¿Cuánto peso tiene lo reprimido? ¿Cuánto puede aguantarse hasta que termine emergiendo, imparable, como una tubería destapada? Aun cuando seas una celebridad de las letras como Thomas Mann, una figura gigante del siglo XX, un hombre de la posguerra. Un héroe de la literatura alemana.
De esa premisa parte Fatherland (2026), la nueva película de Pawel Pawlikowski que compitió en el Festival de Cannes y por la que el realizador polaco se llevó la Palma de Oro a Mejor Director junto con Javier Calvo y Javier Ambrossi por La Bola Negra (2026).
Un film que, de entrada, engaña al espectador. Porque si bien fue vendida como una historia conflictiva entre padre e hija (el propio Thomas Mann, interpretado por Hanns Zischler, y su hija Erika, Sandra Hüller, que viajan por la Alemania de posguerra), el verdadero trasfondo de Fatherland es esa relación siempre quebradiza entre un progenitor y su hijo varón (en este caso, Klaus Mann, a cargo de August Diehl).

De manera más amplia, la película es una profunda reflexión sobre la imposibilidad y complejidad de los vínculos que unen a toda familia, además de un retrato seco, en blanco y negro, de otro tema que a Pawlikowski le interesa especialmente: el del mundo después de la guerra. El amor después del amor.
Así, lo que en el anterior film del realizador –Cold War (2018)– era una historia de amor frustrada a ambos lados de la Berlín dividida por el muro, en Fatherland es un recorrido por las dos fracciones de aquel país repartido para Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, por un lado, y la Unión Soviética, por otro.
Solo que, en este caso, los viajantes no son unos simples civiles sino que se trata nada más y nada menos que de Thomas Mann, autor de La Montaña Mágica (1924) y homenajeado a ambos lados de la cortina de hierro después de un largo exilio en Estados Unidos. “¿Dónde está el hogar?”, llega a preguntarse en un momento.

Los caminos de la vida
Fatherland asoma entonces como una road movie de posguerra protagonizada por dos almas en pena: el propio Mann, inconsciente acaso del dolor que trasunta, y su hija Erika, atenta al drama familiar pero impotente ante la majestuosidad de la figura de su padre.
Y así como el autor homenajeado no toma partido por ninguno de los dos sistemas de gobierno -se admite como un “artefacto burgués” pero también saluda las loas revolucionarias del comunismo-, tampoco interviene directamente ante los reclamos de su propia familia –su hija y su hijo–, obnubilado como está por el alcance de su propia figura.

Cine documental
Padre e hija recorren Frankfurt, en el lado occidental, y Weimar, en el oriental, para que el ilustre escritor sea galardonado con el Premio Goethe tanto de manos de imperialistas como de soviéticos, mientras el dolor de ambos respira con dificultad por debajo.
En ese aspecto, son especialmente conmovedoras y merecedoras de la pantalla grande, por la maravillosa fusión entre fotografía y música, las secuencias en que ambos recorren en auto los parajes devastados por la guerra. Al borde del registro documental. Mérito de Pawlikowski y del director de fotografía Lukasz Zal, colaborador habitual del director.
En la misma línea de Cold War, Fatherland termina haciéndose oír entonces como una denuncia sobre la resignación ante la monstruosidad de la guerra y, sobre todo, la desolación posterior. De lo más chico –un matrimonio, un hijo, una familia– a lo más grande –la supervivencia de la comunidad y el futuro de una nación–. Porque, como en las inundaciones, lo peor es cuando el agua se va.
¡Compartí la nota en redes sociales y etiquetanos como @popconcine! Si te gusta nuestro contenido, seguinos y apoyanos para seguir creciendo. Podés sumarte a nuestra comunidad y acceder a grandes beneficios cinéfilos todos los meses: avant premieres, sorteos de merch oficial, descuentos en tiendas temáticas y mucho más.









0 comentarios