Drama con conciencia de clase

‘The Gilded Age’: La serie encuentra su mejor momento en su tercera temporada

La serie de Julian Fellowes encuentra lo mejor de su elaborada tercera temporada señalando el complicado período histórico que relata.

por | Jun 22, 2025

En su tercera temporada, The Gilded Age (2022-) regresa con más lujo, más intrigas amorosas, vestidos cada vez más sofisticados, pero también, y esto es lo importante, con una apuesta narrativa que por fin da a sus personajes negros la densidad que se merecen. Hasta ahora, la serie había esbozado sus presencias como notas a pie de página en una sinfonía blanca. Esta vez, las líneas del relato se entrelazan. La suntuosidad visual sigue siendo el plato fuerte, sí, pero hay una intención más clara de equilibrar la belleza con un contenido dramático más complejo. 

Lo que antes era una galería de estampas ahora empieza a parecerse a un fresco social con capas de conflicto más ricas. La tercera entrega se erige, así, como la más lograda del conjunto, al menos en términos de cohesión narrativa y pluralidad de voces. Se nota que Fellowes y su equipo han decidido dejar de lado el retrato monocromático para sumergirse en los matices.

The Gilded Age volvió con el drama y la sotisficación de siempre, pero apostando por la pluralidad de voces en la tercera temporada.

Cuando la nueva temporada se abre, no ha transcurrido mucho tiempo en la línea narrativa desde donde nos dejó el último episodio, aunque para los espectadores haya pasado más de un año y medio. La joven Marian Brook, interpretada por Louisa Jacobson con esa mezcla de candidez y determinación contenida, continúa su romance a escondidas con Larry Russell (Harry Richardson), heredero de una fortuna y poseedor de una sonrisa que parece sacada directamente de una pintura de Sargent. Este vínculo prohibido, que late bajo la superficie de la mansión van Rhijn, se mantiene oculto por las heridas recientes que dejó una propuesta anterior fallida. La estricta Agnes (Christine Baranski), siempre impecable en su juicio (y en su peinado de arquitectura gótica), no es precisamente el modelo de apoyo romántico.

Pero esta vez, su atención está dividida: la nobleza de antaño ve cómo sus riquezas se evaporan en una economía que cambia, y Ada (Cynthia Nixon), su hermana siempre callada, empieza a tomar decisiones financieras que antes habrían parecido impensables. El equilibrio entre ambas se resquebraja lentamente, como un espejo fino que todavía refleja belleza, pero ya está lleno de fisuras. 

Dilemas al otro lado de la acera

Carrie Coon como Bertha Russell.

Y si cruzamos la calle, la historia se complica aún más: Gladys (Taissa Farmiga), la hermana menor de Larry, se ve atrapada entre un pretendiente dócil y una madre con ambiciones titánicas. Bertha Russell (Carrie Coon) no quiere una hija enamorada: quiere un título nobiliario importado con moño. El patriarca, George (Morgan Spector), por su parte, continúa su cruzada industrial por la expansión ferroviaria, ignorando el drama doméstico que se cuece en su propia cocina.

Mientras la elite lidia con deseos, inversiones y alianzas, la floreciente clase trabajadora tienen sus propias intrigas: Jack (Ben Ahlers) el joven sirviente con sueños de inventor, espera que su artilugio para despertar dormilones encuentre comprador. Pero no todo es mecánica y esperanza: en el ala Russell, el personal intenta descubrir quién ha estado soltando chismes a la prensa, y la casa se convierte en un campo minado de sospechas. El mundo de The Gilded Age, más que una fotografía, es un tapiz: cada hilo está tensado entre deseos personales y las reglas inflexibles de un sistema social que exige máscaras, pero deja poco espacio para respirar tras ellas.

Ben Lamb como Héctor, el duque de Buckingham y Taissa Farmiga como Gladys Russell.

Nuevos aires para un querido personaje 

Durante las dos primeras temporadas, Peggy Scott flotaba entre dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno. Interpretada con sensibilidad por Denée Benton, su personaje era una presencia lúcida y sofisticada, pero confinada a los márgenes de la Quinta Avenida, donde sus interacciones estaban filtradas por su rol como secretaria personal de Agnes van Rhijn. Aunque se vislumbraba la riqueza emocional y la fuerza intelectual de Peggy, la historia apenas se asomaba a la complejidad de su vida personal

Sus padres, tenían líneas de diálogo que servían más como acentos de color que como trazos profundos en el lienzo narrativo. Sin embargo, esta temporada decide reparar esa deuda. Los creadores amplían el espectro y nos llevan a explorar un universo poco representado en dramas de época: la aristocracia negra neoyorquina. Por fin, los espectadores son invitados a cruzar el umbral de hogares donde el mármol y las bibliotecas no solo pertenecen a los Rockefellers

Amor y nuevos retos

Dorothy Scott (Audra McDonald) y Peggy Scott (Denée Benton).

Con la introducción de William Kirkland (Jordan Donica), un médico tan encantador como socialmente apto, el guión permite a Peggy experimentar una historia romántica que no está subordinada a su función como personaje secundario. Lo más revelador es que buena parte de esta relación se desarrolla en Newport, lejos del ruido de Manhattan, en un entorno que nos muestra otra dimensión de la elite afroamericana. Allí habitan sus padres, Elizabeth y Frederick, interpretados con la gravedad de quienes saben que la elegancia no siempre implica aceptación. Este cambio geográfico sirve como metáfora: alejados del foco blanco de la ciudad, los personajes negros pueden respirar más hondamente, tener conflictos internos, confrontarse entre sí

No todo es armonía: incluso dentro de este círculo selecto, los prejuicios de clase, tono de piel y pasado esclavista continúan operando. Elizabeth, con su porte casi regio, desaprueba el linaje de los Scott por razones que resultan tan amargas como reveladoras. La serie, sin caer en la trampa del panfleto, comienza a tensar los hilos raciales con más audacia. No hay sermones, pero sí miradas punzantes y diálogos que cortan como bisturíes, dejando expuestas las capas de hipocresía que sostienen tanto la sociedad blanca como sus reflejos en la alta sociedad negra.

