La primera película de la saga Matrix estrenó el 31 de marzo de 1999 en Estados Unidos, casi al borde del milenio, en un mundo bastante distinto al de hoy. Fue un éxito instantáneo en taquilla -llegando a recaudar más de 460 millones de dólares alrededor del globo- y también para la crítica. Más de veinte años después de su estreno sigue siendo un hito del cine de ciencia ficción de todos los tiempos. 

Pensemos que se va a estrenar la cuarta parte de la saga dentro de unos meses y todavía podemos discutir casi todas las ideas que propuso la entrega original hace más de veinte años. Luego llegarían las secuelas The Matrix Reloaded (2003) y The Matrix Revolutions (2003), con suertes dispares (en recaudación y calidad), pero la influencia de la primera no puede ser obviada.

The Matrix (1999) revolucionó el mundo de los efectos especiales, hasta podemos afirmar que no existirían las películas de superhéroes como las conocemos hoy sin el antecedente que las hermanas Wachowski propusieron. Y esto es solo para empezar. La estética cyberpunk, la influencia de la animación japonesa, las coreografías de las escenas de pelea del cine de Hong Kong, la visión de un mundo en ruinas con algún dejo de esperanza para un Elegido que tiene la opción de luchar por la humanidad. Todas estas ideas hacen un combo que al día de hoy se sostiene de la mejor manera.

Y aún nos queda por nombrar el elenco, otro de los elementos ganadores de ese combo. Empezando con un casting perfecto: Keanu Reeves como Neo, el héroe que descubrirá que nada de lo que conoce es real; Laurence Fishburne como Morpheus, que será la guía hacia un nuevo mundo y el único que creerá en Neo hasta el final; y finalmente Carrie-Anne Moss como Trinity, sin dudas el corazón de la película. El villano es el Agente Smith, interpretado por Hugo Weaving. Todos eran actores reconocidos, pero a partir del éxito de la trilogía pasaron a ser estrellas.

The Matrix cuestionaba el concepto mismo de realidad, llevando las preguntas que los filósofos vienen haciendo hace milenios a una pantalla de cine. Abrió el camino para que otras producciones comenzaran a pensar estas ideas más abstractas; podemos contar como seguidoras a la pionera Lost (2004-2010) pero también otras que bebieron de esa tradición como The Good Place (2016-2020), Westworld (2016-), Black Mirror (2011-) e incluso Rick and Morty (2013-). Todas ellas, en mayor o menor medida, discuten el concepto del hombre como tal y su rol en el universo. Todas, de alguna manera u otra, toman y reformulan ideas que Lana y Lilly Wachowski vienen discutiendo hace décadas.

La primera película también hizo lo que toda gran obra de ciencia ficción debería hacer: cuestionar el presente con predicciones que se volverán realidades cotidianas. Pensemos que en 1999 la sola idea de una internet omnipresente (como la tenemos hoy) estaba en pañales –para el gran público por lo menos- y que la chance de vivir en un mundo virtual era algo casi inédito. Cuando Thomas Anderson (a.k.a. Neo) descubría que el mundo no era más que una realidad artificial creada por las máquinas malignas, ahí todes quedamos con la mandíbula en el piso. Todes quisimos saber qué sucedería al tomar la pastilla roja. 

Pero no todo es color de rosa, ya que también sucedió que algunos grupos de extrema derecha tomaron estas hermosas ideas y las llevaran para su molino. Así se apropiaron del momento de la píldora roja como disparador para intentar demostrar las supuestas conspiraciones para ocultarnos la verdad, postulando que quienes sostienen el mundo nos dominan aún sin nuestro conocimiento. Quieren hacernos creer que el mundo es gobernado por entes fuera de nuestro alcance y que debemos abrir los ojos a esta realidad, donde ellos son los verdaderos salvadores. Una fantasía de poder llena de odio y miedo, que lamentablemente no para de ganar adeptos. Alcanza con una reflexión sobre la reciente presidencia de Donald Trump en Estados Unidos para entender hasta dónde pueden llegar estas ideas nocivas.

Por suerte, The Matrix también terminó siendo una metáfora de la propia vida de las directoras y la lucha por su identidad, ya que su debate interno por ser quienes realmente eran resuena por toda la película. Solo que ahora recién podemos verlo. Lana y Lilly Wachowski querían ser como son hoy, y nos lo decían con la lucha de Thomas Anderson por ser lo que realmente soñaba ser: Neo. Una persona fuera de los parámetros que nos fueron designados desde nuestro nacimiento. Quizás ese sea el mayor logro de la historia, la alegoría por la identidad; una lucha que empieza desde que nacemos y en la que todes podemos ser como Neo. Algo que no éramos al comienzo de nuestra película.

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