La cámara sigue a un personaje. Va en un taxi. Mantiene un diálogo trivial con el conductor, apenas algunas frases de ocasión. Hasta que llega a destino. Se baja y lo seguimos. Entra a una fiesta. El batifondo invade los sentidos. Aparecen en cuadro otras personas. Nuestro protagonista las saluda, intercambia frases con ellos. La atención empieza a repartirse entre los integrantes del grupo. Hasta que uno se va y la cámara empieza a seguirlo. Cambiamos el foco de nuestra atención. Ahora estamos con otro personaje. Y así sucesivamente.
Bienvenidos al cine de Martín Rejtman.

Esa máquina narrativa, que uno podría asociar a la veta experimental del Richard Linklater de Slacker (1991) o incluso a la estructura coral de Dazed and Confused (1993), es la marca de autor del cine de Rejtman. Escritor, guionista y realizador argentino nacido en Buenos Aires en 1961 y creador de un estilo único.
Su cine sorprende especialmente porque logró consolidarse por fuera de toda tendencia y marca de época. Ajeno a cualquier marco de encasillamiento crítico. Sin ceder en una curva, aunque desprovisto de toda soberbia. Y construido desde el cono sur, al mismo tiempo que en otras latitudes se abrían paso corrientes similares -e igual de celebradas- como la Austin Film Society promovida por Linklater o el under neoyorquino con emergentes como Jim Jarmusch o Spike Lee.

De hecho, aunque recién estaría disponible en salas algunos años más tarde, Rapado, la primera película de Rejtman, se rodó en 1992, ¡apenas un año después de Slacker!
La bibliografía ubica a la obra de Rejtman como parte fundadora del Nuevo Cine Argentino, pero la permanencia, vigencia y persistencia de su estilo, imposible de encontrar en otro lado, hacen que esa clasificación sea incompleta. Sus películas siguen vivas hasta hoy, respirando en su propio organismo, aún cuando aquel movimiento ya es cosa del pasado.
Manual de instrucciones
Entonces, ¿cómo entrar al cine de Rejtman? Dejándose llevar. El espectador no va a encontrar con una trama seriada, propia de los géneros concebidos para captar la atención durante todo el metraje. Más bien hallará un ramillete de personajes para seguirles el paso. Que se mueven entre el absurdo y la autocompasión, flotando con la cadencia de la marea.

Tendrán algún centro de gravedad, sí, como Silvia Prieto (1999), pero todos entregados a la danza interminable de los lazos sociales. El lenguaje universal.
Así parecen estar pensadas y ejecutadas las películas de este autor inclasificable. Una red de contención y a la vez de fuga. Lo que en Rapado había empezado como el intento por plasmar en la práctica una trama derivativa sobre un joven que sufre un robo y decide cambiar su vida termina explotando al filo del cambio de siglo con Silvia Prieto, la película que llenó de amor el corazón indie de una generación desmoralizada.
Hoy celebrada como pieza de culto, conviene detenerse en ella en tanto pilar de la obra de Rejtman. ¿Cuán absurda podría resultar hoy la película a los ojos cínicos y distantes de la sociedad agotada del siglo XXI? La protagonista, la joven del título -interpretada por una incandescente Rosario Bléfari– se plantea romper el molde al decidir un cambio en su vida (otra vez el tema): deja la marihuana y se embarca en la búsqueda de un trabajo fijo.

Y será en la trayectoria de ese nuevo camino que descubrirá, para su sorpresa, que hay otras Silvias Prieto en el país, mientras a su alrededor va creciendo la danza del fuego con distintos personajes que tienen diferentes necesidades. Y que, a contramano de lo que podría suceder hoy, ¡reciben ayuda de desconocidos!
La multiplicidad de las Silvias Prieto es apenas un giro argumentativo pero funciona, en retrospectiva, como espejo de toda la obra de Rejtman: siempre hay más y más personas para relacionarnos, puertas que se abren y se cierran, nudos que se atan. Los lazos sociales están firmes. Hasta formar un gran calidoscopio humano que se retroalimenta. ¿Acaso no son así todas las vidas, aunque creamos lo contrario?

Una solución argentina para problemas de argentinos
Una fórmula que terminará de consagrarse en Los Guantes Mágicos (2003), la siguiente película de Rejtman. Vicentico y Valeria Bertuccelli, que ya habían estado en Silvia Prieto, son ahora los protagonistas de esta comedia de enredos en la que la búsqueda de un negocio salvador (los guantes mágicos del título) tendrá a nuestros personajes yendo de un lado a otro. Moviéndose en un radio que va desde Palermo al aeropuerto de Ezeiza con iguales dosis de ternura y humor absurdo, entre mudanzas, separaciones y turnos de masajes.
Como en una extraña alquimia, el estilo refinado, cronometrado, frío y duro de los diálogos de Rejtman termina produciendo, en pantalla y en boca de sus criaturas, el efecto adverso: una ráfaga de humor ácido y ternura que dota a las películas de una personalidad propia. De ahí que los personajes de su obra sean tan queridos, desde la Silvia Prieto de Rosario Bléfari hasta el remisero bonachón y bailarín de Vicentico en Los Guantes Mágicos.

Dicho esto, hay que estar preparado para sumergirse en esos viajes (nunca mejor usado el término) y disfrutar de estos retratos sociales presentados sin ambiciones aparentes pero destinados a dejar una huella profunda en el cine argentino. Lo que nos lleva a la próxima película.
Disparos en la mañana
En Dos Disparos (2014) tenemos a Mariano, un adolescente que una mañana cualquiera encuentra un arma en el galpón de su casa y se pega dos tiros. Afortunadamente, sobrevive: el primer disparo lo erra y la segunda bala queda alojada en su abdomen. No sabíamos si tenía motivos. Y a los fines de la película (de todas las películas de Rejtman), tampoco importa.

El protagonista retomará su vida después de ese suceso mientras a su alrededor van germinando distintos personajes con sus neurosis, sueños y frustraciones a cuestas. Incluso se dará paso a una película-dentro-de-la-película, con un grupo aparte que se toma unos días de vacaciones y vive sus desventuras en la costa atlántica (nuestra atención tendrá que dejar entonces al joven conflictuado para seguirlos a ellos, como en Slacker).

Todos están inmersos en esa narrativa que el autor ya había impreso en su primer largometraje: la de la fuga permanente. Terminar y volver a empezar. Como las relaciones (las separaciones en Silvia Prieto, Los Guantes Mágicos y La Práctica [2023], la última película de ficción de Rejtman hasta el momento).
Una fuga representada en Dos Disparos en un colectivo que se va, llevándose al objeto amado, acaso como en el final de Dr. Zhivago (1965, David Lean) pero en clave local y con ese humor amargo típico de nuestra idiosincrasia. Fundido a negro. Terminó otra película. Un cine que culmina pero siempre está empezando. Fuga y misterio.
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