Pam & Tommy (2021), que se ha publicitado como la primera producción para adultos de la plataforma secundaria de Disney, es un curiosa mezcla entre la timidez argumental y lo audaz. La combinación hace que el supuestamente explosivo argumento no siempre resulte creíble. El relato del escándalo mediático más recordado de la década de los noventa también es una crítica a la celebridad basura y efímera. Entre tantas ideas dispares, el guion tiene verdaderos problemas para sostenerse con solidez.

Sin duda, se trató de un reto para la plataforma de Disney, que adaptó el artículo “Pam and Tommy: The Untold Story of the World’s Most Infamous Sex Tape» de 2014 (publicado en la revista Rolling Stone) en una cuidada pieza televisiva. Sin dejarse llevar por el impulso del escándalo inmediato, la serie es en realidad una mirada sobre un hecho que sacudió al mundo del entretenimiento. También, sobre conceptos complicados como la fama, la privacidad y la intimidad. De hecho, la producción deja muy claro sus intenciones al recorrer con cuidado lo que será el escenario del futuro desastre.

La primeras secuencias de la serie muestran a Rand Gauthier (Seth Rogen), el hombre que robará y venderá el ya icónico video, en medio de una ola de rencor. Se trata de un recurso inteligente que deja claro que el argumento es mucho más que un relato sórdido. Esta es la historia de un hecho que puso a prueba la idea sobre lo íntimo y la explotación de la fama que comienza desde lo básico. Pero a pesar de sus buenas intenciones, Pam & Tommy (2022) no analiza del todo ese singular filón sobre el reconocimiento y la voracidad colectiva acerca de sus figuras predilectas.

Contar una historia sórdida sin caer en sus puntos más oscuros reviste de una considerable dificultad. Y aunque el resultado de esta serie es satisfactorio, no siempre es uniforme. Mucho menos, cuando su argumento, estética y actuaciones rozan con frecuencia los ribetes de la polémica, sin llegar a mostrar sus puntos más duros. La historia del sex tape más vendido de la historia es, también, la de la celebridad fugaz y superficial. A la vez, es una mirada poco convincente acerca de los difusos y peligrosos límites entre lo íntimo y lo privado en nuestra época. Todo, con un toque de extravagancia y exuberancia despreocupada que brinda a la serie sus mejores momentos.

No obstante, Pam & Tommy no logra profundizar en lo que parece ser su punto más urgente. O mejor dicho, recorrer los lugares más complicados de un escándalo que mostró el real poder de un incipiente internet. Y más allá, la forma en que la fama sustentada en el escándalo puede ser un monstruo en sí mismo. La serie, producida por Craig Gillespie y con el showrunner Robert Siegel a la cabeza, trata de mantenerse dentro de ciertos límites. Hacerlo además, a través de un recorrido incómodo acerca del mundo de los excesos.

Esa conciencia de la frontera que no se puede transgredir, convierte la audacia en pequeños destellos de ingenio. Pero, en conjunto, la promesa de narrar un hecho resonante en la cultura pop con todos sus detalles perversos, nunca se cumple. No solo la producción se mantiene a distancia de sus personajes, sino además, de la historia. Como un observador sin mucho que decir, el guion va y viene mientras deja en claro los puntos más obvio de un escándalo convertido en hito. Pero es evidente que tanto el guion como la puesta en escena, necesita cuidar ese espacio intangible que evita tocar. Y el resultado es una singular mirada pulcra a un suceso conocido por, precisamente, sus espacios oscuros.

Una historia dolorosa que comenzó en el lugar más inesperado

En 1996, Pamela Anderson era la mujer más atractiva del mundo y la que más interés despertaba. Su participación en la serie Baywatch (1989-2001) la había convertido en una celebridad pop a alta escala. Por su parte, Tommy Lee ya era conocido como uno de los fundadores y baterista del grupo de heavy metal Mötley Crüe. El matrimonio entre ambos se convirtió en una curiosidad y después, en un suceso mediático. Pero mucho más cuando un sex tape de ambos llegó al incipiente mundo online y se convirtió en un escándalo mayúsculo.

