Hace unos años, el director uruguayo Fede Álvarez se puso al hombro una tarea que no muchos se atreverían a tomar: hacer una nueva versión del clásico de terror The Evil Dead (1981) de Sam Raimi. No solo nos sorprendió con una de las mejores remakes del género en los últimos años, sino que -como si fuera poco- también se apareció con su maravillosa Don’t Breath en 2016. Con el anuncio de que Álvarez produciría y co-escribiría la nueva historia de Leatherface, el futuro era prometedor para su saga.

Pero no todo lo que brilla es oro y pocas apuestas son seguras. Lo que nos ofrece Texas Chainsaw Massacre (2022), por un lado, es un guión bastante básico. Lo cual, hay que decirlo, no necesariamente está mal, cuando uno quiere divertirse con una película de horror. Pero la decepción aparece cuando, por momentos, se siente que la historia es quizá más cercana a la saga de Viernes 13 que a esta franquicia. Si antagonistas tan icónicos resultan intercambiables, hay un problema.

Hay una falta de definición sobre si esta es una reboot o no, porque -si bien hace alusión directa a la original de 1974 varias veces, planteándola como una continuación- no todo parece tener sentido. Confusamente, el Leatherface con el que nos encontramos, por alguna razón, parece haber terminado en un orfanato al cuidado de una mujer, después de los eventos de la original. Obviando completamente si el personaje era un adulto o por qué aquellos familiares supervivientes ahora son ignorados. Y si bien el vínculo entre Leatherface y esta figura materna parece aún ahondar más en aquello que inspiró a la saga, el mítico Ed Gein y la relación con su madre, la esencia de la historia de Tobe Hooper se pierde. Sí, hay una masacre. Sí, aparece la motosierra. Pero una parte fundamental de la historia es la familia caníbal que utilizaba a Leatherface como un perro de ataque rabioso, esa gente torcida que se presentaban como sureños amables y horas más tarde compartían la dulce piernita de un adolecente que por alguna razón había ido a parar a su pueblo. La atmosfera del gótico sureño esta, pero ese tono incómodo y grotesco se pierde completamente.

Tenemos, además, el retorno muy desaprovechado de un personaje clave de la Matanza original, en lo que es -además- un poco creativo guiño, que ya las últimas dos entregas de Halloween exploraron de forma mucho más satisfactoria. Por otro parte, el grupo adolescente de turno, ahora influencers (a manera de modernizar el grupo de chicos hippies de la cual la original se burlaba), caen al pueblo casi olvidado que ahora alberga al que parecer ser el último Sawyer.

La película es corta y al pie. Ochenta minutos de una historia simple en donde jóvenes llegan a renovar el pueblo y rematarlo para convertirlo en una utopía de streamers. Un vago comentario social respecto al uso de armas solo da paso a reafirmar que “con Texas no se jode”.  Pero, eventualmente, la narrativa gana algo de suspenso y se vuelve un slasher que va tomando ritmo. La verdadera atracción es, por supuesto, el gore. Y una escena que, lamentablemente, fue insinuada en el tráiler se convierte en uno de los momentos cinematográficos más sangrientos de los últimos años. Un punto para Netflix.

En definitiva, si se busca un slasher con algunas escenas brutales de mucha sangre y una que otra entraña, la película no decepciona. Pero es realmente una lástima que la historia se vuelva tan genérica. Tampoco está mal que intente explorar cosas nuevas, pero esta es una búsqueda con demasiados baches. Al final del día, la película poco tiene para aportar a nuestro loco de la motosierra favorito, más que una audiencia que quizás se ponga de su lado cuando llega la hora de masacrar púberes.

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