Durante décadas, la comedia romántica se ha sostenido sobre una fórmula tan reconocible como reconfortante. Dos personas se conocen, se odian (pero no tanto), sobreviven a una serie de obstáculos absurdos y finalmente se besan bajo la lluvia. Era el cine del “felices para siempre” en Technicolor, de Meg Ryan y Tom Hanks cruzando caminos hasta encontrarse al borde del Empire State. Pero como todo género que vive demasiado de sí mismo, esa comodidad devino en repetición, y luego, en parodia.
La era dorada de la RomCom — alimentada por el ingenio de Nora Ephron, el romanticismo postmoderno de Cameron Crowe y los tropos adorables de Richard Curtis — comenzó a declinar a medida que el mundo real dejaba de parecerse a sus promesas. Materialists (2025) de Celine Song, no solo se inscribe en ese linaje: lo interrumpe con sutileza quirúrgica.

En lugar de negar la estructura, la explora desde dentro. Como si Song hubiera recibido el guion de Just Go with It (2011) y lo hubiera leído como crítica social. Su protagonista ya no sueña con el amor puro: lo vende, lo empaqueta y lo ajusta al perfil de clientes con más capital que convicciones. Lucy (Dakota Johnson) sabe que las comedias románticas eran un truco emocional, pero, aun así, en algún rincón melancólico, quiere que el truco funcione.
Lo más provocador de Materialists es que no niega la posibilidad del amor, pero tampoco la fetichiza. A diferencia de los relatos que intentaban disfrazar la desigualdad con encanto — como Pretty Woman (1990), donde la prostitución se resuelve con una limusina — , aquí el dinero no se esconde. Se exhibe como un tercer personaje en cada escena.
En lugar de cerrar los ojos ante las jerarquías sociales, la película las muestra en plena danza con los afectos. Es un gesto contemporáneo que reubica el género en un presente menos ingenuo. La comedia romántica ya no puede fingir que el amor basta. Y Song lo sabe. Por eso su guion se desliza entre lo emocional y lo pragmático, entre lo que deseamos y lo que elegimos cuando nadie nos mira.

En esa perspectiva, Materialists es heredera de esa corriente moderna que comenzó a fracturar el molde clásico: La La Land (2016), 500 Days of Summer (2009), Obvious Child (2014) o incluso Frances Ha (2012), si se extiende el concepto hasta el límite. Todas ellas cuestionan si el final feliz debe parecerse a un anillo o a una realización personal. La película de Song no toma partido: expone, desmonta y luego deja que el espectador arme sus propias ruinas.
Una visión dura del amor
Si las comedias románticas de antaño giraban en torno al malentendido adorable — un error de identidad, una carta perdida, una cita que no era tal — , las nuevas versiones están atrapadas en dilemas más espinosos. La ansiedad por el éxito, la presión estética, la fatiga emocional de las apps de citas, el trauma generacional.
La torpeza ha sido reemplazada por la incomodidad existencial. En este nuevo paisaje emocional, Materialists se convierte en un espejo incómodo: ¿es el amor otra forma de marketing emocional? ¿Está mal buscar pareja como quien escoge una propiedad en Zillow? Las preguntas no son sutiles, pero el enfoque sí lo es.

A diferencia de las sátiras más explícitas como The Lovebirds (2020) o Isn’t It Romantic (2019), Song no se burla del género. Lo lleva al diván. La dirección elegante, el vestuario calculadamente perfecto y los diálogos que coquetean con la poesía sirven como envoltorio estético para un núcleo profundamente crítico. El glamour, que en otras películas era el fin, aquí es solo el contexto de una conversación sobre deseo, clase y autoengaño.
El amor cínico entra en escena
Este giro no es un accidente ni una moda pasajera. Es el resultado inevitable de una generación que creció viendo a Julia Roberts enamorarse en cada esquina. Solo para luego descubrir que la vida está más cerca de Marriage Story (2019) que de Runaway Bride (1999). Las comedias románticas modernas necesitan hacerse preguntas incómodas si quieren seguir existiendo con relevancia.
Ya no basta con poner a dos personas atractivas frente a un café humeante y una canción de The Cure. Ahora deben negociar traumas, cuentas pendientes y contradicciones internas. Y eso es exactamente lo que hace Materialists. En lugar de resolver el triángulo amoroso con una gran declaración de amor, deja abiertas todas las puertas, como si dijera: el amor no es una respuesta, es una variable más en la ecuación.

Como en High Fidelity (2010), la historia no se cierra porque no puede cerrarse sin sacrificar su autenticidad. El futuro de la comedia romántica parece entonces bifurcarse: seguirá siendo cómica, tal vez, pero no necesariamente romántica en el sentido tradicional. Más bien, será romántica en el sentido de atreverse a imaginar otro tipo de intimidad, menos ideal y más real. Y ahí, precisamente, es donde Celine Song está escribiendo el nuevo canon.
Amor sí, romance no
En su nueva entrega cinematográfica, Celine Song vuelve a poner el dedo en la llaga de las relaciones modernas, con una pregunta que parece sacada de un test de revista noventera, pero que todavía nos deja pensando: ¿conviene más el amor o la estabilidad económica? Lejos de parecer un dilema superficial, la película se instala cómodamente en ese terreno incómodo donde se cruzan los deseos románticos con la cruel matemática del capital.
En una época que nos promete que las mujeres pueden tenerlo todo — amor, dinero, independencia, peinados perfectos — , Song ofrece una historia que no busca complacer esa ilusión, sino desmontarla con estilo y algo de acidez. No es la primera vez que alguien lo intenta: ya Jane Austen lo había puesto sobre la mesa en Sensatez y sentimientos a principios del siglo XIX y las screwball comedies de los años ’30 hicieron lo propio en el siglo pasado con mujeres brillantes que sabían hacer negocios… incluso en el amor. Materialists toma ese legado y lo reconfigura para un mundo donde los algoritmos también te dicen con quién deberías salir. Eso sí, con buena iluminación y vestidos carísimos.

