Bon appétit

“El Menú” de Mark Mylod: El placer de comer se transforma en algo macabro

Llega al cine esta sátira negra, con un argumento siniestro a puro suspense que mezcla concepciones sobre la crítica cultural, el pecado y la belleza.

por | Nov 16, 2022

En varias de las escenas de The Menu (2022) de Mark Mylod, la comida es el centro del film. Tanto, como para que la película se divida en descripciones de los platillos que disfrutarán los personajes. No por la obviedad de su, en apariencia, sencilla premisa — una degustación extraordinaria que termina por ser algo más macabro — sino por su significado. La comida “concepto”, como le llama Margot (Anya Taylor-Joy), la única invitada fuera de una compleja lista de pequeñas casualidades que forma al grupo de comensales, es un recorrido a través de una brillante selección de ideas. Pero a la vez, de una reflexión sobre la oscuridad interior que comienza por el plato de exquisiteces que se sirve a la mesa.

El alimento, el arte de elaborar una experiencia a través del paladar, se convierte en la producción, en una idea total. En una percepción concisa acerca de lo que nos satisface, colma y al final, lo que nos brinda un momento de inolvidable — irrepetible — placer. 

Por supuesto, la película de Mylod — conocido por dirigir los mejores capítulos de la ya célebre serie Sucession (2018-) de HBO — es mucho más que un juego del gato y el ratón en medio de un escenario lujoso. Es un reto a la imaginación, al espacio retorcido, violento y voluptuoso de las sensaciones primarias. 

En The Menu, comer es algo más que una delicia, que el mero ejercicio de deglutir y compartir el apremio del hambre. Es también el anuncio de la tragedia, una construcción poderosa y bien elaborada acerca de lo que se oculta en la contemporánea obsesión por el estatus. ¿Qué ocurre cuando los privilegios, las grandes fortunas, los incontables pecados de la avaricia son nuestra carta de presentación? 

Una invitación suculenta a las tinieblas íntimas 

El film transcurre a la periferia de algo más doloroso. ¿Quiénes somos, despojados del artificio, el lujo y la petulancia? La historia narra una pequeña versión sobre la codicia, del deseo contemporáneo por lo inalcanzable e indefinible. ¿Qué es la opulencia, en una cultura obsesionada con todo lo que el dinero puede comprar? Tal vez, por ese motivo, lo que define a Hawthorne, un enclave extraordinario en el que se promete un menú inigualable, sea su cualidad inalcanzable. 

¿Qué más puede pedir la exclusividad que aspira el mundo moderno? El restaurante flota como un espacio insular, ajeno a las reglas del mundo. O eso parece dejar claro, el mensaje inmediato que una vez en su salón, las puertas se cierran al exterior. Más allá, hay un perverso festín que espera por ser comido o en el mejor de los casos, apreciado. Pero no todos los paladares están a altura. En cualquier caso, no todos los comensales comprenderán cuál es el mensaje real de esta mesa dispuesta para un festín oscuro. 

Solo un grupo de escogidos podrán sentarse a la mesa del Chef magnífico, del inigualable Slowik (Ralph Fiennes) y saborear sus creaciones asombrosas. La mesa convertida en objeto del deseo, en un escaño más para obtener el respeto y cimentar la propia categoría de lo sofisticado. No importa si el dinero proviene de la fama, la trampa, el robo o la especulación. Si cualquiera de los comensales tiene un pasado dudoso o incluso, es capaz de sacrificar su vida en el empeño de merecer un bocado de las obras de arte creadas por el maestro. Lo realmente valioso, es que tener el derecho a ocupar una silla, acceder al asombro del emplatado y presumir sobre la posibilidad de un trozo de fundamental estatus. 

El Menu juega con una elaborada serie de ideas, que desarrolla con precisión y un malévolo sentido del humor. La retorcida concepción acerca del yo contemporáneo, la necesidad de relevancia y validación. Pero en especial, con la oscuridad cercana al dolor del anhelo incumplido. La película de Mylod es una cohesión de percepciones, tan variadas y llenos de diferentes texturas, como la degustación exótica que disfrutarán los personajes. 

No hay nada sencillo en este recorrido, que comienza con la decisión de aceptar las normas performativas de una cocina central y termina, por la condición de la vida y la muerte. ¿Qué es la concepción del bien y del mal en un mundo en la que ambas cosas se confunden con una frecuencia alarmante? El film no desea responder algo semejante. Pero lo hace. Y quizás, su mirada sobre esa conciencia del yo colectivo corrupto, sea uno de sus elementos más sólidos y bien construidos. 

la cena servida en medio de una atroz belleza 

Pero más allá de sus exploraciones filosóficas, El Menú es una película obsesionada con la belleza depurada y construida a base de una fría elegancia. La comida, el alimento, esa necesidad primaria y colectiva, es una exploración sobre la soberbia, la vanidad y en especial, la arrogancia suprema y total del deseo irrealizable. 

Para su segundo tramo, la película mostró sus secretos, pero, aun así, sigue siendo enigmática, poder narrativo conjugado para invocar el viejo deseo de la exquisita decadencia. La comida es un vehículo para fin. Uno mayor, más violento, cruel y denigrante de lo que podría suponerse. Sin embargo, es, todavía, el máximo objeto del deseo y la diferencia, entre la vida y la muerte. El último bocado, la satisfacción definitiva, un recuerdo. La muerte misma. 

¿Quiénes somos más allá de nuestros pecados? Se pregunta otra vez Mylod en los últimos minutos de la película. La belleza y el horror, se conjugan para abordar lo macabro que aguarda al fondo de una amenaza cumplida. Para El Menú, comer es un placer, sin duda. Un regalo, la donación completa. Al final, la puerta cerrada hacia la oscuridad. Todo, en una lista suculenta en la que la sangre derramada es solamente un ingrediente en medio de una combinación más siniestra. 

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