Con la promesa de narrar minuciosamente un suceso semejante, la serie comienza por lo básico. En sus primeras escenas, muestra la enorme mansión de la pareja y la sensación de caos decadente que acompañó su corta, intensa y disparatada relación. Es evidente que el guion quiere dejar claro que la relación de Anderson y Lee era un espacio complicado desde el principio. Lo era, en su bulliciosa y extraña concepción sobre el amor, la intimidad y la fama. Pero también, por el hecho que ambos eran carne de cañón para un desastre inminente. La cámara sigue a sus personajes con atención, los estudia e intenta no brindar conclusiones inmediatas. Pero resulta complicado no hacerlo, mientras el guion acentúa el aire de desastre casi inofensivo que no termina por resolver del todo.

El escándalo rodeaba a la pareja desde el mismo momento en que ambos contrajeron matrimonio en 1995, menos de cien horas después de conocerse. Pamela Anderson formaba parte del imaginario estadounidense, gracias a su papel como C. J. Parker. Ataviada con un bañador color rojo vibrante, se había convertido en uno de los rostros más reconocidos de la serie Baywatch. Por su parte, Tommy Lee llevaba la escandalosa vida de una estrella de rock. Para el momento en que ambos se conocieron, la colisión fue casi inevitable. Anderson diría después que supo contraería matrimonio con Tommy “nada más verlo”. Lee, con una larga sucesión de parejas y escándalos por motivos de adicción a cuestas, consideró el matrimonio “una locura más”. Antes, ya había estado casado durante siete años con Heather Locklear, también una estrella televisiva.

La relación entre Anderson y Lee causó conmoción. Se convirtieron en los favoritos de los tabloides y también, de la naciente cultura de los paparazzi. En especial, cuando juntos se convirtieron en el primer matrimonio célebre, cuya fama consistía en acumular escándalos. En 1995, todavía era una novedad la condición de la celebridad por el solo hecho de los excesos. La pareja capitalizó la premisa y la convirtió virtualmente en una marca. La prensa amarillista los perseguía a todas partes, mientras la sucesión de peleas, borracheras e incluso, sobredosis, saltaban a los cintillos.

Entonces, ocurrió un suceso que cambió para siempre la relación entre los famosos y la recién nacida internet. Un video casero — que incluía escenas sexuales — entre Anderson y Lee comenzó a venderse online. No se trataba de la primera vez que algo semejante había ocurrido, pero sí, la ocasión en que demostró lo tortuoso de un escándalo incontrolable. Uno que abrió las puertas a la idea de los peligros de la democratización de medios de internet. También, que mostró el vacío legal alrededor de la difusión de material privado.

Una gran fiesta con un final complicado

Uno de los puntos altos de la serie es la caracterización inteligente de Sebastian Stan (Captain America and the Winter Soldier) como Tommy Lee y de Lily James (Cinderella) como Pamela Anderson. Ambos actores evitan con habilidad la caricaturización y brindan un vivo retrato de sus personajes. Juntos, componen un reflejo de la fama, bullicioso y casi ingenuo. El resultado es un retrato consistente de una pareja convertida en símbolo de la década.

La Pamela Anderson de James es una mujer llena de ambiciones y, también, aturdida y fascinada con el fenómeno a su alrededor. La actriz evita hipersexualizar a su personaje y, gracias a eso, el argumento tiene mucho más oportunidad de explorar sus matices. Por su lado, el Tommy Lee de Stan es la encarnación de la figura escandalosa por excelencia. Con el cuerpo lleno de tatuajes y una risa desordenada, es una figura feliz y despreocupada, siempre al borde del desastre. La serie se toma con paciencia la presentación de sus personajes y, sobre todo en su segundo episodio, les brinda una verdadera humanidad. Pero lo hace con tanto cuidado de evitar rebasar límites, que termina por parecer en exceso pulcro. En algunos puntos, Pam & Tommy es una producción muy consciente sobre sus propias debilidades. El hecho que jamás podrá mostrar lo más extraño y agresivo de una historia incómoda.

