En el libro The Godfather Notebook de Francis Ford Coppola publicado en 2016, el director cuenta una anécdota curiosa sobre los actores que interpretaron a la familia Corleone. Una vez que estuvo completo el elenco central de la película, se filmaron algunas escenas que no tuvieron un gran impacto. Eran solo actores interactuando entre sí. Ford Coppola, que mantuvo durante meses una larga comunicación vía correo con el autor de la novela original Mario Puzzo, sabía que la mafia era algo más que una organización criminal. Era un estilo de vida y algo más relacionado con la familia, la médula sensible de una idea singular sobre la transgresión y la devoción hacia la cabeza del clan. Y era justo eso lo que el director quería mostrar en su film. ¿Cómo lograr algo semejante? Luego de varios intentos y resultados mediocres, Coppola tuvo una idea. 

“Les pedí que comieran juntos”, escribe el director en el libro. “Todos, Al Pacino, Marlon Brando, John Cazale, Robert Duvall y James Caan se sentaron a la mesa. Había pasta, vino y postre. Les dije: coman y conversen entre sí”. Poco a poco, los actores, que apenas se conocían comenzaron a reír y a bromear en voz alta. Y de inmediato, Coppola comprendió la dinámica de la familia Corleone. La forma en que el extraño vínculo entre todos los miembros del clan se mostraba en chistes, comentarios, incluso gestos. Pero fue James Caan el que dejó la huella más perdurable. “Era Santino Corleone. Fuerte, impetuoso. El que reía a carcajadas, el que inclinaba la cabeza para escuchar, el centro de toda la energía en la mesa. El actor ideal para interpretar a un hermano mayor implacable, imparable y amado”. 

Algo de la personalidad de Santino ‘Sonny’ Corleone definió durante buena parte de su carrera al recién fallecido James Caan. Convertido en ídolo e ícono cinematográfico, el actor se granjeó fama de impulsivo, complicado y tempestuoso. También, de ser una fuerza de la naturaleza, cuya presencia era extraordinaria. Incluso desde sus primeros y breves papeles en la televisión en series como Los Intocables (1959-1963), The Alfred Hitchcock Hour (1962-1965), Combat! (1962-1967), Ben Casey (1961-1966), Dr. Kildare (1961-1966), Rodeo (1962-1963) y Ruta 66 (1961), Caan se destacó por una personalidad arrolladora. “Recuerdo que muchas veces, me pedían que mi personaje fuera fuerte. ¿Cuál era el sentido de esa fuerza?”, se preguntó en voz alta en una entrevista para Variety hace unos años. “Comprendí que todo personaje tiene una historia, una vida, energía. Le imprimí eso a todos, incluso a los más pequeños, a los que apenas interpretaba por minutos”. 

Caan era un actor intuitivo y brillante. Uno que tenía una presencia física formidable, que sorprendía e incomodaba. “Jimmy era un hombre corpulento, con andares de estibador y que impresionaba por su talla”, contó Coppola en The Godfather Notebook. “Y aunque Sonny se describía en los libros como sensual y violento, Jimmy lo retrató como un hombre imparable. Una energía fundamental que mostraba a la primera generación de los Corleone. Todo lo que Norteamérica les había dado y lo que esperaban del futuro”. Para Caan, la actuación siempre tuvo algo de esa convicción de un poder invisible, energía pura condensada en las historias como un lenguaje elaborado. Tanto, como para que desbordara escenarios, exigencias o límites. 

Un hombre con la fuerza necesaria para triunfar 

“No necesito a Hollywood”, dijo para una entrevista con Rolling Stone. Corría el año 1981 y el actor atravesaba uno de sus constantes escarceos con la prensa. “Puedo actuar incluso en teatros, en pueblos sin nombre. La actuación se lleva en las venas”. Para entonces, Caan había recorrido un largo trecho hasta convertirse en una estrella. Desde su primera aparición en el cine en el thriller de 1964 Una mujer atrapada, hasta su temprana participación con Francis Ford Coppola en la película The Rain People de 1969. Caan se convirtió con rapidez en el prototipo del hombre fuerte, inteligente y sagaz que Hollywood necesitaba para papeles inclasificables. 

Coppola, sin duda, lo admiraba. “Podía ser tan fuerte como vulnerable, todo en menos de dos gestos y con una sola mirada”, dijo en el director en su libro. “Muchas veces, un actor puede ser poderoso pero no entrañable. Jimmy era ambas cosas”. Y de hecho, la camaradería fue una buena razón para contratarle de nuevo, esta vez para The Godfather, en 1972. Coppola, que lidiaba con la gigantesca presión de llevar a cabo un film que rescatara al estudio Paramount de la quiebra, encontró en Caan un apoyo al incesante trabajo, a los enfrentamientos con los productores y a los momentos más duros. Para el director, Caan era más que un actor en el que confiaba. Era un figura sólida que le permitía comprender su trabajo desde un punto de vista por completo distinto. 

