Can't Help Falling in Love

“Priscilla” de Sofia Coppola: La fama desde las sombras de una figura imponente

La leyenda deconstruida desde el punto de vista de la mujer que lo amó, como un hombre sometido a su impulso destructor y al delirio de la celebridad.

por | Dic 15, 2023

En la nueva película de Sofia Coppola no se incluye una sola canción de Elvis Presley. La ausencia es notoria, un poco extraña al principio, pero completamente adecuada. En especial, porque la directora tiene muy poco interés en la leyenda, interpretada con una sutil y perversa alegría por Jacob Elordi. El cantante que cambió la historia es -en esta versión de la historia- una figura enorme, levemente inquietante y manipuladora. Pero de ninguna forma el protagonista de este relato elegante, con un trasfondo oscuro que resulta devastador.

No se trata de la imaginación de Coppola. La cinta está basada en las memorias de la Priscilla titular: Elvis and Me, publicadas en 1985 y que le valiera la antipatía de los fanáticos. La razón es obvia: el libro, y ahora la película, golpean a la figura del mito con una fuerza sigilosa pero voraz. De modo que le muestran como una figura radiante, solar y apolínea, con todo el poder – público y monetario – a su disposición y que hacía uso de él.

Al contrario de su esposa, encarnada con tino por Cailee Spaeny. Esta es retratada por la cinta desde la perspectiva de la fragilidad. Y no lo hace por conveniencia del guion o para enviar un mensaje. La Priscilla de Coppola tiene la misma delicadeza que la real, que en su libro cuenta con una dolorosa inocencia, que ser motivo de interés de “El Rey” cambió su vida desde el primer minuto, pero también:

Opacó cualquier otra aspiración personal que pudiera tener.

Lo mismo ocurre en la película, solo que la realizadora compone el escenario como una puerta que se cierra lentamente para aislar a su personaje. Priscilla sabe que cualquier aspecto de su vida tendrá que complacer y sostener el de Elvis. Que cada uno de sus deseos tendrán que estar supeditados al del amor, idealizado en público y en privado. Priscilla, en la versión de Coppola, está horrorizada por la posibilidad de perder a Elvis, el amor que la rodea como una condena que transformará su vida. 

La directora crea una composición de cuadros de luz y sombra para narrar una historia en esencia trágica. Cada vez que Priscilla aparece, hay una radiante belleza de salones de colores exquisitos y ventanas que miran hacia calles y edificios resplandecientes al sol.

Por el contrario, Elvis es un tótem de poder, real y en la imaginación de su novia y después esposa, total. Como si luz y sombra colisionaran, la película explora en este matrimonio que era un camino hacia la adoración devota. Para la directora, Elvis es una superpresencia, un hombre capaz de desdibujar a los que le rodean con su brillo.

El dolor de perderse a una misma 

En contraste, su esposa es una niña aislada, preocupada y desconcertada. Y Coppola hace el énfasis en la juventud de Priscilla, desde su punto de vista más incómodo y cercano a lo retorcido. Con catorce años, la que se convertiría en una especie de mito dentro del mito, es de una fragilidad preocupante. En especial para un Elvis diez años mayor — y físicamente una presencia masculina imponente — que la rodea como un todo y la sostiene como una vorágine de emociones y sensaciones. 

Es evidente que Coppola no desea contar una relación de abuso, grooming o violencia física — porque en realidad no lo fue — pero Priscilla bordea constantemente lo incómodo. La joven admiradora, que se transforma en novia, todavía se sonroja al primer beso y tiembla de miedo ante insinuaciones.

La cámara se acerca, para mostrar su rostro y dejar claro que es una chica, pequeña y que, todavía, necesitará años para hacerse mujer. Al contraste, Elvis es un hombre fuerte, la masculinidad pura de una década y tiene todo el poder en una relación destinada al desequilibrio. 

Coppola profundiza en cuestiones que, en la actualidad, resultan duras de asumir. Como el hecho de que Priscilla se convirtió en rehén de la celebridad de su esposo, que de hecho, su vida comenzó a existir — como hecho y a los ojos del público — con la muerte de este.

Mucho más cruel aún: que para Elvis, Priscilla era una pieza en medio de una maquinaria creada a su medida. Deseaba una esposa y la superestrella la tuvo. No importa si era una niña que todavía iba al colegio y él, un hombre en el ejército.

Coppola hace uso de la cámara para narrar lo anterior con una habilidad que sorprende. La percepción de la escala — del poder, de la influencia, de la independencia — en la pareja se muestra como largos primeros planos en los que ambos permanecen en silencio. Ella, asombrada por el amor, atemorizada por los límites, desconcertada por no encontrar su lugar.

Al otro lado, Elvis, rodeado de lujos y una alegría maníaca, la mira a la distancia. Le concede el don de su atención. La paleta de colores cambia de una tonalidad de ensueño en pasteles y rosa — que recuerda a otra obra de la directora, Marie Antoinette (2006)  — a una degradación de grises, nostálgicos, elegantes y duros. 

Esta no es una historia de amor y no está concebida para que lo sea. Es un relato sobre la soledad, el desarraigo y al final, las fronteras que separan al amor romántico de la manipulación y el dolor. Lo que Coppola demuestra con uno de sus finales más dolorosos y sutiles. Nada es lo que parece en Priscilla, tampoco el romance y la vida idílica.

Pero al final, esa disociación se convierte en un tipo de terror discreto que le brinda a la directora, una de sus historias más maduras. Elvis no es abusivo o malvado. Simplemente, jamás miró atrás para comprender — o amar, en realidad — a la mujer que desapareció bajo su sombra. 

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