Es innegable que la década de los ochenta y noventa fueron extremadamente prolíferas para el cine de terror. Pero, lamentablemente, ya en ese entonces el género cargaba con una valija de la cual aún no pudo desembarazarse del todo: esta idea de que sus historias son vacías, un simple entretenimiento para aquellos que sólo quieren disfrutar de un buen susto.

Queriendo subvertir esta noción y buscando un material con tintes políticos, el director Bernard Rose decidió llevar a la pantalla grande una adaptación del cuento corto The Forbidden, del ya célebre Clive Barker, padre de la franquicia Hellraiser.

Ambientado originalmente en Liverpool, la historia se enfocaba en problemáticas de segregación socioespacial. Rose, buscando locaciones estadounidenses hacia donde trasladar la historia encontró al barrio Cabrini-Green Homes. Este proyecto de viviendas públicas acogía sobre todo a grupos marginalizados, miembros de la sociedad que la clase media-alta muchas veces prefiere ignorar o incluso esconder. Esta construcción de la otredad es donde el miedo a lo desconocido crea antagonistas entre nuestros pares. Para Rose era claro que muchas veces este papel caía lamentablemente en la figura del ciudadano afroamericano, por lo cual decidió que esa debería ser la base de la historia: el terror detrás de como es el estereotipo quien construye al mito y, muchas veces, al monstruo.

La leyenda

Estrenada en septiembre de 1992, la historia presenta a Helen Lyle, una joven que trabajando en su tesis se hace eco del mito urbano de Candyman, un espíritu vengativo que aterra a los habitantes de Cabrini-Green. Invocarlo es fácil, solo se debe decir su nombre cinco veces frente a un espejo.

Pronto descubrimos que Candyman es más que un espíritu vengativo. El personaje es extremadamente elocuente, romantizado por momentos, un villano que pasa de la brutalidad absoluta a convertirse en un antihéroe de tintes góticos. Pero es el pasado trágico del personaje que dio fama a Tony Todd  lo que dimensiona el verdadero horror de la historia.

Nacido a principios de 1800, hijo de esclavos, Daniel Robitaille comete lo que para ese entonces era considerado un crimen: se enamora y embaraza a Caroline Sullivan, la hija de un aristócrata blanco. Arrastrado por un grupo enardecido, Daniel es linchado, su mano cortada y cuerpo cubierto con miel, expuesto a abejas que lo picarían hasta la muerte. Esto era una práctica común en esas fechas, habiendo registros de cientos de linchamientos realizados por décadas. Debido a la caldeada situación de los últimos años, sobre todo expuesta gracias al movimiento Black Lives Matter en 2020, hemos sido testigos de reportes que demuestran que estas ejecuciones públicas todavía hoy día son llevadas a cabo por grupos mayoritariamente blancos, siendo sus víctimas casi exclusivamente la comunidad afro.

Viniendo de una tradición en donde el cine tendía a reducir a personajes afro a estereotipos, una discusión sobre todo centrada en el boom en la década del 70 del subgénero conocido como blaxpotation, Candyman no solo utilizó el suspenso y gore de manera magistral para contar una historia, sino que puso en foco de manera sorprendentemente profunda a la violencia institucional y al trauma transgeneracional como heridas que aún sangran.

El legado

Al rápidamente convertirse en una película de culto, no es sorpresa que el estudio demandara una secuela. Pero los dos primeros planes de Rose no eran lo que los productores esperaban. La primera propuesta decidía no presentar a Candyman en absoluto, por lo que fue dada de baja.

La siguiente idea de Rose era hacer una precuela que se enfocaría en la historia de amor entre Daniel y Caroline. Pero es cuando menos irónico pensar que una de las principales razones por las cuales se decidió no apostar por esta historia era que el estudio consideraba que tener como eje un relato de amor interracial no sería bien recibido por el público.

Finalmente, en 1995 y 1999 respectivamente llegarían a las pantallas dos secuelas, Candyman: Farewell to the Flesh y Candyman: Day of the Dead. Ambas se conectarían con  la historia de la original al tomar como protagonistas a la descendencia de Daniel y Caroline para continuar con este legado.

Tal como Candyman clama en la primera entrega, es la gente quien mantiene el mito vivo. Y fue su público que durante más de veinte años mantuvo clamó por el retorno del personaje. Fue recién en 2018 en que se anunció oficialmente que habría una nueva entrega de la saga con Jordan Peele como productor y Nia DaCosta como escritora junto a él y ocupando la silla de directora.

Peele, habiéndose hecho conocido por la aclamada Get Out (2017) fue sin duda quien trajo tranquilidad al público respecto a las manos de quien el personaje había sido confiado. Ya que si bien debemos reconocer el gran respeto con el que Bernard Rose tocó estos temas, él continuaba siendo un hombre blanco señalando problemáticas que le son ajenas.

Tener gente de la comunidad afro frente y detrás de las cámaras no es un cambio menor. Los aciertos del filme original, que no solo presentó una de las películas gore más icónicas de las últimas décadas sino que señaló una discusión muy necesaria, ahora dan posibilidad a que esto se haga con aún mayor responsabilidad.

Impulsando el hashtag #TellEveryone, DaCosta espera generar conversaciones en las redes sociales respecto a la microviolencia racial, brutalidad institucional o gentrificación, entre los tópicos que toca la saga. El sitio oficial además presenta material donde se discute esto, actuando también como un espacio en donde visibilizar a los artistas visuales afroamericanos que participaron en el proyecto.

Candyman (2021) ya se encuentra disponible en las salas de todo el país y acá podés leer nuestra reseña.

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