“Jimmy fue alguien que estuvo a lo largo de mi vida más tiempo y más cerca que cualquier figura cinematográfica que haya conocido. Desde esos primeros tiempos trabajando juntos en The Rain People, y a lo largo de todos los hitos de mi vida, sus películas y los muchos papeles geniales que interpretó nunca serán olvidados. Siempre será mi viejo amigo de Sunnyside, mi colaborador y una de las personas más divertidas que he conocido”, dijo el director en una sentida entrevista a MovieWeb propósito de la muerte de Caan

Un hombre complicado, un actor brillante 

Luego de la nominación al Oscar como actor de reparto por El Padrino, la vida de James Caan cambió para siempre. Entre 1973 y 1982 participó en quizás, varias de las películas más emblemáticas de su carrera. Cinderella Liberty (1973), Rollerball (1975), Harry And Walter Go To New York (1976), A Bridge Too Far (1977), Comes A Horseman (1978) y Chapter Two (1979) deslumbraron a la crítica y le convirtieron en una figura desconcertante. También en 1980 debutó como director en Hide In Plain Sight, film que también protagonizó y en el que obtuvo críticas mixtas. Finalmente, en 1981 volvió a la actuación con Thief, dirigida por Michael Mann, de la que diría que -después El Padrino– era una de sus películas favoritas. 

Pero en esencia, el actor continuó siendo un hombre extraño y carismático que sorprendía e intrigaba a la prensa a partes iguales. En su ya icónica entrevista para Playboy y que Far Out Magazine recuperó en su homenaje, el actor se burla de su relación con los periodistas y el mundillo de Hollywood. “Realmente no eres tan malo como este tipo que me hizo una entrevista horrible, quiero decir, increíblemente estúpida, hace un año. Al final, tratando de ser lindo, dijo: ‘¿Cuál es la pregunta más tonta que te han hecho en una entrevista?’ Lo pensé por un segundo y dije: Esta es”, dijo el actor. 

James Caan con sus compañeros de elenco en El Padrino, Robet DeNiro y Al Pacino

De 1981 a 1987, Caan cayó en una depresión profunda debido a la muerte de su hermana. Y dedicó buena parte del tiempo a tratar de lidiar con sus problemas de drogas y alcohol. Por meses, se refugió en la mansión Playboy — “semanas que apenas recuerdo” — y después, trató de rehabilitarse a fuerza de ejercicio físico. Fue entrenador escolar, también dedicó buena parte de su singular energía a recuperar el equilibrio mental y físico. “Fue una época basura”, dijo para Bright Lights Film Journal, “pero comprendí que incluso lo que se ama puede ser peligroso”. Finalmente, Francis Ford Coppola logró convencerle de actuar de nuevo en la discreta Jardines de Piedra de 1987. Caan, recuperado pero mucho más cauteloso con la fama y sus estragos, regresa para crear una colección de personajes que asombran por su intuitivo poder interior. 

Misery (1990) de Rob Reiner es quizás el momento más alto de esta segunda etapa de su vida en la pantalla grande. En un duelo actoral con la extraordinaria Kathy Bates, la adaptación de la novela homónima de Stephen King se convirtió en un thriller de suspense que sorprendió por sus matices. Y Caan demostró, de nuevo, que podía crear un personaje inolvidable, incluso fuera de su registro habitual. El crítico Roger Ebert celebró su actuación y, en específico, la capacidad de Caan para mostrar el dolor, el miedo y la furia, con una sutileza desconocida. 

Con todo, la película planteó para el actor un reto desconocido. Llena de escenas de violencia cruda que requerían una puntillosa coreografía, Caan se negó a filmar las escenas más de una vez, a pesar de la inquietud de su co-estrella. “Tuvimos una situación muy graciosa en la que a Kathy se inquietó (…) Le gustaba ensayar y yo no quería ensayar”, admitió en una entrevista para Entertainment Weekly, que la revista recuperó con motivo de la muerte del actor. La película, que narra la historia de un escritor secuestrado y torturado por una enfermera, requirió que el actor claudicara y construyera el personaje más allá de la improvisación. “Al final, el resultado fue que pude entender a Paul más de lo que nunca supuse”, explicó. 

Una despedida apacible

Para las últimas décadas, Caan tuvo un retiro tranquilo, donde estuvo muy activo en la red social del pajarito. Pero para el mismo actor, los últimos años fueron una lección. “Te asombra el cine como un paisaje,” dijo con una rara sinceridad para CBS Sunday Morning. Para el hombre que llevó a cabo la proeza de despedirse de la gran pantalla en medio de una vida tumultuosa para volver y hacerse leyenda, es un reconocimiento de singular importancia. También, una despedida amable que emociona por su significado. End of Tweet

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