‘The Gilded Age’ muestra una nueva dimensión 

Christine Baranski y Cynthia Nixon como las hermanas Agnes van Rhijn y Ada Forte.

Con el nuevo enfoque narrativo, Fellowes y su coguionista Sonja Warfield se atreven, al fin, a romper los círculos cerrados que antes mantenían a los personajes en compartimentos casi herméticos. Blancos arriba, negros aparte, como si sus vidas solo pudieran tocarse en los márgenes. Pero esta vez, la serie permite que los mundos se crucen con naturalidad (y una pizca de tensión deliciosa). Entre los grandes momentos de la temporada está, sin duda, el encuentro entre Dorothy Scott (Audra McDonald) y Agnes van Rhijn.

Un cruce de titanes. Dos mujeres mayores, fuertes, cada una armada con su propio código de respeto, orgullo y prejuicio. No es un choque de trenes, es más bien un duelo de abanicos en cámara lenta. Y es precisamente en esos momentos, cuando la ficción se permite respirar en lo íntimo, donde The Gilded Age demuestra su potencial. También vemos cómo Peggy empieza a expandir su rol más allá de secretaria y reportera. Ya no es solo observadora: se vuelve interlocutora. Reclutada por la sufragista Frances Ellen Watkins Harper (una aparición breve pero contundente de LisaGay Hamilton), Peggy se adentra en el activismo, revelando las fracturas entre feminismo blanco y negro que, aún hoy, resuenan. 

Peggy (Denée Benton) expone las fracturas dentro del feminismo blanco que hoy día siguen siendo cuestionadas.

Esto es un drama, después de todo

Entre tanto discurso, hay espacio para lo teatral: una médium entra en escena (Andrea Martin como Madame Dashkova, exagerada y deliciosa), trayendo ese toque de excentricidad decimonónica que sólo puede aparecer entre candelabros y muebles tapizados. Mientras tanto, la política de género se tensa como cuerda de violín en la historia de Bertha Russell. Ella, astuta y ambiciosa, ve con claridad lo que su hija aún se niega a aceptar: que la seguridad de una mujer en ese mundo depende — brutalmente — del estatus del hombre con el que se case. Por eso, aunque ama a Gladys, la empuja hacia un matrimonio estratégico con un título nobiliario británico. 

No hay maldad en sus acciones, sino una lógica despiadada que ha aprendido a fuerza de sobrevivir en una sociedad construida para excluirla. La paradoja es trágica: para proteger a su hija, la sacrifica. Y mientras tanto, en los salones iluminados por gas, las máscaras sociales siguen puestas. El progreso avanza, sí. Pero con tacones altos y en silencio.

Bertha Russell (Carrie Coon) continúa siendo una figura trágica.

Chisme, comentario social y lucha por la reivindicación

El arte de equilibrar crítica social con culebrón elegante no es fácil, pero esta temporada lo logra con un ritmo casi coreografiado. La historia de Agnes, cada vez más airada ante la ruina inminente de su estatus, se entrelaza con la determinación silenciosa de Ada, su hermana viuda, quien de pronto abandona su papel de flor de invernadero para unirse a la causa de la templanza. Lo hace no desde la pasión ideológica, sino desde el recuerdo de su difunto esposo, como si ese gesto fuera una forma de hablarle al más allá. 

En paralelo, uno de los matrimonios más estables de la Quinta Avenida cruje hasta romperse. Una esposa — de las que suelen mantenerse en el fondo del encuadre, perfectas y decorativas — se entera de que su marido quiere el divorcio. Y eso, en este universo, no es solo una catástrofe emocional: es una condena social. El destierro de las mujeres divorciadas no necesita barrotes, porque ya hay reglas no escritas, dictadas con una sonrisa gélida por Lina Astor, la gran sacerdotisa de lo aceptable.

Un final complicado para ‘The Gilded Age’  

Donna Murphy como Caroline «Lina» Webster Schermerhorn Astor.

En este contexto, Bertha vuelve a destacarse como figura trágica y aguda: lo que otros ven como ambición, ella lo asume como necesidad. Sabe que la posición de su familia no es segura. Que el apellido Russell aún no ha sido santificado por los siglos de sangre azul. Y entonces empuja, manipula, maquina. No por gusto, sino porque no hacerlo sería suicida. Sin embargo, incluso los planes más calculados pueden fallar cuando las emociones se filtran como grietas en el mármol. La relación con George, su esposo, empieza a desmoronarse bajo el peso de las diferencias estratégicas. Él, más pragmático, más enfocado en el acero y los trenes, se distancia. 

Ella, envuelta en sedas y obligaciones, se encuentra sola en la cima. Y en esa soledad, se cuecen decisiones que, aunque parecen sofisticadas, tienen el mismo motor primitivo de siempre: miedo, deseo y poder. Mientras tanto, los sirvientes no son simples decorados. Sus vidas, aunque marginadas, vibran con intensidad. Sus lealtades se tambalean. Los secretos flotan como polillas cerca del fuego. Y debajo de la opulencia, se escucha un murmullo constante: el cambio viene. Aunque venga con guantes blancos.

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