La llegada del festival de Cannes estuvo rodeada de expectación y una ligera preocupación. Después de todo, la edición 2022 simbolizaba el regreso de la esencia del cine de autor, adulto y más prestigioso. Luego de un rápido paso por el terreno virtual — que en realidad, no gustó demasiado y mucho menos, tuvo verdadera repercusión — Cannes volvió a su esplendor terrenal. A su antigua tradición de espectáculo y punto de encuentro de la industria, que desea analizarse a sí misma como algo más que un hecho comercial. El festival, en toda su fastuosa visión de lo cinematográfico como un acto esencial, se hace preguntas anuales sobre la pertinencia, trascendencia y poder del cine mundial. 

¿Se las hizo este año? Es indudable y, en especial, cuando el Festival tomó la decisión de mostrarse como lo que es: un epicentro formal del cine de altos vuelos. Con una alfombra roja deslumbrante, un incesante goteo de estrellas y palmarés de lo más selecto del cine muy lejos de superhéroes, sagas y franquicias, Cannes se cuestiona con seriedad acerca de lo que ocurre en las grandes narrativas mundiales. 

Jasmine Tookes asiste a la proyección de «Top Gun: Maverick» durante el 75º Festival anual de cine de Cannes en el Palais des Festivals el 18 de mayo de 2022 en Cannes, Francia. (PH: Pascal Le Segretain/Getty Images)

Lo hace con una gravedad que parece antipática e incluso, fue juzgada anacrónica cuando hace hace un par de años, se debatió en voz alta si el streaming — ese símbolo incómodo de una evolución singular del cine — tenía lugar en el Festival. Al final, la decisión fue ambivalente, simple y dolorosamente política. Se permitió la participación de los nuevos medios, solo para volverles a expulsar del terreno extraordinario de Cannes al año siguiente. ¿El motivo? Que Cannes sirve al cine, modula el cine, connota y analiza el cine. Abarca el cine, reflexiona sobre el cine. Y esa es su principal celebración.

El regreso a la presencialidad

Cannes 2022 también fue el año del regreso después de los rigores de la pandemia, que amenazó como ninguna otra desgracia la estabilidad del cine profundo, autoral y alejado de las grandes pulsiones actuales del entretenimiento. El cine que se crea con el laborioso cuidado de una obra de arte y que sigue conservando un nivel de potencia inaudito en un estrato específico. Sin Cannes (o al menos, el Cannes virtual), el sentido del cine que tiene una región propia, identidad y es una obra de arte esencial, perdió espacio. ¿Podría volver? fue la gran pregunta de la prensa especializada. ¿Podría volver en toda su potencia?, sin duda fue el otro cuestionamiento que nadie hizo en voz alta. El festival 2022 demostró que no solo lo logró — a pesar de los rigores y la torpeza de este primer paso — sino también, la sensación que el futuro espera de nuevo a Cannes y todo lo que representa. 

Pero más allá de eso, el festival de Cannes 2022 finalizó y dejó a su paso un extraño sabor agridulce. No por sus palmarés (singulares e inesperados), sino por el hecho de ser un debate inevitable. A pesar de sus (invisibles) prejuicios, Cannes aceptó a Top Gun: Maverick de Joseph Kosinski entre sus proyecciones, dio una ovación de seis minutos a la película protagonizada por Tom Cruise y se maravilló con lo nuevo de Cronenberg (Crimes of the Future). También hubo debates y conversaciones sobre estadios nuevos de lo cinematográfico, una mirada sobre las consecuencias de dos años de silencio en los festivales más selectos. 

Pero aún así, Cannes, en toda su pompa, no pudo consolar del todo la sensación de emergencia pausada que vive el cine. Del hecho de que, a pesar de los éxitos de taquilla del 2022 y también las celebraciones por la recuperación moderada del cine en salas, todavía la incógnita sigue siendo una específica: ¿es el cine un espacio cultural que acepta revisiones? ¿Es el cine un estrato que puede ser refundado? Cannes, este año, fue enfático. Desea intentarlo, sienta las bases. ¿Lo logra? Todavía no lo sabemos del todo. 

Sin máscaras obligatorias (pero con guerra) 

La 75ª edición del festival de Cannes declaró que no era obligatorio llevar mascarillas, pero insistió en que las recomendaba “de forma insistente”. De igual forma, decidió que la guerra de Ucrania debería pasar los parámetros del cine y de convertir al festival en debate sobre un hecho que le sobrepasa. 

El primer cambio llegó con la proyección de Coupez! de Michel Hazanavicius. El largometraje llevaba por título Z, pero la inevitable relación con la propaganda rusa pro-invasión Ucraniana — la letra identifica a los que le apoyan — obligó el festival a un cambio inmediato. Coupez! llegó entonces a Cannes y dejó entrever que ,aunque el festival no tiene la menor relación con la política — o intenta no tenerla — , debió marcar un punto específico en apoyo al pueblo ucraniano.

Semanas antes de comenzar el festival, Thierry Frémaux, delegado general del evento, comentó que la presión sobre la organización aumentó de forma considerable debido a la guerra. Eso provocó que cualquier medio, película, productor o director ruso fuera expulsado del círculo de presentaciones. Frémaux explicó después que no se trató de presión, sino de lo que consideran “justo” en virtud del panorama político. 

