Hace unos años y a propósito del estreno de And So It Goes (2014) del director Rob Reiner, el crítico Jürgen Müller escribió que Diane Keaton es un “estado de ánimo”. Se trató de, quizás, la mejor forma de definir a una mujer que no solo marcó un paradigma en el mundo del cine, sino que también representó una percepción rupturista acerca de lo femenino en el cine. Con sus gestos nerviosos, sonrisa torcida y singular inteligencia, Keaton marcó un punto esencial de los personajes más allá de su autor.

La filmografía de Keaton siempre ha sido una expresión recurrente de sus obsesiones. Desde los peligros de la intelectualidad hasta esa noción del amor como una extraña mezcla de desconcierto y dolor. La actriz ha logrado manejar toda una serie de símbolos íntimos en cada una de sus películas que hacen inconfundibles sus actuaciones. Para Keaton, la frontera de su inquietud sobre por qué nos enamoramos es una especie de punto de inspiración. Uno que parece confundirse con esa angustiada noción suya sobre el existencialismo contemporáneo. El ser o no ser que nos transforma en héroes de nuestras pequeñas epopeyas insustanciales. También, en víctimas de lo que tememos, anhelamos e incluso lo que somos.

Ganadora de un premio Oscar por Annie Hall (1977) de Woody Allen, Keaton encarna sin querer la quintaesencia de la comedia moderna. En una época curiosa, de análisis del cine metáfora, logró que su Annie se convierta en un símbolo. Construida para el humor intelectual, pero sobre todo, para asumir su peso metafórico como idea sobre la sensibilidad contemporánea, el personaje es tan vital como extravagante. La película, que cuenta la historia de Alvy (Woody Allen) y Annie (Diane Keaton), es un homenaje a lo peculiar. Y Keaton es el rostro de la percepción de la mujer como igual, del ideal inalcanzable reconvertida en punto de asombro. La pareja disfuncional cuya relación parece incapaz de soportar la neurosis que ambos comparten, en un interminable debate existencialista, muestra una evolución sorpresiva en el cine.

El argumento se plantea preguntas sobre los dolores contemporáneos del amor y el desarraigo, en clave de comedia, aunque sin intención humorística. Un raro fenómeno que Allen (autor del guion) insiste fue obra del azar, antes que una verdadera intención de ruptura. El resultado es una Keaton llevada a un interludio incesante sobre el amor y la soledad. Annie está obsesionada con la depresión, el miedo al futuro, pero -sobre todo- su percepción sobre el romance y el placer. Por otro lado, Alvy atraviesa lo cotidiano desde la incredulidad y el cinismo. La combinación entre ambos sorprende por su efectividad.

Annie Hall suele ser considerada la película más simbólica de la filmografía de Keaton. La que refleja con mayor facilidad la necesidad de la actriz por elucubrar acerca de los pequeños dolores y sinsabores modernos. Además, marcó una ruptura entre el antes y el después de un lenguaje narrativo. Sobre todo, mostró la capacidad del director para crear extraños y conmovedores matices en su planteamiento cinematográfico a través de su musa. Porque Annie Hall es una comedia, pero también se trata de un meditado manifiesto sobre esa quebradiza sensibilidad moderna. Todo esto mostrado a través de Keaton y desde la perspectiva de ese resplandor singular de su inteligencia y ambigüedad.


Hay una anécdota que podría describir mejor que ninguna otra el estado de ánimo general de Keaton al interpretar a Annie. Woody Allen insistió en llamar a la película Anhedonia (incapacidad enfermiza para percibir la alegría). Lo insistió en el guion, en las posteriores discusiones con los productores. Finalmente, amenazó con no permitir su proyección si la película no llevaba la extrañísima denominación por título. Keaton insistió en que Annie contradecía esa presunción de ausencia de placer y satisfacción. Que el personaje, con su mera búsqueda de respuesta, era más que un alivio a su depresiva contraparte. El comentario tuvo más peso para Allen que las discusiones con productores y otros directores de su entorno. Y el film terminó por llamarse Annie Hall.


Eso, a pesar de que la Annie de Keaton está impregnada de una leve amargura risueña, esa noción del otro, a medio camino entre la burla y la sátira. La actriz se burla, de todos y de todo. Pero sobre todo, de sí misma, en medio de la ciudad que todo lo mira, la Nueva York de Allen, siempre majestuosa y ligeramente idealizada.


Se suele decir que Annie Hall, además, es una vuelta de tuerca al cine romántico moderno. Una reestructura de lo que hasta entonces se había considerado el amor cinematográfico. No es una película edulcorada, ni tampoco enaltecedora. Es una feroz disección de la neurosis moderna, con una Keaton brillante e intuitiva a la cabeza. Para la actriz, representó una ruptura con el lenguaje cinematográfico que hasta entonces había mostrado a las mujeres frágiles. La Annie de Keaton es irascible, extraña y dolorosamente hermosa. Y sin duda, un estado de ánimo. Un estereotipo construido a la medida de la época que le permitió reflexionar sobre sí misma con toda libertad y poder. Quizás, uno de los personajes más entrañables del cine moderno. Una visión levemente triste, cínica y humorística sobre la naturaleza humana.

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