En tiempos donde las franquicias parecen dominar la conversación y los algoritmos deciden qué vemos, el Festival de Cannes sigue funcionando como un recordatorio necesario de que el cine todavía puede ser riesgo, provocación y resistencia. La edición 2025 del certamen francés tuvo un poco de todo: ovaciones eternas, polémicas y discursos políticos, estrellas de Hollywood. Pero también nuevos autores consagrados y un palmarés que volvió a confirmar a Cannes como el gran termómetro del cine de autor contemporáneo.
La gran ganadora fue It Was Just an Accident, del director iraní Jafar Panahi, que se llevó la Palma de Oro con una película atravesada por la represión política y la identidad de un país en conflicto. El triunfo no fue menor: Panahi es uno de los cineastas más perseguidos por el régimen iraní y durante años tuvo prohibido filmar y salir de Irán. Su victoria en Cannes se sintió como algo más que un reconocimiento cinematográfico: fue un gesto político del festival y una de las imágenes más poderosas de esta edición.

Pero Cannes 2025 también fue un festival lleno de emociones. El noruego Joachim Trier volvió a conquistar a la crítica con Sentimental Value, una de las películas más elogiadas del año y ganadora del Gran Premio del Jurado. Después del fenómeno de The Worst Person in the World (2021), Trier entregó otro drama íntimo y devastador sobre familia, memoria y arte. Muchos críticos la daban incluso como favorita para la Palma.
Otra de las grandes protagonistas fue Sirât, del español Oliver Laxe, que compartió el Premio del Jurado con Sound of Falling, de la alemana Mascha Schilinski. La hipnótica, sensorial y radical película de Laxe fue una de las más comentadas del festival y confirmó al director gallego como una de las voces más personales del cine europeo actual.
En el terreno actoral también hubo nombres fuertes. El brasileño Wagner Moura ganó el premio a Mejor Actor por O Agente Secreto, mientras que la revelación francesa Nadia Melliti obtuvo el galardón a Mejor Actriz por La petite dernière. Además, el director brasileño Kleber Mendonça Filho se llevó el premio a Mejor Dirección, consolidando el gran momento del cine latinoamericano en el circuito internacional.

Si algo tuvo Cannes este año fue conversación sobre actualidad. Desde el minuto uno quedó claro que el contexto político mundial iba a atravesar al festival. Hubo discursos sobre la guerra, la censura, la inteligencia artificial y el rol del arte en tiempos de crisis. Incluso la conferencia del jurado -presidido por la reconocida actriz francesa Juliette Binoche– terminó convirtiéndose en uno de los momentos más comentados del evento por las declaraciones de figuras internacionales sobre Hollywood, Gaza y la libertad creativa.
También hubo espacio para el glamour clásico que Cannes nunca abandona del todo, desde la alfombra roja hasta el escenario. Robert De Niro recibió una Palma de Oro honorífica en uno de los momentos más emotivos del festival. Su discurso fue ovacionado y funcionó como una celebración del cine de otra época: el de las estrellas míticas, el de los autores que todavía podían cambiar la cultura popular desde una pantalla gigante.
“Todos estos ataques son inaceptables. Y no es solo un problema estadounidense, sino mundial. Como en una película, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Tenemos que actuar, y tenemos que hacerlo ya: sin violencia, pero con gran pasión y determinación”

Mientras tanto, Hollywood aterrizó en la Croisette con varias apuestas fuertes. Entre las películas más comentadas estuvieron los nuevos trabajos de Ari Aster, Wes Anderson y Kelly Reichardt, aunque la recepción fue desigual. Como suele pasar en Cannes, algunas producciones llegaron rodeadas de hype y se fueron dividendo completamente a la crítica.
A la vez, Cannes 2025 también funcionó como vidriera para una nueva generación de estrellas de Hollywood que se pasan detrás de cámara. En la sección Una Cierta Mirada se presentaron dos debuts como directores particularmente comentados. Por un lado, Scarlett Johansson estrenó Eleanor the Great, protagonizada por June Squibb. La historia de una mujer de 90 años que, tras la muerte de su mejor amiga, intenta reconstruir su vida regresando a Nueva York después de décadas viviendo en Florida.
Por otro lado, Harris Dickinson (una de las revelaciones actorales más fuertes de los últimos años gracias a títulos como Babygirl) presentó su ópera prima Urchin. Un drama sobre un hombre en situación de calle en Londres que intenta escapar de un espiral de autodestrucción. Más allá de la recepción crítica, ambas películas dejaron en claro algo que Cannes suele detectar antes que nadie: las estrellas ya no solo quieren actuar, también quieren contar sus propias historias.

Entre las películas que ya empiezan a perfilarse para la próxima temporada de premios aparece con fuerza Die, My Love, la nueva película de Lynne Ramsay basada en la novela de la escritora argentina Ariana Harwicz, Mátate, amor. Protagonizada por Jennifer Lawrence y Robert Pattinson, la película dividió a parte de la crítica por su tono caótico y visceral, pero al mismo tiempo convirtió a Lawrence en una de las actuaciones más comentadas de todo Cannes. Su interpretación de una mujer atravesada por una depresión posparto extrema ya suena fuerte en las primeras conversaciones sobre las potenciales nominadas para la próxima entrega de los Oscar.
Pero no fue la única producción de Cannes 2025 que empezó a generar “Oscar buzz”. Sentimental Value, de Joachim Trier, quedó rápidamente posicionada como una potencial favorita para la categoría internacional y para varios rubros actorales, mientras que títulos como Nouvelle Vague de Richard Linklater también comenzaron a aparecer en las primeras predicciones de la temporada.

Como suele pasar cada año, Cannes volvió a demostrar que no solo marca el pulso del cine de autor: también funciona como el primer gran escenario donde empiezan a definirse las películas que probablemente dominarán la conversación cinéfila durante los próximos meses.
Uno de los grandes temas de esta edición fue justamente esa tensión entre el cine industrial y el cine de autor. En un año marcado por la incertidumbre de la industria audiovisual, Cannes volvió a presentarse como un refugio para películas difíciles de clasificar, alejadas de la lógica del algoritmo y más interesadas en incomodar que en complacer. Varias de las favoritas del público y la crítica fueron películas pequeñas, arriesgadas y profundamente políticas.

El festival también tuvo una fuerte presencia iberoamericana. España vivió una de sus participaciones más celebradas de los últimos años gracias a Oliver Laxe y a la expectativa alrededor de nuevos nombres del cine español contemporáneo. Y desde Sudamérica, Brasil volvió a demostrar que atraviesa uno de sus mejores momentos creativos recientes.
Como siempre, Cannes dejó algo más importante que premios: dejó momentos. La emoción de Panahi levantando la Palma de Oro. Las discusiones eternas saliendo de cada función. Las ovaciones interminables y los abucheos inevitables. Las estrellas caminando por la alfombra roja mientras, adentro de las salas, directores de todo el mundo intentaban reinventar el cine una vez más.
Porque al final, Cannes sigue siendo ese lugar sagrado donde el cine todavía importa y tiene el potencial de cambiar la realidad. Y quizás por eso todos los años las miradas del mundo entero se siguen posando en el festival porque ahí, entre flashes y sueños de celuloide, cada año el cine se reinventa con más fuerza. Y se salva a sí mismo.
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