Peter Bogdanovich nos dejó, pero sus películas y su importancia en la historia del cine ya son eternas. Los méritos del director e historiador son múltiples. Para empezar, integró la generación del Nuevo Hollywood, que entre fines de los ‘60 y principios de los ‘70 revolucionó la industria gracias a films más anclados en el mundo real. The Last Picture Show (1971) y Paper Moon (1973), aun cuando transcurrían en épocas pasadas, son fieles a esa premisa. 

Pero antes de los largometrajes que lo consagraron, y como otras figuras del Nuevo Hollywood, Bogdanovich supo ser uno de los alumnos del prócer del cine clase B: Roger Corman. Gracias a él, Peter dejó de ser sólo un periodista de cine -actividad que nunca abandonó- para hacer cine. Aprendió a los golpes, literalmente: siendo asistente de dirección durante el rodaje de Los Ángeles del Infierno (The Wild Angels, 1966), recibió una paliza memorable por parte de aquel grupo de motoqueros. Corman confió en el novato, y lo tuvo en cuenta para desafíos mayores. Le dio una película de ciencia ficción rusa y le pidió que añadiera escenas con mujeres ligeras de ropa. El resultado fue Voyage to the Planet of Prehistoric Women (1968). 

Bogdanovich impresionó a Corman lo suficiente como para recibir la propuesta de hacer una película de terror en diez días y con Boris Karloff. Para fines de los ‘60, el otrora Frankenstein de la Universal venía participando en producciones cormanianas como The Terror (1963). De hecho, el astro le debía dos días de trabajo al productor, que sacó partido de esa ventaja. Con estas condiciones y un escaso presupuesto, Bogdanovich aceptó el reto de concretar su verdadera ópera prima. Odiaba -y siguió odiando- el género de terror, pero encontró la manera de hacer un film. Así surgió Targets, conocida en Argentina como Míralos morir.

Antes de seguir, vale recordar el panorama del terror de la época. Desde sus comienzos en los años ‘30, incluso desde el período mudo, las películas de miedo eran piezas góticas ambientadas en el siglo XIX, o que sucedían en tierras lejanas y estaban protagonizadas por burgueses o profesionales que poco tenían que ver con la gente común. Drácula, Frankenstein, la momia, el hombre lobo, el hombre invisible, todos venían de lejos. Así sucedía en los clásicos de la Universal, en los largometrajes de la compañía británica Hammer Films, y hasta por el lado de Corman. Se valió del estilo gótico, con sus caserones y sus sótanos rebosantes de telarañas y secretos, para su serie de adaptaciones de cuentos de Edgar Allan Poe, mayormente protagonizadas por Vincent Price.

Pero las reglas del juego comenzaron a cambiar de la mano de un director que, curiosamente, nunca se adentró en el terror: Alfred Hitchcock. Gracias a Psicosis (1960) demostró que el tímido recepcionista de un motel podía ser un asesino perturbado, mientras que Los pájaros (1963) nos hizo saber que simples aves podían revelarse contra la humanidad. Fueron los puntos de partida para el terror moderno, que quedó inaugurado oficialmente en 1968, con el estreno de El bebé de Rosemary, de Roman Polanski, y La noche de los muertos vivos, dirigida por George A. Romero… y Targets.

La película comienza como una de aquellas piezas de terror más gótico, con Karloff como figura central. A los pocos minutos descubriremos que se trata del más reciente trabajo de Byron Orlok (Karloff), una estrella de películas de miedo que ya no inspira miedo. “Soy una pieza de anticuario”, dice luego de anunciar su retiro. En paralelo, Bobby (Tim O’Kelly), un joven atractivo de clase media, veterano de Vietnam, se reúne con sus padres y su esposa. Parece tener una vida ideal, despreocupada, pero no es así. Sus siguientes pasos incluyen un arsenal, una buena cantidad de municiones y una cantidad más abultada de objetivos humanos, empezando por su propio clan. Los caminos de Orlok y de Bobby se cruzarán en un autocine, donde el actor presenta su película y el joven ejecuta su masacre más ambiciosa.

En su intento por hacer algo distinto partiendo de material de terror clásico, Bogdanovich asentó el terror moderno con algo de metalenguaje. Orlok es un actor en una situación similar a la de Karloff en la vida real. Es un monstruo de otra época, y un monstruo de ficción. En cambio, Bobby representa el monstruo del aquí y ahora, el que podría pasar por un amigo o vecino. Un monstruo que no parece tener un motivo para su capacidad de destrucción. Bien lo resumió el periodista Jason Zinoman en su libro Shock Value (conocido en español como Sesión sangrienta): “No poder explicar el Mal: ese es el verdadero horror”.

Sin embargo, Bogdanovich hace referencia a Vietnam, guerra que Estados Unidos perdió y que contribuyó a derribar la confianza de una sociedad golpeada por el asesinato de John Fitzgerald Kennedy y, unos años después, por el Watergate. También habla de la cultura de las armas, que Bobby acarrea por el lado del padre, y de la alienación creciente. Elementos que posibilitaron el terror moderno. En el final, Bobby es detenido por el valiente Orlok, pero no termina de ser un final feliz: esta nueva amenaza, que camina sonriente bajo el sol, puede adquirir otras formas igual de familiares, igual de reales.

Targets (1968) estuvo lista en la misma época del asesinato de Martin Luther King, pero eso no impidió que Paramount la comprara para estrenarla en algunos cines. Con el tiempo se volvió de culto. Así Bogdanovich, que en el film compone al joven director y amigo de Orlok, pudo empezar de lleno su carrera como cineasta y convertirse en una figura que nunca dejaremos de recordar.

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