Adiós a los pibes

The Boys: Una despedida irregular para una serie que supo ser fenomenal

Repasamos el recorrido de la serie, que fue de mayor a menor, pero dejó por el camino algunos momentos brillantes (y demasiado similares a la realidad).

por | May 26, 2026

Cuando los superhéroes dejaron de salvar ciudades y empezaron a vender bebidas energéticas, campañas electorales y traumas televisados, The Boys encontró su verdadera arma: destruir el espectáculo usando el mismo espectáculo. Algo más que evidente, desde su estreno en 2019. Mientras el cine heroico todavía vivía de aplausos automáticos y finales gigantescos llenos de portales azules en el cielo (ese deporte favorito de Hollywood), apareció The Boys (2019–2026) para dinamitar la fantasía del héroe impecable desde adentro

La serie creada por Eric Kripke, inspirada a su vez en los cómics de Garth Ennis y Darick Robertson, entendió algo que muchas franquicias todavía evitan mirar directamente. El verdadero núcleo de la idea de lo superheróico jamás fue tener personas con poderes; el problema fue convertirlas en marcas registradas. Algo que la serie analizó desde la sátira más cruda. Dentro del universo de Vought International, cada tragedia funciona como campaña publicitaria y cada sonrisa frente a cámaras parece ensayada por un equipo de relaciones públicas con olor a café frío y desesperación corporativa. 

Jack Quaid como Hughie Campbell en The Boys.

Pero fue Hughie Campbell (Jack Quaid) el que marcó desde la primera escena el tono de la serie. Probablemente, el personaje más cercano al espectador promedio, también se convirtió en símbolo del horror bajo la premisa de la historia. Alguien común aplastado emocionalmente por un sistema tan absurdo que hasta la muerte de su novia termina reducida a un accidente de celebridad.

La brutal escena causada por A-Train (Jessie T. Usher) marca desde el inicio el ADN de la serie. Sangre, humor enfermizo y sátira social mezclados con una naturalidad incómoda. Como si alguien hubiera dejado una licuadora funcionando con CNN, TikTok y una película gore de medianoche. Una mezcla que, además, dotó a la serie de una identidad particular y la impulsó hacia delante en toda la reflexión contemporánea acerca del bien y del mal, desde el género de superhéroes. 

Pero es la llegada de Billy Butcher (Karl Urban) la que transforma ese caos en una cruzada rabiosa, enfurecida y destinada a la tragedia. Urban interpreta al personaje como un hombre consumido lentamente por el odio, alguien incapaz de diferenciar entre justicia y venganza porque ambas cosas ya se mezclan en su mente hace mucho tiempo y de manera total.

Karl Urban como Billy Butcher en The Boys (2019-2026)

Lo interesante es que la serie nunca intenta romantizarlo demasiado. Butcher resulta carismático, atractivo y siniestro, pero también profundamente destructivo. Siempre parece estar a segundos de incendiar una habitación solo para comprobar si todavía siente algo. 

Un villano siniestro e implacable

Sin embargo, incluso entre explosiones de violencia y discursos cargados de veneno, la figura dominante termina siendo Homelander (Antony Starr). Un personaje que encarna el horror conceptual que dinamitó cualquier idea sobre el bien para convertirla en peligro corporativo. Starr construye uno de los personajes más inquietantes que ha dado el entretenimiento superheroico reciente porque jamás lo interpreta como un monstruo fácil de comprender y, de hecho, parte del mérito en la serie durante sus comienzos es justamente su capacidad para convertir a este líder narcisista en un peligro ambulante. 

Homelander sonríe, posa para cámaras, abraza niños y luego transmite la energía emocional de alguien que podría desintegrar un edificio porque una encuesta bajó dos puntos. Ahí vive el verdadero terror de la serie: en la necesidad patológica de adoración pública.

Antony Starr como Homelander y Cameron Crovetti como Ryan Butcher.

La sátira funciona porque entiende perfectamente cómo opera la cultura contemporánea. Las masas ya no necesitan líderes estables; necesitan figuras virales capaces de convertir el narcisismo en espectáculo permanente. Homelander parece una mezcla entre celebridad, político y bomba nuclear emocional. Una combinación depravada y contemporánea. Que podría salir mal y salió muy mal. 

El circo patriótico y la podredumbre emocional

Pero con el avance de las temporadas, The Boys dejó de sentirse como una simple burla al género superheroico y empezó a convertirse en una radiografía bastante amarga sobre fanatismo moderno, manipulación mediática y descomposición política. La serie nunca disimuló de dónde provenía y, de hecho, cómo construyó su larga estructura de visiones y contraposiciones sobre la fama y la política.

De hecho, disfruta golpeando al espectador con ellas como si fueran ladrillos lanzados desde una convención de influencers armados. Vought transforma movimientos sociales en mercancía instantánea, vende inclusión empaquetada como campaña de marketing y utiliza a sus héroes como piezas electorales mientras produce películas, juguetes y contenido propagandístico

The Boys terminó convirtiéndose en una triste radiografía de la actualidad.

En cierto sentido, la serie conversa constantemente con el cómic Watchmen de Alan Moore (1986-1987), aunque cambia la densidad filosófica por sarcasmo salvaje y humor grotesco. También comparte un vínculo argumental evidente con Kick-Ass (2019) e Invincible (2021-), pero mientras esas historias todavía conservan algo de fascinación hacia la idea del heroísmo, The Boys parece convencida de que cualquier figura convertida en ídolo terminará inevitablemente corrompida por el poder, el ego o los algoritmos.

