Es sabido ya que cuando Hollywood encuentra un gancho para atraer a la audiencia, estas nuevas fórmulas se repiten con cada nuevo estreno. Cuando The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring (2001)  demostró que la fantasía medieval no era un mero entretenimiento infantil, distintas sagas épicas inundaron nuestras pantallas. Estos días la nostalgia y los cameos son sin duda lo que se espera nos lleve a comprar una entrada al cine y que el cierre de la trilogía de Jurassic World apele a este recurso es, sin dudas, un acierto. Por lo menos, genera curiosidad por parte de los fans de la saga que Steven Spielberg comenzó en Jurassic Park (1993), estén convencidos a no con lo que su heredera, la trilogía de Jurassic World (2015 – 2022), logró estos últimos años.

Años pasaron ya desde que un volcán hizo erupción en la Isla Nublar y desde que Owen (Chris Pratt) y Claire (Bryce Dallas Howard) adoptaron a Maise (Isabella Sermon), clon de la hija de un antiguo colega de John Hammond (Richard Attenborough), creador del ya mítico Jurassic Park. Owen, Claire y Maisie no solo deben adaptarse a un tiempo en donde los dinosaurios ahora andan sueltos por el mundo, sino que también viven reclusos en los bosques y lejos de la ciudad, intentando que la identidad de la niña se mantenga en secreto. Pero eventualmente la chica es raptada y una nueva y malvada corporación tiene planes para con ella.

Simultáneamente, nos enteramos que algunos magnates continúan jugando a ser Dios, manipulando la genética de ciertas especies para favorecerse económicamente. Esto lleva a que los héroes de la saga original, Alan Grant (Sam Neil), la doctora Ellie Sattler (Laura Dern) y un siempre excéntrico y orador en nombre de la teoría del caos, el doctor Ian Malcom (Jeff Goldblum) tengan su esperada reunión, conscientes de que esta plaga casi bíblica de langostas genéticamente modificadas puede ser mortal para la humanidad.   

Puede parecer injusta la comparación, pero es difícil ignorar el contraste que esta película genera teniendo en cuenta que comparte cartelera con otro filme que practica exactamente el mismo ejercicio con la nostalgia, Top Gun: Maverick (2022). La secuela de Top Gun (1986) supo tomar todas aquellas cuestiones que convirtieron a la original en un éxito, elevando cada uno de los aciertos de la primera parte para generar mayores tensiones y un drama interesante, construyendo un relato que al mismo tiempo mantiene el espíritu de una película de la década del ochenta. Hay una búsqueda muy satisfactoria ahí. Jurassic World: Dominion (2022) palidece en comparación, ya que es mucho más austera en ese sentido, pero no por eso vamos a decir que no cumple con lo que promete.

Esta es una película con un guion mucho más sencillo, complaciente y entretenida, contando un par de historias paralelas que divide a los tríos protagonistas, pero que funciona dentro de su ritmo ágil. El tono en que son presentados los personajes clásicos es mucho más liviano y cómico en comparación a la acción y peso dramático que acompañan a Owen y Claire. Pero, a pesar de esas discrepancias tonales, su director Colin Trevorrow logra encontrar un punto medio en el tercer acto.

No falta la colección de easter eggs, artefactos que podemos reconocer de películas pasadas meticulosamente puestos en el set. También los homenajes aparecen en ciertas escenas reflejando a otras de la original, o la manera en que se recuperan personajes secundarios, expandiendo un poco sus antiguos roles. En cierta forma, se logra hacer borrón y cuenta nueva de fallos en secuelas que dejaron descontentos a los fans, aprovechando por ejemplo a la doctora Sattler, quien en entregas anteriores poco tuvo que aportar más que un triste cameo  y que en esta nueva historia logra hacer del motor y pegamento de la vieja generación. Por el contrario, los personajes nuevos que se nos presentan poco tienen para ofrecer, bidimensionales y olvidables, pero funcionales al relato.

Jurassic World en su momento nos dejó una reflexión muy acertada: el público ya se acostumbró a ver dinosaurios y demanda más. Ni los mejores efectos especiales van a devolvernos la magia que sentimos cuando vimos por primera vez al majestuoso braquiosaurio que dejo boquiabierto a Alan Grant. Pero al menos, en un salto evolutivo, nuevos animales ahora plumíferos son presentados en un intento de acercarnos un poco a ese espíritu. Además hace su aparición el que podría volverse un favorito de la audiencia argentina: el neuquino giganotosaurus.

El capítulo final de la trilogía que Trevorrow  comenzó, y a la que vuelve como director, para su cierre, básicamente cumple con las expectativas. Al igual que como los dinosaurios y humanos deben coexistir en este mundo, la última entrega de la saga hace que dos generaciones converjan dentro y fuera de la pantalla, en una entretenida aventura final para una trilogía que fue, como mucho, regular.

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