El festival también incluyó la proyección de Mariupolis 2, documental del difunto director lituano Mantas Kvedaravicius, asesinado el 2 de abril durante el ataque más fuerte a Mariupol. El largo, una mirada poderosa sobre la cultura y el sentido étnico de Ucrania, atravesó Cannes como el recordatorio del peso de algo mayor. La tensión angustiosa de un mundo cada vez más complejo del que el festival no puede alejarse ni aislarse. 

Surcando el aire a la velocidad de un F-18

Pero el festival también demostró en esta edición que el cine blockbuster tiene un lugar entre sus proyecciones, siempre que tenga la calidad adecuada. Y el discurso correcto, además. Ese parece ser el mensaje de la proyección de Top Gun: Maverick, protagonizada por Tom Cruise y que se convirtió en todo un suceso desde su anuncio. 

La secuela tardía del éxito del ’86 asombró y deslumbró al festival, que le dedicó seis minutos de ovación cerrada. Pero no se trató de una gentileza de Cannes con el cine de alto presupuesto destinado al entretenimiento puro. En febrero, Frémaux comentó que Cruise era parte del festival, porque “es el mayor talento que defiende las películas en salas y representa el cine contemporáneo”.

En contrapartida, Tom Cruise comentó que creaba cine para las salas” y que nunca “habría una versión de Top: Gun Maverick para el streaming.» Una afirmación contundente que, sin embargo, es probable deba desmentir en el futuro. Pero ahora es obvio por qué lo hizo. La película, un prodigio de eventos técnicos y complicadas tomas aéreas, es una celebración al cine espectáculo. 

La gran celebración de Léa Seydoux y los achaques del festival

La gran actriz francesa de la actualidad tuvo dos películas en proyección en el festival. Crimes of the Future, de David Cronenberg, y Un beau matin de Mia Hansen-Løve. Eso hace de Seydoux, un nuevo emblema del mundo cinematográfico galo y, a la vez, una concepción novedosa sobre la dualidad de su carrera. Puede tanto participar en grandes producciones hollywoodenses como en cine de autor. Lo que de alguna forma, permite a Cannes dialogar de manera discreta con varios puntos acerca de lo que quiere mostrar como festival. 

Y como no podía ser de otra forma, el evento comenzó y terminó con algunos contratiempos extraños. El primer día, el sistema de acreditación de la prensa dejó de funcionar y para la última proyección, se rumoreó que volvía a tener problemas. No hubo máscaras (recuerdo incómodo de la pandemia), pero sí un despliegue de grandes diseñadores, a la vez de protestas con desnudos que ponían el acento en los crímenes de guerra contra el pueblo ucraniano. 

También cumplió a medias su promesa de meditar sobre el cine como arte, industria y comercio. Hubo debates, algunas salas dedicadas al streaming — de nuevo, la posibilidad que el enemigo sea parte de un futuro cinematográfico — y por último, el cine de autor a plenitud. Incluso, hubo tiempo para la proyección de The Last Movie Stars, la miniserie documental dirigida por Ethan Hawke que cuenta la historia de la mítica pareja formada Paul Newman y Joanne Woodward. Todo en el marco de Cannes Classics. Por último, hubo reconocimientos para un grande del cine hollywoodense. La Palma de Oro de Honor recayó en Forest Whitaker, escogido mejor actor en Cannes por Bird en el año 1988. 

Y los ganadores fueron la gran sorpresa 

En la sección de competición hubo propuestas extraordinarias. Desde Broker de Hirokazu Kore-eda hasta la gran ganadora Triangle of Sadness del sueco Ruben Östlund, el festival demostró su músculo renovado. Crimes of the Future de David Cronenberg aterrorizó a la audiencia y varios acreditados abandonaron la sala de proyección. En el caso de Tori and Lokita de Jean-Pierre y Luc Dardenne, al contrario, estallaron los aplausos y los llantos. 

Incluso Cannes Première (usualmente un espacio complicado), tuvo estrenos preponderantes como As Bestas de Rodrigo Sorogoyen. Al extremo de la Quincena de los Realizadores (uno de los tres festivales dentro de Cannes), El agua de Elena López Riera deslumbró por inesperada belleza. 

Al final, los premios parecieron abarcar este extraño mapa de relaciones entre el poder del cine, su permanencia y su trascendencia final. La Palma de Oro fue para Triangle of Sadness, de Ruben Östlund, el Gran Premio del Jurado, ex aequo para Close de Lukas Dhont y Stars at Noon de Claire Denis. Por otra parte, Park Chan-wook se llevó el premio a la mejor dirección por Decision to Leave, Zar Amir Ebrahimi fue galardonada como mejor actriz por Holy Spider y el galardón para mejor actor recayó en Song Kang-ho, por Broker.


¿Respondió sus grandes preguntas el festival de Cannes? No, pero el hecho mismo de intentar hacerlo, le pone a la vanguardia del cine que sobrevivió a la pandemia. Un paso adelante, que hace menos de un año, habría resultado por completo impensable. 

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