Y lo peor es que estas problemáticas empezaron a sentirse menos exageradas con cada nueva temporada. El ascenso de Stormfront (Aya Cash), el fanatismo digital y la radicalización colectiva dejaron de parecer ciencia ficción para transformarse en una especie de documental con láseres asesinos.

Una evolución torpe

Aun así, la serie encontró sensibilidad dentro de toda esa podredumbre institucional. Starlight (Erin Moriarty) evoluciona desde una joven ingenua hacia alguien atrapado entre principios personales y maquinaria corporativa. Mother’s Milk (Laz Alonso) encarnó el último adulto funcional en una habitación llena de personas emocionalmente destrozadas, y lo hizo sin recurrir totalmente a la ironía.

Kimiko (Karen Fukuhara), incluso sin decir una palabra, transmitió más dolor que muchos monólogos enteros del género. Su vínculo con Frenchie (Tomer Capone) aportó una sensibilidad inesperada dentro de tanto caos sanguinolento. También sorprendió el recorrido de The Deep (Chace Crawford), quien pasa de ser una caricatura ridícula a convertirse en un retrato deprimente sobre celebridades incapaces de aceptar su irrelevancia

Crawford entendió perfectamente que el personaje debía provocar lástima y vergüenza al mismo tiempo. Ashley Barrett (Colby Minifie), por otro lado, representó probablemente el retrato más preciso del colapso psicológico corporativo moderno. Una ejecutiva atrapada dentro de un sistema que devora a todos mientras obliga a sonreír frente a PowerPoint motivacionales. Más adelante Sister Sage (Susan Heyward) y Firecracker (Valorie Curry), figuras construidas alrededor de la manipulación informativa, el populismo digital y la explotación del miedo colectivo, analizaron nuevas formas de maldad.

Susan Heyward como Sister Sage y Valorie Curry como Firecracker.

La serie abandonó cualquier sutileza y se volvió una ametralladora satírica disparando contra medios, política y cultura viral. A veces era brillante. Otras veces, tenía la profundidad de un hilo de redes sociales escrito durante un ataque de cafeína. Pero incluso en sus excesos, mantuvo su integridad como discurso subversivo y rebelde. Algo que evitó que, a pesar de su desgaste, la serie se volviera completamente irrelevante.

El fin del héroe limpio

La tercera y cuarta temporada empujaron la serie hacia un territorio todavía más agresivo, retorcido pero curiosamente más vacío. La llegada de Soldier Boy (Jensen Ackles), un personaje clásico del cómic permitió construir una crítica bastante venenosa al patriotismo fabricado como producto cultural. Ackles interpreta al personaje con una mezcla efectiva de decadencia emocional, brutalidad y ego envejecido.

Aya Cash como Stormfront.

Y por supuesto, con una comparación obvia: como si el Capitán América hubiera despertado después de décadas viendo canales conspirativos y anuncios militares. Mientras tanto, Hughie comienza a obsesionarse con el poder y Butcher cruza límites morales cada vez más peligrosos. Ahí aparece una de las ideas más interesantes de toda la serie. Y una obvia: quienes dedican su vida a destruir monstruos pueden terminar fascinados por convertirse en uno. 

Pero quizás la decisión conceptual más complicada llegó con la cuarta temporada, cuando The Boys abandona casi toda distancia metafórica y transforma a Homelander en una figura política abierta, respaldada por seguidores incapaces de cuestionar absolutamente nada. El personaje deja de ocultar su violencia porque ya entendió que el espectáculo contemporáneo premia precisamente eso.

Antony Starr convierte esa evolución en algo aterrador y miserable al mismo tiempo, por lo que Homelander ya no necesita parecer perfecto. Solo necesita seguidores suficientemente furiosos para justificar cualquier atrocidad. El resultado se siente incómodo porque la serie comienza a parecer demasiado cercana a la realidad. Como si internet hubiera decidido escribir fanfiction fascista con presupuesto millonario.

Karen Fukuhara como Kimiko en The Boys.

De modo que la conclusión de la serie es mucho más una autopsia emocional que un final heroico tradicional. Butcher termina convertido en una figura devastada física y mentalmente, consumido por la misma obsesión que lo mantuvo vivo durante años.

Con un paralelismo evidente con la primera temporada, el conflicto final con Hughie sirve para responder la pregunta moral que persiguió toda la historia: cuánto puede degradarse alguien antes de convertirse exactamente en aquello que juró destruir.

Un dilema tenebroso que la serie resolvió de manera parcial y terminó por convertir en preguntas sin sentido en medio de su premisa. Y que además, creó la idea de un personaje masculino blanco que era el extremo contrario de Butcher (y su odio) y Homelander (y su psicopatía). Uno capaz de ser padre y resurgir de sus cenizas.

Al final, The Boys deja algo bastante claro: jamás habló realmente sobre personas capaces de volar o lanzar rayos láser. Habló sobre sociedades dispuestas a idolatrar figuras violentas mientras gobiernos y corporaciones convierten esa devoción en combustible político y económico.

Superhéroes como producto de consumo masivo. Dioses fabricados por departamentos de marketing. El apocalipsis vestido con sonrisa televisiva. Y honestamente, viendo el estado actual del mundo, la parte más inquietante es que la serie ya ni siquiera parece exagerada.

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