En una de las roundtables clásicas de la temporada de premios, Ethan Hawke se olvidó por un momento de hablar de su propio trabajo, pero sí recordó otra cosa: cuál había sido la fuente de inspiración para seguir en la industria en la que debutó con el clásico de Joe Dante, Explorers (1985). La respuesta no era unívoca, pero a Hawke se le vino la imagen de un colega nacido el mismo año que él, en 1970. Se trataba del gran River Phoenix y de una actuación en particular: la que brindó en la película de Gus Vant Sant, My Own Private Idaho (1991).

Sin embargo, esa no era la primera vez que Ethan se convertía en una suerte de imán para la sensibilidad. Son escasas las ocasiones en las que se circunscribe a un modo encorsetado de promocionar un determinado estreno, como así son muchos los momentos en los que nos regala citas, anécdotas, escenas, nombres, referencias. Además de ser un imán para lo sensible, lo es también para lo creativo, y lo que es mejor aún: sabe muy bien cómo expresarlo, como ponerlo en palabras. Por algo la literatura también cobró un rol muy importante en su vida y sigue abocado a ella. Su primera novela, The Hottest State (1996) fue adaptada por Hawke mismo, y para Ash Wednesday (2002) se inspiró en su matrimonio con Uma Thurman, a quien el libro está dedicado.


La experiencia de leer a Hawke no difiere tanto de verlo actuar. En ambos casos, existe la construcción de un estilo, tarea que muchas veces, en la era del contenido, es desestimada a pesar de la enorme dificultad que esto implica. Muchos artistas pueden jactarse de ser exitosos, pero muy pocos tienen un estilo depurado. En el caso de Hawke, es el de la cinefilia traspolada a su abordaje de cada rol que se le fue presentando. Es la pasión por el trabajo.

Su primera gran interpretación la podemos rastrear al año 1989 con Dead Poets Society de Peter Weir, donde capitaneaba Robin Williams como un profesor que les citaba, entre otros autores, a Henry David Thoreau y su Walden: «Fui a los bosques porque deseaba vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, de que no había vivido».

Ese «desechar todo lo que no fuera vida» fue tomado muy a pecho por Hawke, quien ha declarado más de una vez cuán indeleble fue el impacto que tuvo Williams y ese drama en su formación como actor. Posteriormente, llegó Alive (1993) y luego dos películas que marcarían a fuego a toda una generación.


el nacimiento del galán grunge

Ethan Hawke, uno de los actores más versátiles y subvalorados de Hollywood
Ethan Hawke en Reality Bites

Cuando hablamos de impronta, de estilo, hablamos del momento en que Lelaina Pierce (Winona Ryder) sale apurada de su casa para ir a buscar al amor de su vida, tan solo para advertir que él está allí, parado en el porche, con el pelo revuelto, la mirada perdida y una canción sonando de fondo: «All I Want Is You» de U2.

Reality Bites (1994) de Ben Stiller le habló a la Generación X como muy pocas obras de esa década, con una honestidad que también percibimos en la interpretación de Ethan como Troy, ese bad boy que toca la guitarra y te rompe el corazón, pero al mismo tiempo se muestra vulnerable y te dice: «I had a shitty week». Curiosamente, lo que sobrevuela en la película de Stiller, su postura antisistema, su preservación de los vínculos («you and me and five bucks») se traslada Before Sunrise (1995), la primera colaboración de Hawke con Richard Linklater.

En la gran mayoría de las películas en las que trabajó con el cineasta está presente el concepto de moldear el tiempo a nuestro favor, aunque W.H. Auden nos diga que no podemos conquistarlo. Linklater sí lo hizo en la famosa saga de Jesse y Céline (Julie Delpy), pero también en Tape (2001) y en Boyhood (2014), en las que Hawke fue una pieza esencial a través de momentos donde vuelve a brotar esa sensibilidad, incluso desde la escritura.

Jesse dice «I feel like if someone were to touch me, I’d dissolve into molecules» en Before Sunset (2004) y Mason le explica a su hijo en Boyhood cómo no existe un mejor Beatle. Es la suma de voces lo que importa, precisamente lo que le interesa a Hawke, el reunirse con directores talentosos y, cuando no puede, dirigirse y/o producirse a sí mismo. Esto fue lo que pasó en la miniserie de Paramount+, The Good Lord Bird, uno de los mejores trabajos (y uno de los más subvalorados) de toda su carrera.


La película que empieza al salir de la sala

Ethan Hawke, uno de los actores más versátiles y subvalorados de Hollywood
Ethan Hawke en First Reformed

Training Day (2001) de Antoine Fuqua; Before the Devil Knows You’re Dead (2007) de Sidney Lumet; Maudie (2016) de Aisling Walsh; Juliet, Naked (2018) de Jesse Peretz; The Northman (2022) de Robert Eggers… Y la lista podría seguir. Hawke se dio el lujo de formar parte de películas con visiones inquebrantables, ya sea la oscuridad en la que nos sumió Lumet como la luminosidad del universo de Nick Hornby. No hay escenario que a Ethan no le tiente conquistar, y este año lo demuestra una vez más al reencontrarse con Scott Derrickson para The Black Phone, en donde su protagonista nos reveló otra faceta, una de las tantas que posee.


La lista de realizadores con los que trabajó, como vimos, es heterogénea, un reflejo de su filmografía. De todos modos, en ese mar de nombres falta uno, quizás uno de los más importantes: Paul Schrader. A fin de cuentas, es el hombre que concibió a Travis Bickle y lo hizo renacer en el papel de Ernst Toller en First Reformed (2018), esa película que, en un mundo más justo, le hubiese dado el primer Oscar a Hawke. El realizador sacó lo mejor de él allí, pero también le dejó una enseñanza: «Me dijo que las mejores películas son las que empiezan cuando salís de la sala». De manera coincidente, en muchas de ellas Ethan Hawke es uno de los actores en llevar la batuta, y en dejarnos con sendas imágenes y pensamientos para procesar dias, meses, semanas, años después.

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