Regresó nuestra serie de época favorita, Bridgerton (2020-), y lo hizo conservando su esquema narrativo característico: poner como eje de cada temporada la historia de amor de uno de los hermanos de la familia protagónica. Desde que se publicaron los trailers de la cuarta temporada, se confirmó que esta vez le iba a tocar a Benedict Bridgerton (Luke Thompson) sufrir por amor.
Teniendo en cuenta lo que nos contaron del personaje en las temporadas anteriores, se adivinaba la contradicción en poner la idea del amor romántico sobre un personaje presentado como rebelde y promiscuo. Lo que no podíamos anticipar (al menos quienes no leímos la saga de libros en la que se basa la serie) es que esa contradicción se vería también atravesada por un romance aparentemente imposible. Porque Benedict, miembro de una familia acaudalada y llena de privilegios en plena época de la Regencia, no solo se enamora por primera vez sino que se enamora de una criada (Sophie, interpretada por Yerin Ha).

El foco en los trabajadores
Hasta ahora Bridgerton presentó historias de amor y amistad entre miembros de la alta sociedad, relegando a los personajes de clase trabajadora a roles de reparto que funcionaban solo como contrapunto o como un recurso cómico. En la segunda temporada hubo un coqueteo con la idea del amor interclase, con la relación entre Eloise (Claudia Jessie) y Theo, el trabajador de la imprenta que la ayuda mientras investiga a Lady Whistledown. La Bridgerton más intelectual se sintió atraída por el pensamiento radical de Theo y el mundo que este la abre, pero es justamente por la diferencia social entre ambos y el daño que esta relación podría hacerle a su reputación que Eloise decide alejarse.
En esta temporada, en cambio, la diferencia de clases toma protagonismo al ser el tema de la trama principal. Y este giro se instala desde los primeros planos del episodio inaugural que muestran los preparativos para un baile en la casa de los Bridgerton, recorriendo la cocina y todos los espacios de trabajo de la parte baja de la casa (el área dominada por la servidumbre).

Así podemos dimensionar la cantidad de personas y de tareas que se necesitaban para darle servicio a una sola familia. Ese protagonismo se mantiene no solo con el romance de Benedict y Sophie, si no que “la guerra de doncellas” llega a ser incluso un tema preponderante en la pluma de Lady Whistledown.
Visibilizar lo invisible
Hay una intención clara en esta temporada de visibilizar todo el trabajo silencioso de quienes -en una época en la que no existía la movilidad social- no tenían otra alternativa en la vida más que servir, soportando explotación y vejaciones de un sistema que no contaba con el amparo de los derechos laborales. Así, a una escena de juego entre hermanos que a priori podría resultar simpática le sigue el plano de la sirvienta que tiene que limpiar las consecuencias de ese juego, algo que la serie jamás se había detenido en mostrar antes.

Incluso se cuenta el intento de violación de una criada por parte de su empleador, que sirve como desencadenante para que Benedict y Sophie pasen unos días juntos, luego de que ambos intervengan para defenderla. Es así como esta temporada se aleja por momentos del tono rosa que caracteriza a la serie para exponer, aunque sea de forma colateral, las miserias e injusticias que se escondían detrás de las elegantes fachadas de esas mansiones de londinenses.
El libertino y la doncella
En las temporadas anteriores nos presentaron a Benedict como el Bridgerton más libre y más reacio a cumplir con los mandatos sociales que se esperan de él (por eso su complicidad con Eloise). Artista y curioso, en la temporada anterior llegó incluso a romper con sus propios prejuicios para explorar (y disfrutar de) su bisexualidad.

La nueva temporada instala a Benedict en un momento de excesos, en el que se resiste a ocupar el lugar de su hermano Anthony (que está en India con su esposa Kate) en cuanto a las responsabilidades y compromisos familiares. Esa resistencia es particularmente firme en lo que respecta a la idea de sentar cabeza y casarse, pese a la insistencia de su madre.
Esta introducción funciona como perfecto contrapunto para que, momentos después y ya en el baile de máscaras organizado por Lady Violet (un baile al que él ni siquiera quería asistir), Benedict quede totalmente rendido ante una mujer misteriosa, oculta tras un antifaz. Esa mujer resulta ser Sophie, una doncella que se viste con ropas prestadas para cumplir su sueño de ver cómo es la vida “del otro lado”, colándose en el baile que la pone en el camino de Benedict.

