Cuando Michelle le dice a Teddy que no todo en el universo tiene explicación, la frase suena a sentencia. Para él, la idea de un mundo sin lógica es insoportable; para ella, es solo martes.
El director griego, que ha hecho carrera filmando seres que no saben cómo comportarse, entrega aquí su versión más humana del absurdo. Bugonia no pretende descifrar el caos, sino abrazarlo con un guiño irónico. En un tiempo donde cada click promete una verdad oculta, Lanthimos ofrece una advertencia divertida y cruel: a veces los monstruos no vienen del espacio. A veces solo están aburridos.







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