No es ninguna revelación decir que el vestuario de una película es tan indispensable para contar una historia como la historia misma. Pero, probablemente, en las películas de época esto se haga aún más evidente. Y eso, Guillermo del Toro lo tiene muy claro. En su última película, Frankenstein (2025), el vestuario es un personaje más dentro de la narración que refuerza y expande el mensaje a contar.
Por eso no sorprende que sea hoy una de las grandes favoritas para llevarse el Oscar en la categoría de Mejor Diseño de Vestuario. Detrás de este universo está la vestuarista Kate Hawley, que ya había trabajado anteriormente con el director en Titanes del Pacífico (2013) y La cumbre escarlata (2015), y esa trayectoria compartida laboralmente se nota en el resultado final de su nueva criatura.

El color como motor
No solo las formas y las texturas de los trajes son exquisitas, sino que, además, la paleta de color elegida para cada personaje realmente “grita” al espectador. La película establece un paralelismo visual entre la madre de Victor Frankenstein (Oscar Isaac) y Elizabeth (Mia Goth, que interpreta ambos roles femeninos) separado por dos épocas (la regencia y la era victoriana), dos siluetas distintas (el corte imperio de talle alto frente a la estructura rígida posterior), pero un mismo hilo cromático.
Uno de los primeros ejemplos lo encontramos en una de las escenas iniciales, donde vemos a la madre de Victor vestida de rojo. Un rojo intenso que va a conectar a los personajes femeninos: en la madre, el rojo, con su fuerza para no pasar desapercibido, funciona como un recuerdo constante en la vida de Victor y, en Elizabeth, es la sangre que inunda su vestido blanco de novia. Un tono que, según el mismo director, representa desde la pasión hasta la tragedia.

Uno de los aspectos más poderosos del film es la presencia visual de los personajes femeninos, en particular Elizabeth. Es la única que parece comprender la soledad de la criatura, y su vestuario establece un diálogo directo con él. No pertenece al mismo plano cromático que los hombres: su color la separa, la vuelve luminosa en un mundo oscuro, pero también la alinea emocionalmente con el “monstruo”.
En una de las escenas, vemos a Elizabeth usando un vestido verde. Podríamos pensar que ese verde remite al famoso verde compuesto con arsénico de la época victoriana, un pigmento popular que, paradójicamente, causó más de una muerte. Además, funciona como complemento del rojo —su opuesto cromático—, estableciendo un juego visual constante entre vida, sangre, deseo y peligro. En una sociedad que la limita, Elizabeth no se oculta: resalta, y lo hace a través del color.

Precisión histórica y fantasía gótica
Ambientada a mediados del siglo XIX, la película respeta con rigor las siluetas victorianas —crinolinas, cuerpos estructurados, cinturas estrechas y faldas redondeadas—, pero introduce nuevas texturas y bordados. Estos evocan a la naturaleza, una temática ligada a la película en general y a Elizabeth en lo particular.
Su amor por los libros y la entomología se encuentra simbolizada en recursos como, por ejemplo, la gargantilla de los escarabajos azules. Esa joya, al igual que otras que aparecen en la película, son parte del universo de Tiffany & Co. que aceptó colaborar con la adaptación al libro de Mary Shelley propuesta por Guillermo del Toro. A las espectaculares creaciones de archivo (algunas con un centenario de historia), se unen también piezas contemporáneas que aportan vida al lenguaje visual de los personajes.

Una novia hecha de vendajes
Uno de los momentos más simbólicos, tanto a nivel trama como vestuario, se encuentra en el vestido de casamiento de Elizabeth. Lejos de representar una promesa de vida o felicidad, el diseño anticipa una ruptura y muerte. Sus lazos evocan los vendajes que envuelven a la criatura en su primera etapa, mientras que el corsé simula una caja torácica, convirtiendo el cuerpo femenino en una anatomía cadavérica. Visualmente, este diseño dialoga con el imaginario gótico clásico: La novia de Frankenstein (1935), toda una tradición donde lo romántico y lo mortuorio se entrelazan.

El creador y su criatura
David Bowie y Prince fueron los puntos de partida para idear los trajes que usaría Victor Frankenstein. Un hombre de la ciencia, un inventor, cuyo trabajo está por encima de preocupaciones mundanas como el pensar en qué ponerse cada mañana. Pero que, a su vez, como todo artista, tiene un estilo personal, un sello, que lo diferencia. Batas, pantalones a cuadros, sombreros y el terciopelo como base, son algunos de los componentes de este estilo que pasa de aristocrático en el comienzo, a decadente cuando sus problemas se salen de control.

Al igual que el vestuario de Elizabeth dialoga con el de la criatura interpretada por Jacob Elordi, lo mismo sucede con el vestuario del “monstruo” y su creador, que conforman un contrapunto el uno del otro. El viaje personal que atraviesa durante la historia se ve reflejado en su vestuario.
Desde esas primeras vendas que lo descubren como algo herido, aunque nuevo. Pasando por vestir el abrigo de un muerto (otro simbolismo más que nos habla de su naturaleza. Hasta el momento en que finalmente encuentra a Victor, su creador, y se lo ve más estilizado, con un deje aristocrático que cierra el círculo en su relación con su creador.
La narrativa en el vestir
En Frankenstein, el lenguaje del vestido acompaña, sí, pero también, habla por sí solo. Podríamos ver la película sin sonido y situarnos en una época y un sentir por el simple hecho de contemplar la paleta de colores, las formas y las texturas que hacen a los trajes. El diseño de vestuario puede (y debe) ser un disparador emocional que descubre a los personajes y esto, Guillermo del Toro y Kate Hawley, lo saben. Y eso, en el cine, es exactamente lo que merece ser premiado.



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