Jean-Paul Belmondo es un nombre que podés haber escuchado mil veces, recién de más grande o tal vez nunca llegaste a conocer hasta el 6 de septiembre pasado, cuando los medios y las redes sociales se llenaron de fotos y dedicatorias para el icónico actor francés, que falleció a sus 88 años. En mi caso, Belmondo siempre fue un nombre que tuve presente, la gran estrella del cine francés, pero por sobre todo: el amor platónico de mi abuela.

Los domingos en la casa de mi abuela eran muy predecibles, siempre había arroz con pollo y una película vieja de fondo. Si hay un recuerdo que tengo presente en mi memoria es la primera vez que me mostró Pierrot le Fou (1965) cuando tenía tan solo 8 años. Por obvias razones, no entendía nada de la trama, pero me gustaban mucho los colores y había algo en Jean-Paul Belmondo y Anna Karina que me hipnotizaba. Quería ser como ellos, vestirme de esa manera y hablar en ese idioma que para mí era inentendible (y la realidad es que todo eso sigue persistiendo). 

Mi abuela estaba enamorada de Jean-Paul Belmondo y se la pasaba diciendo que era el hombre más lindo que había pisado este mundo, yo como buena nieta seguí su legado y digo lo mismo. Recuerdo aquella vez que me llevó a San Telmo a ver antigüedades y romantizar un poco Buenos Aires (porque de alguien lo tenía que heredar) y nos encontramos con un afiche antiguo de À bout de souffle (1960). Ese fue el primer afiche que tuve en mi cuarto y que hasta el día de hoy sigue estando. 

A medida que fui creciendo, me fui dando cuenta de que Belmondo era mucho más que una cara bonita, también se trataba de uno de los actores más versátiles de la historia del cine. Algo que considero demasiado valioso en un actor es la capacidad de poder venderme personajes completamente diferentes entre sí, pero seguir manteniendo la esencia de quien los interpreta. Belmondo era exactamente eso. 

La primera vez que vi a un actor romper la cuarta pared fue cuando él me dijo “todo lo que piensa es en divertirse”, refiriéndose al personaje de Anna Karina en Pierrot Le Fou. Luego lo volví a ver como el encantador Michel en À Bout de Souffle, también de Jean-Luc Godard, pero esta vez con un cigarrillo en la boca y sin colores para admirar. Después de mucho tiempo entendí la importancia de esa ruptura y cómo, junto a otras innovaciones de la nouvelle vague, cambió las reglas de hacer cine. 

Belmondo y Anna Karina me hicieron conocer las películas de Godard y por consecuencia me enamoré del cine francés, algo que me acompañó durante toda mi vida y a lo que recurro cada vez que quiero volver al living de mi abuela por unos instantes. Podría escribir hojas y hojas sobre su carrera y recorrer toda su filmografía, pero hoy solo quiero pensar en mi abuela, en su living, en su amor, en su paciencia por una niña que no entendía ni una palabra en francés. Ella ya no está, al igual que Anna Karina y Belmondo, entonces no puedo evitar pensar en los recuerdos que me dejaron, en ese fragmento de mi vida que siempre van a representar, porque el cine no es solo una película y un actor, sino un recuerdo, una parte de nuestra historia.

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