El personaje central, Lucy, no solo habita ese espacio ambiguo entre lo ético y lo aspiracional: lo explota como una experta. Como casamentera de la élite de Nueva York, su trabajo consiste en encontrar la ecuación perfecta entre belleza, estatus y compatibilidad… con tal naturalidad que parece que lleva haciéndolo desde que se inventó Tinder.
El montaje de primeras citas fallidas que suele acompañar toda comedia romántica que se respete — de Hitch (2005) a The Holiday (2006) — aparece aquí reformulado como entrevistas profesionales, donde los clientes desfilan con demandas absurdas dignas de una telenovela de lujo.
Un elenco estupendo
Dakota Johnson, con su encanto casual y su talento para el cinismo elegante, lleva la película con la misma soltura con la que una influencer dice que “se puso cualquier cosa”. No sorprende que el vestuario, diseñado por Katina Danabassis (Lady Bird), sea una extensión del personaje: sofisticado pero con ese descuido medido que solo se logra con presupuesto y buen gusto. Y justo cuando creemos haberla encasillado, aparece Harry: guapo, millonario, con cara de Pedro Pascal y modales de Notting Hill en traje de diseñador.

La dinámica se complica cuando al cóctel glamuroso se le agrega una pizca de historia pasada: John, el exnovio, irrumpe en escena solo para arruinarlo todo. Chris Evans interpreta a este personaje, alejándose con gusto del molde de perfección con escudo patriótico.
Aquí es un camarero con deudas, mirada triste y una chispa que no ha muerto, aunque las copas que sirve lo digan todo. El triángulo amoroso no solo funciona porque ambos hombres parecen sacados de fantasías distintas, sino porque representan dos formas de mirar la vida.
Con cada encuentro, Lucy se mueve entre la seguridad y el vértigo, entre lo que puede garantizarse y lo que únicamente se puede sentir. Song no opta por el clásico juego de “bueno versus malo”: ninguno es villano. Ambos son tiernos, atentos, y profundamente humanos. Así, el dilema deja de ser caricaturesco y se convierte en una verdadera tensión emocional.

Entre lo clásico y lo moderno
Lo que vuelve tan poderosa esta historia no es solo el conflicto, sino cómo está contado. Song, nominada por el guion de su ópera prima Past Lives (2023), vuelve a demostrar que escribe personajes con nervio, con contradicciones palpables y una habilidad quirúrgica para decir exactamente lo que uno no se atreve a decir en voz alta. Hay algo de Nora Ephron en su manera de capturar los diálogos, esa precisión emocional que logra ser dulce y devastadora en la misma línea.
También hay algo de Billy Wilder: la ironía elegante, la tristeza escondida detrás de la broma perfecta. Y si hablamos de referencias, no se puede ignorar la cercanía con Cameron Crowe, especialmente en la manera en que las escenas se cargan de sentido con una canción, una mirada, una pausa. Evans se luce con un personaje que le permite tocar teclas que rara vez le prestan en Hollywood: fragilidad, frustración, ternura incómoda. La química con Johnson no grita, susurra. Y eso la hace aún más peligrosa.

La película se permite respirar en un tramo de road trip que remite inevitablemente a clásicos como Two for the Road (1967). Es un viaje breve, pero suficiente para que Lucy y John repasen lo que fueron y lo que podrían haber sido. La cámara de Shabier Kirchner aprovecha cada reflejo, cada dorado del atardecer, para pintar una nostalgia que no es empalagosa, sino precisa.
Las luces blancas colgadas en un patio nocturno, los silencios entre dos frases que no saben si son una despedida o un nuevo comienzo: todo construye un clima que se despega del frenesí habitual del género. La música de Daniel Pemberton también acompaña este tránsito: comienza vibrante y colorida, pero se oscurece con delicadeza hacia un registro más íntimo. Como si dijera: esto ya no es solo sobre quién se queda con quién, sino sobre quién puede enfrentarse a sí mismo sin máscaras ni trajes caros.
¿felices para siempre?

Una historia paralela protagonizada por una clienta particularmente exigente, interpretada con fuerza por Zoë Winters, le da a la trama un arco que al principio desconcierta, pero que luego se justifica por la intensidad emocional que arrastra. Funciona como espejo distorsionado de Lucy, y sirve para desatar una vulnerabilidad que hasta entonces solo se insinuaba.
Materialists no cierra con fuegos artificiales ni besos bajo la lluvia, sino con una resolución tan estéticamente cuidada y emocionalmente ambigua que dan ganas de repasar de nuevos sus mejores partes, como pasa con las mejores obras de arte. Song no busca respuestas fáciles ni complacientes.
Como en 500 Days of Summer, el final no es el principio de una historia de amor, sino la aceptación de que, a veces, el amor es una posibilidad que no encaja con el presente. Y aun así, cuando las luces se encienden, uno no puede evitar sonreír. Porque, aunque no sepamos si Lucy eligió el corazón o la billetera, queda claro que eligió con los ojos abiertos. Y eso, en estos tiempos de simulacros románticos, ya es todo un gesto radical.
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