Y aunque el guion es lo suficientemente consistente para narrar la historia con propiedad, pierde la oportunidad de ser más contundente. Una vez que estalla el escándalo, la trama va de un lado a otro sin saber en cuál punto concentrarse en realidad. Lo hace con una complicada condición de mostrar por primera vez, cómo afectó a Pamela Anderson un tipo de fama violenta e incontrolable. La serie está lo suficientemente comprometida con el tema como para dedicar una buena cantidad de tiempo a su análisis. Pero no encuentra la dimensión real para dirimir la cuestión más complicada. ¿Cómo la pareja pudo lidiar con un escándalo inédito, sin otro referente que el de su instinto?

La serie muestra los errores, el miedo de ambos y, al final, la forma en la que la difusión del video sexual terminó por destrozar a la pareja. Y aunque a más de veinte años, la experiencia pueda resultar trivial en comparación a otros escándalos, la serie deja en claro el hito que marcó. El argumento explora la celebridad, los peligros de la ruptura de la intimidad y la ausencia de límites. Pero de nuevo, evita los cuestionamientos más duros en favor de un cierto sesgo reflexivo sobre la crueldad cultural.

Y una vez que es historia, ¿ahora qué?

Desde las primeras escenas que muestran a Rand Gauthier (Seth Rogen), responsable del robo y venta del video, la serie deja claro a dónde llegará. E intenta sorprender, al tomar una dirección por completo distinta. No obstante, al final, Pam & Tommy tiene más ambición que recursos para narrar una historia complicada sin un final feliz.

En especial, cuando la serie no abarca el verdadero impacto del escándalo: como afectó la carrera de Pam Anderson. Convertida en objeto sexual y sin control de su imagen, la serie tiene poco que decir sobre el peso que la actriz llevó a cuestas. Tampoco, la forma en que Tommy Lee reaccionó a un hecho que superó su experiencia en el mundo del espectáculo. En realidad, el argumento termina por atravesar el conflicto a marras con cierta premura inexplicable. Y sin duda, perder el pulso al contar como un hecho puntual, transformó la idea de la fama en medio de internet en algo por completo distinto. 

En especial, cuando el conflicto alrededor del video parece jamás terminar del todo. Para 1998 y con el matrimonio disuelto, la batalla legal siguió en cortes. Ese año, el juez de distrito de los EE. UU. Dean Pregerson declaró que la pareja debía cobrar $ 740,000 cada uno. El motivo: las ganancias no declaradas y el juicio del ex matrimonio contra la IEG. Al final, con el escándalo de nuevo en mitad del ojo público, el video volvió a convertirse en un éxito de ventas. Luego de varias demandas desestimadas y al final, el reconocimiento de los derechos de autor, Anderson y Lee lograron detener el escándalo.

En 2001, un tercer juicio brindó a las celebridades un cheque con una cifra no revelada y que permitió evitar cualquier venta sin su autorización. No obstante, en una última jugada, IEG abrió una página web con una versión reducida del video, del que aún puede comprarse copias no autorizadas.

Un torbellino que esta nueva ficción muestra a medias. Para cuando sus últimas secuencias llegan, es evidente que la serie dejó claro que hay una barrera invisible que no pudo cruzar. Y aunque cumplió su cometido de la mejor manera que pudo, la sensación es que no es suficiente. O al menos, que pudo ser más ingeniosa que un mero recuento de hechos. Quizás, su punto más bajo en su narración de un escándalo perverso que llega a la pantalla chica sin sorpresas.

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