La referencia a La Cenicienta se hará cada vez más clara cuando descubramos que Sophie es en realidad la hija ilegítima de un aristócrata que siempre cuidó de ella pero que, al morir, la dejó desprotegida y a merced de su cruel madrastra. Tal y como en el famoso cuento, al quedar huérfana la madrastra le niega su derecho de sangre (algo muy fácil de hacer con alguien de origen ilegítimo) y la reduce a la condición de servidumbre para subsistir.
¿Un guiño a otra Cenicienta?
Hay cosas que no admiten debate, y una verdad incuestionable es que la mejor versión fílmica de La Cenicienta (al menos hasta ahora) es Ever after: A Cinderella Story (1998), protagonizada por Drew Barrymore y Anjelica Houston. El diferencial de esa Cenicienta era su valentía, su intelecto, su fuerte sentido de conciencia social, y la ausencia de magia: no había ninguna hada madrina que le allanara el camino, si no que Danielle (Drew Barrymore) resolvía los conflictos con su propio ingenio y con la ayuda de sus amigos.

Algo parecido sucede en esta versión libre que nos ofrece Bridgerton: Sophie (que posee una educación prodigiosa para lo que se espera de una criada) llega al baile sin hechizos ni encantamientos, bordando su propio antifaz, tomando un vestido prestado, y aceptando la colaboración de sus compañeros de servicio que la adoran y complotan para cumplir su sueño.
Ambas versiones están espejadas (aunque ambas comparten el canon de una madrastra y una hermanastra malvadas, y otra hermanastra buena y gentil). En Ever After, Danielle conoce al príncipe como una simple sirvienta, pero él sólo la registra cuando la ve disfrazada de cortesana, obligándola a sostener ese personaje a medida que se van conociendo.
En Bridgerton, en cambio, Benedict queda flechado de una mujer misteriosa cuya identidad desconoce, pero se enamora de Sophie en su identidad real sin saber que la doncella y la mujer del baile son la misma persona. Este punto se opone a la idea del “amor a primera vista” y habla en cambio de la construcción verdadera del amor: compartir en el tiempo la intimidad de lo cotidiano.

Más allá de los cambios que hacen que la referencia al cuento funcione mejor en el universo de Bridgerton (el guante que reemplaza al zapato extraviado, por ejemplo), el hecho de que Sophie sea la hija ilegítima de un miembro de la alta sociedad será determinante en lo que pueda pasar en su relación con Benedict.
El quiebre de la temporada en dos partes nos dejó con ESA propuesta flotando en el aire, y si bien tendremos que esperar para ver cómo se desarrollan los acontecimientos, podemos anticipar que la misma no fue muy bien recibida. La segunda parte de esta cuarta temporada se estrena el 26 de febrero, y entonces podremos saber si se confirman nuestras sospechas.
El amor después del amor
Además de la trama principal enfocada en el romance entre Benedict y Sophie, estos primeros episodios presentaron otras subtramas para el resto de los personajes que componen esta saga coral. Hay fricciones en la amistad entre la reina Charlotte (Golda Rosheuvel) y Lady Danbury (Adjoa Andoh), Francesca (Hannah Dodd) inicia una fase de curiosidad y exploración sexual, y Penelope Featherington/Lady Whistledown (Nicola Coughlan) descubre que la pérdida del anonimato tiene ciertos beneficios.

Pero hay una historia que se venía “cocinando” desde la temporada anterior y que explota en este lanzamiento: el reencuentro de Lady Violet (Ruth Gemmell), la matriarca de la familia, con su propia sexualidad en la madurez. A lo largo de la saga nos contaron que Lady Violet enviudó mientras estaba embarazada de su hijo más joven, y el trauma que esa pérdida significó para ella.
Es por lo tanto notable la sensibilidad y el humor que la serie manejó para contar cómo esta mujer, que supo estar con un solo hombre durante toda su vida y que abrazó el celibato en su viudez, logra desafiar sus propios prejuicios para reconectar con su cuerpo y con su deseo. Sus escenas con Lord Marcus Anderson (Daniel Francis) ofrecen momentos y diálogos memorables, y es digno de celebrar que los guionistas le hayan dado tanto espacio a esta historia.
Una vuelta de tuerca
En definitiva, Bridgerton mantiene la fórmula que tanto éxito le trajo: narrar romances de época llenos de lujo en el marco de la alta sociedad de la Regencia, con la inclusión de jugadas escenas de sexo. Pero esta temporada se siente refrescante tanto en tono como en temática: hay algo muy interesante en este nuevo enfoque de mostrar, con mayor o menor sutileza, quiénes son los que ponen el cuerpo y el trabajo que ese lujo requiere. Darles relevancia y protagonismo a esas voces antes calladas y exponer la desigualdad de un sistema social y económico no parece una decisión casual en los tiempos que corren.



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