En los noventa, la figura de la bruja regresó como un boom adolescente. Desde Buffy the Vampire Slayer (1997-2003) a The Craft (1996), el poder de la sororidad y un conocimiento compartido entre femineidades se reivindicaba. Pero por supuesto, estas mujeres transgresoras igualmente recibían su castigo. Willow se volvía villana y Nancy era consumida por su hambre de poder. Con su llegada, Hechizo de amor (1998) hizo algo completamente diferente.
Desafiando el arquetipo en donde la bruja debía pagar por su desobediencia, en la casa de las mujeres Owens se desayunaba chocolate, se bebían margaritas a la medianoche y entre tías y hermanas se insultaban hasta llorar lágrimas de risa. El único castigo era muy humano, una maldición que conocemos todos quienes nos enamoramos alguna vez: un inevitable corazón roto.

Pero el aquelarre prevalecía. Amigas, mujeres, incluso quienes alguna vez temieron a las Owens se les unían en un ejemplo de sororidad absoluta. Aquel extraño experimento entre comedia romántica, toques de terror y oscuro drama de violencia de género se convirtió en una película de culto. Una estética. Un plan de domingo otoñal.
Era cuestión de tiempo para que las hermanas volvieran a lanzar un hechizo.
Conjurando la vuelta
Es la víspera de su cumpleaños cuando la tía Jet (Dianne Wiest), descubre dos cosas. Por un lado, los escarabajos de la muerte avisan que su tiempo en este mundo se está acabando. Por el otro, hay un libro mágico que promete romper la maldición de su familia, aquella que dicta que todo hombre que se enamora de una de las brujas de la familia debe morir.

Y es que la secuela comienza desdiciendo, parcialmente, el final de la película original. Consumida por la pérdida de su segundo esposo, Sally (Sandra Bullock) jura dejar la magia para siempre. Eso es, solo tras lanzar un último hechizo que haga que sus hijas Kylie (Joey King) y Antonia (Maisie Williams) olviden todo lo referente a la hechicería.
Las chicas crecen con una vida relativamente normal, en donde rumores de brujería son cosa de risa. Es así como una inocente confesión de amor se convierte en tragedia cuando el novio de Kylie sufre un accidente que lo deja en coma. Buscando respuestas para salvarlo, la chica viaja a Gran Bretaña, a la tierra madre de la bruja Owens original. Por supuesto, mamá Sally y su inseparable e indómita tía Gilly (Nicole Kidman) le siguen el rastro.

Algo viejo, algo nuevo, algo mágico
Basada en El libro de la magia práctica (2021), la cuarta y última novela que Alice Hoffman escribió sobre las Owens, esta secuela mantiene varios de los elementos que hicieron que nos enamoráramos de esas hermanas tan distintas, de las excéntricas tías que todos quisiéramos tener y sus margaritas de medianoche.
Sandra Bullock y Nicole Kidman todavía gozan de ese encanto tan perfecto de personalidades opuestas que se complementan, sacando carcajadas con esa dinámica tan orgánica que aún mantienen. Al elenco se suma Lee Pace como el mago británico Ian Wright. Pace podría ser efecto de un hechizo en sí mismo. Cubierto en tatuajes, tiene una pizca alternativa y mística. Dulce y atento pero un tanto picante a la hora de enamorar. Y por supuesto, un físico que saca el aliento. ¿El resultado? El varón definitivo para una comedia romántica.

Algunos de los mejores momentos son lo que involucran a Dianne Wiest y Stockard Channing, que a pesar de tener una presencia limitada son homenajeadas con las escenas más emotivas. Dando un paso al costado, abren camino a que las hijas de Sally tomen más protagonismo.
Bueno, Kylie en todo caso es quien consigue explorar su relación con su madre, su identidad y los secretos familiares. Antonia queda de lado, con una Maisie Williams completamente desaprovechada. Por consiguiente, esta nueva generación de hermanas no tiene el tiempo en pantalla que merece. Lo que es una lástima, porque cuando comparten escena realmente destacan por su dulzura. Narrativamente se siente la falta de la mitad de ese dúo.

Un camino muy diferente
Bajo la dirección de Susanne Bier (quien ya había trabajado con Bullock en Bird Box), la secuela profundiza en aquel universo creado por Hoffman, encontrando destino en las mismas raíces de las Owens. Pero es justamente parte del ADN de la primera entrega lo que se pierde en el camino.
Ejemplo de esto es la falta de efectos prácticos. La magia se manifestaba en hojas que volaban con el viento, en paredes que temblaban en un exorcismo, en nuestra propia fe en que el elemento sobrenatural estaba presente. La secuela que plantea Bier hace uso en gran medida de un CGI que se siente innecesario, en donde rayos brillantes salen de las manos de las brujas para mostrar sus poderes, alineándose como algo más cercano al universo de Harry Potter.

Aquel balance tan logrado de la película original, en donde el romance era parte fundamental de la historia pero no opacaba el amor sororo que nacía en la familia pero se abría a la comunidad. Eso se pierde al optar por una estructura distinta. Se fragmenta a la familia, los personajes claves no se sienten presentes en una historia que demanda unión. Hasta el antagonista de este misterio filial no termina de integrarse con la profundidad que merece. Sobre todo en un relato enfocado en reparar las heridas consanguíneas.
Un resultado agridulce
Al final del día, Hechizo de amor: la magia continúa (2026), negocia muchos de estos elementos para pasar la antorcha. Es entretenida, es graciosa y sus personajes continúan siendo encantadores, pero resulta un a pesar de su sencilla premisa no termina de cerrar a la hora de contar el cuento.

Llegado el acto final si consigue dar en algunas de las notas justas. Bullock y Kidman nos siguen fascinando y su timing cómico es perfecto. La relación entre estas distintas generaciones de mujeres todavía nos toca el corazón. La química entre Sally e Ian saca chispas. No falta el toque de nostalgia cuando los acordes de Coconut acompañan el baile tradicional de margaritas en mano. El romero otorga romance y nostalgia, la lavanda entretenimiento, humor y simpatía, pero el resultado del hechizo no consigue ser tan potente como merecía serlo.
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